¿Defender la democracia o dejarla languidecer?

El 12 de este mes, el Parlamento Europeo votó la aplicación a Hungría del artículo 7 del Tratado de Lisboa, que incluye la privación del derecho de voto en la toma de decisiones del Consejo Europeo. Hacía así frente a la deriva iliberal iniciada por el Gobierno de Viktor Orban (Fidesz) después de su aplastante victoria en la elecciones parlamentarias de 2010. La situación actual en el país es más que  preocupante: discriminación en el trato a los demandantes de asilo en el país, amenazas a ONGs no afines, así como a instituciones educativas como la Universidad Central Europea (CEU) fundada en 1991 por George Soros. Desafortunadamente, el caso húngaro no es, a día de hoy, la única excepción, sino un ejemplo más del auge de movimientos iliberales, habitualmente tildados de populistas, que haciendo uso de métodos legales han venido transformando las instituciones (v.g., el sistema electoral, el de Justicia) hasta el punto de poner en jaque las bases del sistema democrático liberal y representativo.

Los enemigos de la democracia representativa, sistema que tras la caída del muro de Berlín creíamos fuera de toda duda, se han revelado varios y poderosos. Los procesos de democratización se han estancado en países como Egipto o Libia, mientras que han sufrido importantes retrocesos en Rusia o Venezuela. Estos ejemplos ponen de relieve la aparente facilidad con la que ciertos líderes y grupos políticos pueden desmontarlos.

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El proceso es común en todos ellos: apoyándose en una supuesta legitimidad emanada de un pueblo al que dicen representar, pero que definen de una manera excluyente -muchas veces xenófoba-, proponen la adopción de medidas urgentes (generalmente simplistas) como solución a problemas frecuentemente complejos. Para ello, llevan a cabo importantes reformas institucionales que les permitan hacer frente a una élite corrupta. Élite que incluye no sólo a políticos y élites económicas, sino generalmente también a escritores, pensadores, académicos e incluso artistas. El fin es aplastar la disidencia y, al mismo tiempo, perpetuarse en el poder.

El tipo de respuesta ante movimientos como el de Orban en Hungría, Kaczyński en Polonia o Erdogăn en Turquía definirá el futuro de la democracia, no ya sólo en el Viejo Continente, sino en países como Nicaragua, Burundi o Filipinas. Nos encontramos, pues, ante una encrucijada sin parangón desde finales de los años 20, principios de los 30, en la que debemos decidir si, como Jano, la democracia puede tener dos caras: una reconocible -caracterizada por la libertad, el pluralismo y la tolerancia- o una deforme donde, tras una simple fachada electoral, se oculta un régimen iliberal, nativista y exclusivista.

La pregunta que nos debemos hacer es: ¿cómo podemos salir? Con esa idea en mente, un nutrido grupo de pensadores, académicos y activistas de todo el mundo, expertos reconocidos en materia democrática, se reunió recientemente en Bruselas para trazar cuáles han de ser las principales líneas de acción. Las conclusiones, plasmadas en un documento publicado el viernes pasado, apunta a tres elementos.  

En primer lugar, debemos entender que la encrucijada democrática se ve alimentada por una crisis de representación política sin precedentes. Los partidos políticos tradicionales sufren la mayor crisis de sus historia, el apoyo a partidos populistas, nativistas y anti-establishment se ha incrementado y la confianza en instituciones representativas (v.g. Parlamento, Gobierno) parece haber tocado fondo.

Fuente: encuesta ‘Income and Living Conditions’ (2015), Eurostat.

Sin entrar a analizar los cambios sociales y económicos que han impactado en la línea de flotación de partidos políticos y demás instituciones democráticas (incluida la Unión Europea), debemos entender que todavía estamos a tiempo para encontrar una salida. Esta salida requiere de profundas innovaciones -algunas ya en marcha, otras aún lejanas- en la forma en que los ciudadanos ejercen su poder de decisión y se relacionan con la política. Métodos innovativos de participación y consulta como los presupuestos participativos, o la deliberación ciudadana para políticas concretas pueden mostrar el camino. Aunque abundantes a nivel local en muchos países, todavía les queda  dar el salto a la política nacional. En este sentido, debemos hacer uso de los avances tecnológicos que, usados de manera responsable, permiten una mayor implicación ciudadana en la toma de decisiones políticas (ya sea en materia de elección de candidatos o de adopción de determinadas políticas públicas).

En segundo lugar, del mismo modo que es imprescindible que se amplíe la responsabilidad y participación de los ciudadanos en política, también es cierto que los políticos y gobernantes deben responder a esta llamada con integridad e inclusión. La integridad institucional y la lucha contra la corrupción son esenciales para evitar que la legitimidad democrática se escape por las rendijas del Estado.

La consiguiente colusión por parte de partidos políticos y élites poderosas que pretenden defender sus intereses particulares a costa del resto no deja de ser una forma de subversión democrática. De igual manera, la democracia sólo es tal si es inclusiva y se esfuerza activamente en representar a todos los ciudadanos por igual, especialmente a aquellos grupos tradicionalmente más marginados: mujeres, jóvenes, inmigrantes, personas con discapacidad, etc.

Pero, sin duda, el punto más importante, la piedra angular sobre la que se asienta toda solución a esta encrucijada democrática es la necesidad de aceptar el envite populista y afrontarlo y defender la democracia, de manera abierta y sincera. Es evidente que los sistemas democráticos actuales no carecen de fallos, algunos de ellos importantes (desigualdad, cartelización del sistema de partidos), y que no existe en todo el mundo una democracia perfecta a la que imitar: ya ni siquiera en Escandinavia. Sin embargo, siguiendo el ejemplo de Winston Churchill, no deberían existir dudas sobre la importancia de defender la democracia como único sistema político capaz realmente de desatar y realizar el potencial humano.

Una democracia fuerte, anclada en la participación ciudadana, la (efectiva) división de poderes, la igualdad de oportunidades, el respeto a las minorías, la asunción de responsabilidades (políticas y judiciales), la integridad institucional y el debate público, es sin lugar a dudas la mejor receta para el progreso económico y la paz social que caracterizaron la segunda parte del siglo XX.

 

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