Desigualdad económica de género: no solo es la brecha salarial

Recientemente leyendo el último libro de Jean Tirole me llamó la atención un párrafo en el cual el autor pedía al lector hacer un ejercicio de imaginación bastante didáctico para explicar las diferencias de desigualdad entre países. Se invitaba a que imaginásemos poder elegir nuestro lugar de nacimiento. Obviamente uno elegiría un país próspero, desarrollado, con la mínima pobreza y desigualdad posibles. Un país europeo podría sonar como una opción deseable. Sin embargo, no se mencionaba la desigualdad de género como uno de los condicionantes. Si tuviésemos esto en cuenta también, procuraríamos elegir también un país donde la desigualdad de género fuese nula o mínima.

A la luz de las estadísticas oficiales, España no sería una de las mejores opciones. Además de la abultada desigualdad reflejada en índices como el de Gini, se le suma la desigualdad de género. Para el público general la brecha de género en términos económicos se queda simplemente en un dato, la diferencia salarial. Desde la mayoría de medios simplemente se informará que a día de hoy todavía las mujeres cobran de media un 14,9% menos que los hombres según Eurostat. Sin embargo, este dato es incompleto, ya que varía dependiendo del sector donde se mida y está sujeto a otros condicionantes. Pero sobre todo, no refleja la verdadera dimensión de la desigualdad de género, que va más allá de este dato.

En un trabajo reciente para el Observatori Social “la Caixa”, Elisenda Rentería y sus coautoras aportan nuevos datos y una perspectiva diferente para medir la desigualdad de género, poniendo el foco en las diferencias de producción y consumo. A través de diversas metodologías son capaces de cuantificar el valor económico y el número de horas invertidas en actividades no remuneradas (trabajo doméstico, cuidados) realizadas principalmente por las mujeres. Este estudio supone un avance en el ámbito del estudio de las desigualdades de género, ya que el sistema de la contabilidad nacional ignora aquellas actividades que no se dan en transacciones dentro del mercado.

Uno de los resultados más interesantes de este trabajo es que, al sumar las actividades remuneradas y no remuneradas (domésticas), las mujeres trabajan de media a lo largo de la edad laboral (21-65 años) 1,1 horas diarias más que los hombres. También, que durante toda la vida laboral, la diferencia en los patrones de producción entre hombres y mujeres es notoria, los hombres dedican la mayoría del tiempo a la producción remunerada, y las mujeres en cambio, a la doméstica y de cuidados, como se puede observar en el siguiente gráfico.

Fuente: Rentería et al. (2017).

Asimismo, en este mismo trabajo se estima que los hombres se encargan de un 61% de la producción de mercado y un 23% de la doméstica. Las mujeres realizan un 29% de la producción de mercado y el 67% de la producción doméstica.

Fuente: Rentería et al. (2017).

Pese a la continua incorporación de las mujeres al mercado laboral todavía una mayoría del trabajo doméstico recae en sus manos, lo cual conlleva una serie de efectos negativos: bajada del nivel de ingresos durante el periodo vital, menor pensión, escasa independencia y seguridad económica, mayores probabilidades de caer en niveles de pobreza, etc.

Hay medidas para paliar o reducir estas diferencias que llevan un largo tiempo encima de la mesa. Medidas como los permisos de maternidad y paternidad iguales e intransferibles de los que ya se ha hablado aquí ayudarían a que parte de este trabajo doméstico y no remunerado, como es el cuidado de los hijos, recayese de una manera más igualitaria. La evidencia apunta a que estos permisos incentivan a los hombres a implicarse en mayor grado en estas labores y a coger permisos más largos al nacer los siguientes hijos. Además, paliaría en parte la discriminación que sufre la mujer dentro del mercado laboral. Sin embargo, todavía no existe ningún país que haya logrado introducir este tipo de permisos iguales e intransferibles. Uno de los países más ambiciosos, como es Suecia (este país ha inspirado incluso un trabajo artístico sobre bajas paternales: ‘Swedish dads’) ha conseguido aumentar la participación de los padres, pero todavía son ellas las que asumen la mayor parte de la baja maternal que es transferible (el 27% del gasto en bajas de paternidad fueron destinadas a los hombres en 2015). Las encuestas en España reflejan un mayor deseo de implicarse en la paternidad. Sin embargo, el sistema de incentivos y el mercado laboral lo dificultan, haciendo que tal nivel de corresponsabilidad no se cumpla.

Por lo cual, más allá de los permisos de paternidad hacen falta medidas en otros ámbitos. Por ejemplo, reforzar el sistema de educación infantil, para que las familias que no pueden permitirse una guardería, no puedan echar mano de la red familiar o no tengan la posibilidad de acceder al sistema público debido a su escasez, no se vean obligadas a que uno de sus miembros abandone el mercado laboral para cuidar del hijo, algo que mayormente hacen las mujeres. Abandonar momentáneamente o indefinidamente el mercado laboral acentúa las diferencias económicas de género.

Medidas con el mismo fin deberían aplicarse para el cuidado de mayores dependientes. Urge especialmente diseñar mejores políticas públicas en este ámbito, ya que debido a nuestra crisis demográfica el número de dependientes aumentará progresivamente en los próximos años. La inmensa mayoría de los dependientes reciben cuidados por parte de las redes familiares, en vez de los servicios públicos. También sería conveniente igualar las condiciones laborales de las cuidadoras profesionales al del resto de empleados.

Y finalmente reformas en el mercado laboral también son deseables para atajar la desigualdad de género, por ejemplo con el objetivo de reducir la tasa de temporalidad que afecta en mayor medida a las mujeres. También introducir incentivos para aumentar la conciliación a través de mayor posibilidad de teletrabajo o jornadas más intensivas y así, que ambos miembros de la familia puedan implicarse de la misma manera en tareas domésticas y no principalmente la persona que tenga menor nivel de ingresos (que de nuevo suele ser la mujer).

Aunque ha habido ciertas mejoras en este tipo de políticas durante la presente legislatura, como un mayor número de semanas de baja por paternidad, que han pasado de dos a cinco semanas, todavía queda un enorme espacio para la mejora. Además cabe preguntarse si es justo por parte del gobierno el no atajar tan rápido como se podría la desigualdad de género, o si es eficiente dejar una parte significativa de la población femenina relegada a trabajos parciales o directamente a la inactividad, con el coste de oportunidad que supone para cualquier economía y sociedad. Supone renunciar a talento y a fuerza productiva, pero sobre todo, tolerar niveles de desigualdad de género que deberían sonrojarnos y preocuparnos.

Artículo en colaboración con el Observatorio Social de “la Caixa”

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