Del hiyab y la moda

Los últimos días muchos medios internacionales y nacionales –incluido El Periódico– se han hecho eco del éxito de Halima Aden, una joven de origen somalí que acaba de ser fichada por una de las principales agencias de modelos del mundo a pesar de llevar el hiyab. Las opiniones de los lectores en las secciones de comentarios muestran actitudes polarizadas: algunos celebran la normalización del hiyab por lo que representa en términos de integración de la minoría musulmana en las sociedades occidentales, mientras que otros condenan tal normalización como una traición a las muchas mujeres que se cubren, no por elección, sino por imposición familiar, social o, en algunos casos, legal.

Para la industria de la moda, incorporar el hiyab a sus pasarelas y colecciones es una medida eminentemente pragmática: las musulmanas compran ropa, como todo el mundo, y no hace falta ir a los riquísimos países del Golfo para encontrar mercados lucrativos; enEstados Unidos, donde vive Halima, los musulmanes son una minoría pequeña y diversa, pero las estadísticas muestran que su nivel de educación e ingresos es superior a la media nacional. Por otra parte, no debería sorprendernos que un sector que rutinariamente cosifica a la mujer incorpore una prenda que presupone considerarla un objeto sexual que debe ocultarse para evitar provocar la lujuria masculina.

Lo que sí es sorprendente es que esa prenda, que había prácticamente desaparecido de las calles de las ciudades del mundo musulmán en la década de los sesenta, se haya casi convertido en el “uniforme” de las musulmanas. A principios del siglo XX el velo era la norma tanto entre las musulmanas como entre sus vecinas cristianas y judías, y su abandono fue parte integrante de un proceso de emancipación que incluía el acceso a la educación y al mercado de trabajo. Pero aunque el nivel de religiosidad decreció –como suele pasar en épocas de optimismo–, no se produjo un abandono masivo del islam, ni mucho menos. Simplemente, existía un consenso social de que el velo no era un requisito para ser una buena musulmana.

Un clip de la época que circula en internet (subtitulado en francés e inglés) muestra al presidente egipcio Gamal Abdel Nasser en una rueda de prensa discutiendo su relación con los Hermanos Musulmanes. Estos habían intentado asesinarlo años antes y, como consecuencia, habían sido duramente reprimidos. El rais relata una conversación con el entonces guía general del grupo, Hassan al-Hudhaybi, que le instó a imponer el velo a las egipcias. Nasser respondió que, en su opinión, cada uno debía actuar según su conciencia, y señaló que el propio al-Hudhaybi tenía una hija que estudiaba en la facultad de medicina y no estaba velada. Si el líder de los Hermanos Musulmanes no podía convencer a su propia hija de que se cubriese el cabello –continúa Nasser, ante la hilaridad general– ¿cómo podía él obligar a millones de egipcias a hacerlo?

Es bien sabido lo que pasó después: la derrota de los árabes ante Israel en la Guerra de los Seis Días fue un golpe tremendo, ante el cual incluso Nasser reflexionó que Dios intentaba enseñar una lección a Egipto. Marcó el principio del fin del socialismo árabe, y abrió el camino ante los que abogaban por un papel central para el islam en la organización de la sociedad (ante la prohibición de toda actividad política fuera de los cauces institucionalizados, gran parte de la oposición había gravitado hacia las mezquitas). Unos años más tarde, la crisis del petróleo multiplicó los recursos a disposición de los países del Golfo para difundir su conservadora versión del islam, directamente o a través de organizaciones consideradas afines, en particular los Hermanos Musulmanes. Fue la tormenta perfecta, y el hiyab era parte de la nueva ortodoxia.

Lo curioso es que la ubicuidad del hiyab lo está convirtiendo en un fetiche vacío de significado. Si acudimos a las fuentes del islam, el Corán no nos dice cómo debe ser el velo o cuánto debe cubrir; de ahí las diferentes interpretaciones al respecto. No obstante, el libro sagrado prescribe la modestia, ordenando a las creyentes que “bajen la vista con recato” (Azora de la Luz, aleya 31). La guapísima Halima Aden probablemente piense estar cumpliendo con las obligaciones que le impone su religión, y los partidarios del hiyab la celebran como una heroína que no ha renunciado a su identidad para perseguir su sueño. Sin embargo, desfilar ante miles de personas y posar ante las cámaras no son acciones fácilmente reconciliables con el recato que dicta el Corán. Por lo tanto, cabe preguntarse: ¿Es el éxito de Halima realmente una victoria para el islam?

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