¿Debemos tomarnos en serio a Tabarnia?

A pesar del tono solemne que algunos de sus protagonistas han intentado imprimirle, el procés se va conformando -con permiso del Brexit- como la gran tragicomedia política europea de los últimos años. Desde verano se ha rozado incluso el género del esperpento aunque la escena ha estado hasta tal punto dominada por los giros dramáticos que resulta inapropiado frivolizar. Las perspectivas de solución a la mayor crisis del periodo democrático siguen lejanas, con la sociedad catalana partida y enfrentada a la incertidumbre económica, la mayor parte de la opinión pública española indignada, los principales líderes independentistas fugados de la justicia o en prisión preventiva con graves imputaciones y el artículo 155 de la Constitución activado a la espera de una difícil elección de nuevo Presidente de la Generalitat.

No obstante, la resaca post-electoral y los días de fiesta habrían traído un momento de relajación propicio para recuperar el lado medio cómico que ya ha caracterizado la función en otros episodios. En ese contexto distendido podría interpretarse la ocurrencia de Tabarnia: una nueva iniciativa de secesión que, reproduciendo los argumentos del adversario, pretende desgajar de la Cataluña más nacionalista y rural al litoral urbano, próspero y mayoritariamente constitucionalista que va de Tarragona a Barcelona ¿Pero se trata solo de un efímero divertimento navideño o es una nueva derivada del conflicto con recorrido por delante?

A priori se trata solo de un hallazgo singularmente ingenioso para su explotación en las redes sociales. El único proyecto político que hay detrás sería enfrentar al soberanismo con el espejo de sus mitificaciones e incoherencias: “un sol poble”, el expolio fiscal, las exageraciones historiográficas, el supuesto atraso español y su incapacidad para aceptar el pluralismo o, en fin, la unilateralidad para decidir quién es el demos y con qué exigua mayoría (o ni siquiera) pueden decidirse nada menos que las fronteras. No es poca cosa. A buen seguro, la apelación irónica a Tabarnia debilitará a partir de ahora la eficacia del argumentario independentista.

Pero, más allá de la burla, lo cierto es que la teoría y práctica del secesionismo también muestra que no debe despreciarse la poderosa (y, en su caso, inquietante) idea de las particiones internas como fórmula de respuesta defensiva a la posible separación de un territorio en donde conviven importantes bolsas de partidarios y detractores de la ruptura.

Para esas situaciones, Hans Morgenthau formuló hace mucho tiempo la paradoja A-B-C del nacionalismo según la cual una comunidad “B” que invoque la autodeterminación con respecto a otra “A” (a la que pertenece), no dudará en negársela luego a la “C” (que está en su seno y querría a su vez emanciparse o seguir en “A”). La aplicación de esa paradoja a los Balcanes llevó al célebre analista a concluir que en determinados contextos plurales podría no haber ningún límite basado en la razón o la voluntad popular que pueda evitar una lógica infinita de liberación nacional, de modo que ésta solo se interrumpirá a partir de factores tan realistas como el poder de los actores o los intereses exteriores.

En el panorama comparado del independentismo en democracias occidentales no son pocas las Tabarnias que pueden mencionarse. La más citada entre nosotros durante los últimos días remite a Quebec y la alusión indirecta que hace la Ley de la Claridad canadiense a que una provincia que decida embarcarse en un proceso de abandono de la federación no tiene su propia integridad territorial asegurada; sobre todo por lo que respecta a las enormes extensiones habitadas por poblaciones aborígenes o “first nations” pero que también podría extenderse al área metropolitana de Montreal donde los muchos bilingües, anglófonos e inmigrantes tienden a rechazar la idea de una secesión. El nacionalismo quebequés siempre ha negado la posible amputación de aquellas zonas que no le acompañasen en el hipotético camino hacia la independencia, pero la combinación entre ese riesgo y la evidencia de que no existe mayoría clara han ido atrasando sine die la propuesta de un nuevo referéndum. Como se ha dicho antes, medir las fuerzas propias y ajenas, y hacerlo con realismo, parece un consejo sabio en el camino a Ítaca.

Otro ejemplo, que recoge de manera aún más nítida los enormes problemas de la autodeterminación en contextos identitarios muy plurales, apunta a la partición de Irlanda, incubada entre 1892 y 1922 y que, como es tristemente sabido, sigue sin estar bien digerida un siglo después. Aquí de nuevo se constata que si es la voluntad democrática la que determina la separación de una parte del Estado, resulta muy difícil no aceptar que esa misma lógica se aplique al nuevo Estado. Pero, además, Irlanda ilustra bien que solo desde una óptica puramente nacionalista se puede predeterminar quién conforma la comunidad política soberana. E incluso en el caso de que expresamente se desee atribuir esa decisión a la ciudadanía (o, al menos, dar una apariencia de ello) siempre será arbitrario el criterio sobre el que fundar la expresión de la voluntad. En este caso: ¿debía hacerlo todo el Reino Unido, la isla en su conjunto, cada una de sus cuatro provincias históricas, sus 32 condados, o sus cientos de municipios? Acudan de nuevo a Morgenthau para saber la respuesta.

