Desigualdad de género: la brecha en la brecha

La incorporación de las mujeres al mercado laboral en España ha sido tardía pero veloz. Tras la prueba de fuego que ha significado la espectacular destrucción de empleo en estos años recientes, sabemos que esta actividad femenina no es circunstancial al ciclo económico ni dependiente de la situación familiar: ha llegado para quedarse. Desde hace más de veinte años, ya no somos el paradigma del retraso en Europa. Esta nueva realidad refleja y anima toda una serie de transformaciones sociales profundas que nos devuelve la imagen de una sociedad con importantes anhelos de igualdad.

A diferencia de la gran mayoría de países europeos, ningún actor social o político relevante en nuestro país ha tenido especial interés en vehicular una participación laboral de las mujeres a través de su condición de esposa y madre. Paradójicamente, los países que más decididamente introdujeron modalidades de empleo para mujeres tienen ahora que luchar contra unas brechas de género que son de alguna manera endémicas y no pueden desligarse de las propias estrategias políticas de incorporación de las mujeres al mercado laboral. En nuestro país, en cambio, recoger el testigo de las políticas patriarcales y natalistas del franquismo no le ha resultado atractivo ni siquiera a la derecha. Nadie ha reivindicado en España el trabajo a tiempo parcial como una opción que permite conciliar lo que es y lo que no es trabajo, y que en la práctica facilita que las madres sigan trabajando mientras los niños son pequeños. Nadie ha propuesto la extensión de un permiso parental remunerado que, como en prácticamente todos los países europeos, permite a las madres alargar algo más su tiempo de crianza cuando finalizan las escuetas 14 o 16 semanas de permiso por maternidad. La igualdad la hemos entendido sobre todo como igualdad de las mujeres en relación a los varones, mientras que nos hemos ocupado más bien poco de cómo responder al desafío de la reproducción. Esto ha tenido a mi entender al menos dos consecuencias significativas: la primera importantísima es que ha legitimado socialmente las aspiraciones igualitarias de las mujeres. En la Encuesta Social Europea, los grados de desacuerdo con la frase:  “el/la niño/a sufre cuando la madre trabaja” y  acuerdo con esta otra: “los padres están tan preparados para cuidar de los/as niños/as como las madres” son mayores en España que en países culturalmente próximos como Italia o Alemania. La segunda, menos feliz, es que esta estrategia ha tendido a invisibilizar las diferencias entre distintos colectivos de mujeres. Con un mercado de trabajo como el nuestro que precariza casi todo lo que toca, no atender a cómo estas diferencias se traducen en desigualdad, es perder en cierta medida el pulso de la realidad.

Escuchamos con frecuencia que nuestra estructura ocupacional está cada vez más polarizada, pero se reconoce menos que la distancia entre los polos es mayor en el caso de las mujeres que en el de los varones porque los porcentajes de empleo son elevados en los dos extremos (profesiones de alta cualificación versus ocupaciones primarias) pero casi insignificantes en las ocupaciones intermedias (trabajos manuales y artesanos cualificados y relacionados con la industria). Esta brecha ha ido en aumento desde mediados de los años noventa. Es decir, ha ido en paralelo al espectacular crecimiento del empleo femenino. Esta enorme polarización genera brechas dentro de la brecha atendiendo a diferencias según nivel formativo, edad y origen étnico. Por ejemplo, en el 2014 la tasa de empleo de mujeres con educación primaria era de un 39% mientras que con educación terciaria era de 77% . Es decir, la brecha de género entre los niveles formativos altos existe pero es baja (también en términos comparados) por debajo del 7% y aumenta a más del doble entre los niveles formativos más bajos. Tener hijos penaliza en general a las trayectorias laborales de las mujeres y no a la de los hombres, pero sobrepasado este primer umbral de desventaja, la penalización es considerablemente mayor entre las mujeres que sólo cuentan con estudios elementales. Además, en la medida en la que el mercado de trabajo maltrata especialmente por la puerta de entrada, la brecha en temporalidad se explica por la edad (gente joven, ellos y ellas) de manera mucho más significativa que por género. La brecha salarial también es muy superior para las mujeres con bajo nivel formativo que para las mujeres con titulación universitaria. Curiosamente, esta pauta es la contraria a países como Alemania donde una mayor regulación salarial evita grandes diferencias en la base mientras que prácticas discriminatorias, en torno al tiempo de trabajo por ejemplo, intervienen en los empleos de mayor cualificación.

Acertar en el diagnóstico es vital para promover las políticas más adecuadas. Unas políticas de igualdad que ignoren este impacto de clase social y generacional pueden, sin saberlo, ahondar en las desigualdades. Esto ocurre con las políticas de inversión a la temprana infancia que, en ausencia de medidas correctoras, suelen beneficiarse más las clases medias. Lo mismo ocurre con medidas importantes de conciliación como la reducción del tiempo de trabajo o las excedencias no remuneradas, fuera del alcance la mayoría de las veces de las mujeres que más lo necesitan. El importante debate sobre la corresponsabilidad también corre el riesgo de quedarse a medias si no atiende a estas realidades más ocultas. Además, reconocer estas desigualdades significa aceptar también juegos que no necesariamente son de suma positiva. Entran en liza conflictos de intereses que urge politizar. Si las jornadas laborales de quienes están en posiciones más privilegiadas, hombres y mujeres, continúan siendo rígidas y larguísimas, en alguien se confía para resolver el universo personal que existe fuera de la oficina. Y ese alguien, esto sí, siempre tiene nombre de mujer.

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