Por qué debemos utilizar el término “islamofobia”

El pasado 23 de agosto, Ana Belén Soage publicaba un artículo bajo el título La trampa de la « islamofobia », en el que alertaba de los riesgos de utilizar este término. Siguiendo su argumentación, sería preferible hablar de xenofobia hacia los musulmanes, con lo que se evitaría incluir en la definición toda crítica legítima al islam.

Tiene razón Soage en plantear estas dudas, y de hecho el término puede ser utilizado con fines políticos por parte de movimientos islamistas. Pero este riesgo existe, sin embargo, en el uso de muchas otras nociones que pretenden describir fenómenos sociales. Y no por ello debemos dejar de utilizarlos, ya que nos permiten analizar y afrontar mejor la realidad.

Efectivamente, la islamofobia se refiere tanto a la aversión hacia el islam como a sus seguidores. Hablar únicamente de racismo contra los musulmanes supone olvidar una parte sustancial de dicho fenómeno. Es precisamente el factor religioso, y no otro, el que motiva la discriminación a la que aquí nos referimos.

En este sentido, la islamofobia es estudiada por investigadores y académicos de todo el mundo. En los últimos años se han publicado numerosos trabajos sobre la misma, apoyados en estudios empíricos que dotan de coherencia el término y las realidades que pretende describir. A modo de ejemplo, entre 2012 y 2016 un centro de la Universidad de Berkeley, en Estados Unidos, publicó una revista científica multidisciplinar bajo el título de Islamophobia Studies Journal.

Cuando hablamos de xenofobia contra los musulmanes, al igual que con otras formas de racismo, no podemos limitarnos al análisis de los actos discriminatorios contra las personas (agresiones físicas o verbales) e instituciones (ataques a mezquitas). Estos constituyen, es cierto, el elemento más visible del fenómeno. Pero se sustentan en otros factores, entre los que cabría destacar un conjunto de prejuicios y representaciones negativas del otro.

El otro, en este caso el musulmán, es reducido y esencializado a su única identidad religiosa. Y es precisamente sobre esta identidad que los no musulmanes construimos una serie de fronteras simbólicas, un proceso  clave para entender el racismo y las discriminaciones.

En este sentido, la religión islámica es presentada siempre a partir de una serie de atributos negativos: atrasada, violenta o misógina. Los discursos dominantes, en los ámbitos políticos y mediáticos, pero también las representaciones mayoritarias en el seno de la población, conciben el islam bajo este prisma. Dicha religión se presenta así como algo excepcional, no comparable a los otros cultos e insistiendo en las reformas que han afrontado las otras confesiones. 

Esta concepción puede beber, efectivamente, de cuestiones reales y tangibles como, por ejemplo, la existencia de grupos extremistas y violentos, o bien las legislaciones restrictivas vigentes en algunos países de mayoría musulmana. Pero también es cierto que dichas realidades son seleccionadas y acumuladas, constituyendo lo que algunos autores han nombrado como archivo antimusulmán. Se olvida, sin embargo, que  fenómenos similares tienen lugar también bajo la reivindicación de otras confesiones. Las movilizaciones de grupos católicos conservadores que intentan influenciar nuestras legislaciones; el avance de movimientos protestantes y mormones en América o la violencia profesada por grupos (y gobiernos) que se reclaman budistas en algunos países asiáticos, son solo algunos de los ejemplos que deberían hacernos rechazar la hipótesis de la excepcionalidad del islam.

La construcción de este archivo antimusulmán se debe, asimismo, a una historia reciente (y pasada) marcada por el conflicto. No debemos menospreciar, por ejemplo, el peso de la colonización y la violencia con la que esta se impuso en algunos países de mayoría musulmana. De la misma forma que no podemos ignorar las reacciones que suscitó por parte de los colonizados. Muchas de estas visiones construidas en el siglo XIX y primera mitad del XX, siguen aún vigentes a día de hoy. Las sublevaciones  en el Rif, la guerrilla urbana o las acciones de los grupos independentistas argelinos sustentaron la construcción de una imagen estereotipada del musulmán, presentándolo siempre como un tipo violento y agresivo. Una imagen que en España reavivó y entroncó con la construcción histórico semántica del moro.

Volviendo al término islamofobia, hay que ser precavido en las afirmaciones que señalan su origen en las propias organizaciones o autoridades de países musulmanes. Durante mucho tiempo, en Francia circuló un bulo alimentado por numerosos políticos e intelectuales mediáticos, que presuponía que el término islamofobia había sido inventado por los ayatollas iranianos durante la revolución de 1979. Otras versiones explicaban que el origen se situaba en cambio en los Hermanos Musulmanes egipcios, mientras que algunas voces señalaban Arabia Saudi. La realidad, tal como demostraron los sociólogos franceses Abdelalli Hajjat y Marwan Mohammed (1), es que los primeros usos del término se encuentran en las autoridades coloniales, y por tanto europeas, de principios del s. XX.

Pero más allá del origen del término, o de sus posibles perversiones, debemos concentrarnos en lo que designa. A día de hoy, hay una realidad tangible en los países europeos: existe una forma concreta de racismo que afecta a los musulmanes por el mero hecho de ser musulmanes. Y este  fenómeno debe entenderse en su totalidad y, por tanto, debe tener en cuenta el factor religioso que lo sustenta y constituye la base del proceso de esencialización de dichas personas.

En este sentido, el debate sobre la noción no debe tapar la realidad. La Plataforma ciudadana contra la islamofobia registró un total de 573 incidentes en el año 2016, entre los que cabe destacar las agresiones sufridas por mujeres con velo o los ataques a mezquitas. El Instituto Europeo de la Mediterránea (IEMED) ha puesto en marcha recientemente el Observatorio de la islamofobia en los medios, que muestra precisamente la persistencia de discursos negativos sobre el islam y los musulmanes en distintos periódicos. A raíz de los atentados, hemos visto la proliferación de mensajes de odio en las redes, hasta tal punto que la etiqueta #StopIslam fue una de las más utilizadas a las pocas horas de los ataques. A día de hoy, hay comunidades musulmanas en Barcelona que deben hacer frente a campañas hostiles por parte de algunos de sus vecinos, que han recogido hasta 1.000 firmas y organizan caceroladas para evitar que se abra un centro de culto. Frente a esta realidad, me parece poco adecuado acusar a los musulmanes de jugar al victimismo. Más aún si esta afirmación la hacemos desde los grupos sociales mayoritarios que no sufrimos estas discriminaciones.   

Es cierto, y lo vuelvo a repetir: el término islamofobia presenta límites y riesgos. Los mismos que todas las nociones que pretenden designar otras formas de alterofobias. Pero es un término necesario para analizar un fenómeno que afecta a millones de personas. Nombrar una realidad social permite reconocerla, no hacerlo supone, sin embargo, ocultarla social y políticamente.

(1) Hajjat es profesor en la Universidad Paris 10, Mohammed investigador en el CNRS, el equivalente del CSIC en Francia. En 2013 publicaron el libro Islamophobie. Comment les élites françaises fabriquent le problème musulman. A día de hoy no existe traducción al castellano, pero la antropóloga Marta Alonso publicó una reseña en el último número de la Revista CIDOB d’afers internacionals.

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