El tercer caso que merece la pena mencionar es el de Bruselas; un curioso referente si se considera el protagonismo reciente de la capital belga en la crisis catalana. Si la división de Quebec sirve como una amenaza nebulosa que aconseja aplazar un nuevo proceso soberanista para el que no existen “winning conditions” realistas y si el Ulster vale como recordatorio de las fracturas y controversias infinitas que pueden acompañar la independencia cuando la sociedad está tan dividida (incluso si se tiene éxito parcial en la empresa de crear un nuevo Estado), Bruselas es una Tabarnia todavía más turbadora para el nacionalismo catalán. Al fin y al cabo, Quebec no se ha independizado pero sigue íntegra mientras que Irlanda se rompió en dos pero al menos una parte se constituyó en República.

Bruselas, en cambio, era hasta hace pocas décadas parte integrante de Flandes. La zona más urbana, rica, progresista, conectada al mundo y bilingüe (aunque con mayoría francófona) de la región histórica. Hace ahora cincuenta años, cuando el nacionalismo flamenco irrumpió con fuerza denunciando el maltrato económico al que le sometía Bélgica y reclamando el neerlandés como única lengua o un amplísimo autogobierno que estaría condenado a adaptarse a las preferencias ideológicas del Flandes tradicional, la capital pudo desgajarse y constituirse en región aparte. Ni siquiera una inminente secesión, sino el auge de un nacionalismo conservador y uniforme movilizó a los bruselenses. Hoy, pese a los atascos y los problemas de la capital, se muestran orgullosos de su identidad propia y apenas un 15% se considera flamenco. La ironía es que, como Flandes sí que sigue considerando a Bruselas como propia (hasta el punto surrealista de haberla elegido como sede de sus instituciones), la región-capital constituye el antídoto más eficaz contra la ruptura de Bélgica.

Y ahí volvemos a Tabarnia. A esa humorada que hace a la mayoría de los urbanitas catalanes constatar –gustándose por ello como no lo hacían desde hace tiempo- que viven en un espacio más cosmopolita, productivo, de izquierdas, europeísta y plural que el de las comarcas de interior. Puede que la idea no tenga recorrido político pero sí sirve para constatar el cansancio de los no independentistas tras cinco años de procés. Y, más allá de evitar nuevas escenas de tractores por la Diagonal o de alcaldes con varas por el Parlament (que sus promotores sabrán juzgar a partir de ahora como totalmente contraproducentes), coloca en la agenda de cualquier posible solución al conflicto catalán que gran parte de la Barcelona metropolitana tiene sus demandas: una ley electoral más justa, mejor aceptación de las identidades cruzadas, un espacio público más bilingüe o la garantía de que no corre peligro la conexión de Cataluña con el mundo globalizado. Tabarnia es, en fin, el molesto recordatorio de que quien hoy vota a los partidos constitucionalistas no tiene por qué ser, ni mucho menos, defensor del status quo sino un nuevo protagonista en el escenario de esta larga función. También quiere profundos cambios en Cataluña pero no precisamente los que había previsto el soberanismo.

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10 Comentarios

  1. Carlos López
    Carlos López 12-28-2017

    Muy bueno.
    Tabarnia es, hoy por hoy, una humorada que dice al nacionalismo, desde dentro, que el cutre es él, con su ruralismo antiguo y su obsesión monolingüística. Es decir, que le ataca en su esencia posmoderna: el atractivo.
    Como los punkis decían a los hippies: ya no moláis.
    Algo que sin duda desgasta la fuerza emocional de los discursos nacionalista… y filonacionalista.

  2. M.usable
    M.usable 12-29-2017

    Estoy de acuerdo que tabarnia es el espejo ddonde se refleja la infinita sinrazon de separatismo catalan.a la larga mas efctivo que el155.

  3. Guillem
    Guillem 12-29-2017

    Un comentario de por qué el ejemplo de Irlanda en este artículo demuestra que ambos (Tabarnia e Irlanda del Norte) son gerrymandering nacionalista (español y británico, respectivamente):
    https://twitter.com/beir_bua/status/946493031527714818

  4. Xavi
    Xavi 12-29-2017

    Muy interesante la paradoja A-B-C del nacionalismo. Es el mismo caso que España (B), reivindicando su soberanía en la UE (A) pero negándola a realidades nacionales como Cataluña (C)

    • Ceyrus
      Ceyrus 12-29-2017

      España no es una “realidad nacional” sino un estado jurídico, que es el que suscribe una adhesión a un ente supranacional, y por lo tanto se convierte en una región administrativa del mismo.

      La comparación que pretendes hacer no tiene el menor sentido, y sospecho que lo sabes. Pero en fin, ya sabemos cómo funciona el separatismo, así que en Tabarnia hemos encontrado la herramienta ideal para que lo vayan asimilando.

    • Joan
      Joan 12-29-2017

      ¿España pretende separarse de la UE? ¡Qué cosas inventan los separatistas para intentar sobreponerse al soponcio que les ha provocado la iniciativa de Tabarnia!

  5. Joan
    Joan 12-29-2017

    Aparte de la guasa (que la tiene, y mucha) Tabarnia tiene también un fondo de eficacia real que ha propiciado su gran difusión.
    Ese fondo serio reside en el hecho de que, si se llegara a una situación REAL de secesión inminente, no habría mejor solución, en mi opinión, que planear seriamente la separación de las provincias de Barcelona y Tarragona, donde el secesionismo es minoritario, creando una nueva CCAA de España.
    El mero hecho de nombrar esa posibilidad ya supone un fuerte freno al secesionismo (como lo fue el famoso “si le Canada est divisible, le Québec l’est aussi”) al que no se ve muy entusiasmado con la perspectiva de promover la separación de Gerona y Lérida, perdiendo la parte más rica, dinámica y productiva de Cataluña.

  6. AMB
    AMB 12-29-2017

    Contraponer una legítima reivindicación de un Parlamento, elegido democráticamente, a una reducción al absurdo del derecho a decidir a partir de la supuesta reivindicación de un territorio inexistente, imaginado e inventado, que no cuenta con ningún aval en las urnas es un clarísimo “ex post facto”: se pretende hacernos creer que el votante unionista catalán votó en las pasadas elecciones un programa que incluía la reivindicación del derecho a decidir de un territorio que se definiría a posteriori en función del resultado de la votación que tenía que tener lugar para la elección de los Diputados del Parlament de Cataluña-. Vaya, un absurdo insostenible.

    El articulista intenta convencernos que, pese a la broma, como cabe el riesgo de una reducción al absurdo del derecho a decidir -una subdivisión del demos en unidades cada vez más pequeñas-, es mejor que los catalanes no tengan derecho a decidir más allá de lo que la mayoría de los españoles decidan que pueden decidir, esto es, un trágala de manual que, en las democracias liberales, se conoce con el nombre de “tiranía de la mayoría” y que, no por ser constitucional, deja de ser menos tiranía puesto que ni el 100 por 100 de la población dela minoría territorial podría revertir semejante situación.

    Cabe preguntarse cuál es el propósito de Tabarnia. ¿Responde a una reivindicación sentida y largamente sostenida en el tiempo por el territorio y sus gentes?, o, por contra, ¿se trata del enésimo intento caprichoso del nacionalismo español de fracturar y debilitar la nación sin estado que es Cataluña e impedir su libre determinación?. La imagen que se refleja en el espejo no es la del soberanismo catalán sino la del Lapao, la de la negación de la unidad de la lengua catalana, la de la negación de la nación catalana. Tabarnia es como el leridanismo impulsado en tiempos del nacional-catolicismo franquista: un intento malicioso de fracturar fruto de la arrogancia del nacionalismo de estado, incapaz de ofrecer nada que fuera atractivo, más allá del trágala; en suma, Tabarnia es, hoy como otrora, fruto de un nacionalismo vergonzante y vergonzoso que en vez de reivindicarse y convencer intenta destruir y ridiculizar el debate llevándolo al absurdo.

    El derecho a decidir se inspira en los principios de las democracias liberales y en el derecho a la libre determinación de los pueblos, derecho recogido en la Carta de Derechos de Naciones Unidas. El concepto de pueblo es un abstruso en el derecho internacional, cierto, difícil pues de definir, pero, pese a todo, dudo que la doctrina se atreviera a negar las pruebas que aportan cientos de años de registros, monumentos y documentos que avalan la existencia histórica de los catalanes y de Cataluña. Las pruebas que pueda aportar Tabarnia sobre su existencia no sé cuáles son.

    Todas las naciones son imaginadas, pero no todas son un invento y, sobre todo, no todas son sentidas ni queridas. Lo dejan de ser las impuestas a porrazos y sostenidas por un derecho constitucional, penal y electoral del enemigo, como ocurre actualmente con la española en Cataluña, con una causa general abierta contra el soberanismo catalán.

    Los presuntos taberneses, ¿acaso no son españoles de/en Cataluña?. La libre determinación para ser un pueblo que ya es y está libremente constituido es un absurdo, máxime, cuando el invento no es más que una torticera maniobra para impedir la libre determinación de la sociedad catalana. Y si en el futuro se planteara una reivindicación de un supuesto pueblo tabernés, nada obstaría para que, en base a los mismos principios de las democracias liberales, se diera una respuesta democrática a una aspiración, a su vez, legítima y democrática, previamente avalada y sostenida en el tiempo y en las urnas. Que la planteen sus promotores y ya se verá su recorrido.

    Ahora bien, oponerse, como hace el articulista, a una reivindicación actual, sentida, avalada y sostenida en el tiempo y en las urnas -el derecho a decidir de la sociedad catalana- en base a un hipotético futuro hecho de reducciones al absurdo es un argumento que me parece tramposo, sobre todo, cuando se presupone del nacionalismo catalán, sin base alguna, el comportamiento descrito por Morgenthau. Realidad versus posibilidad de futuro sin confirmación posible. Lo posible no tiene por qué ser, pero lo que es, es.

    También me parece incorrecta la particular lectura que hace el autor de la Ley de la Claridad. La Ley prevé la participación de las minorías indias en las negociaciones de separación del territorio, puesto que existen tratados anteriores a la propia Ley entre el Gobierno de Canadá y las llamadas “first nations” y puesto que se trata de territorios no delimitados con precisión. Pero, es totalmente falso que la Ley de la Claridad, pese a sus lagunas y al amplio margen que deja al Gobierno canadiense, prevea la partición del Quebec en función del resultado de un hipotético tercer referéndum de autodeterminación. Nada más lejos de la realidad. Ley, hay que decirlo, contestada por el Parlamento del Quebec con una ley propia sin que, hasta la fecha, los juristas canadienses se hayan puesto de acuerdo sobre cuál de ambas leyes es de aplicación preeminente en caso de un tercer e hipotético referéndum de autodeterminación de la provincia.

    Tampoco es de recibo el argumento de la paradoja de Morgenthau al caso de Cataluña, cuyo Parlament, en su día, reconoció el derecho a decidir del pueblo aranés -única reivindicación territorial planteada hasta la fecha-. Todo un dato que a Molina se le olvida mencionar. No hay, pues, tal paradoja en el caso catalán, pues los catalanes no niegan el carácter nacional de Arán y su derecho a decidir, a diferencia del nacionalismo español, que no reconoce más nación en España que la española (ni más pueblo que el español, ni más lengua oficial del Estado que la española).

    Errores y ejemplos fallidos, como el de Irlanda del Norte, que el comentarista Guillem rebate muy bien en su blog y en su cuenta de twitter.

    El artículo, además, no elude cierto maniqueismo en base a determinadas deformaciones y clichés con los que se suele denigrar al sobiranismo catalán. No me extenderé más y simplemente los apuntaré: 1. la negación del “déficit fiscal”, cuya existencia, por cierto, está reconocida por el mismo Gobierno español, 2. el voto soberanista que predomina en unas comarcas interiores, rurales, cerradas, poco europeístas, etc., frente a las comarcas en las que se supone que predomina el voto unionista, modernas, cosmopolitas, europeístas, urbanas, plurales, bilingües (los datos desmienten el simplismo del análisis y de las etiquetas clasistas que hace y pone Molina entre la Cataluña interior y la del litoral) 3. el problema que supone que la sociedad catalana aspire a la normalidad de la lengua catalana -como si en el espacio público el castellano no fuera omnipresente-, bilingüismo que se suele reivindicar en los espacios en los que se oye el catalán pero no en los que sólo se oye castellano y 4. no podían faltar “las exageraciones historiográficas”, que ya se sabe que existen cuando se trata de Cataluña y que basta con darlas por supuestas.

    Acabo no antes sin mencionar que me resulta particularmente chocante la afirmación sobre una supuesta imposibilidad de definir unilateralmente un demos. Diría que la mayoría de países actuales del mundo, por no decir todos, se han formado -han nacido- y han definido su demos de manera unilateral.

    • Joan
      Joan 12-29-2017

      Vaya monserga para, finalmente, alegar que España es divisible, pero Cataluña es Una, Grande e Indivisible; e incluso en expansión (Països Catalans).
      La aplicación del principio, absolutamente democrático e internacionalmente reconocido de “si Canadá es divisible, Quebec es divisible” ¿le parece un despropósito? Las provincias, comarcas o grandes ciudades que en un hipotético e improbable referéndum votarán contra la secesión ¿tendrían derecho a seguir en España?

  7. Raúl
    Raúl 12-31-2017

    Primero: si los separatistas tiene derecho a decidir separarse de España, ese mismo derecho se puede aplicar para votar volver a unirse a España.
    Segundo: es lógico que ese mismo derecho a decidir se aplique en alguna provincia que no quiera separarse y decida seguir unida a España.
    Y ahora a ver cuanto sois de demócratas

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