¿De la democracia desigual a la democracia antisistema?

La actualidad política de los últimos años ha estado marcada por la entrada en escena de fuerzas que han pillado desprevenidos a buena parte de los analistas y representantes políticos. Fenómenos como Trump, el Brexit, la victoria de Syriza en Grecia, la irrupción de Podemos o la creciente presencia parlamentaria de partidos de extrema-derecha en Europa tienen en común un componente de protesta hacia el orden establecido que los partidos tradicionales no han sabido canalizar.

¿Qué les pasa a nuestros sistemas políticos? ¿Por qué los partidos tradicionales están perdiendo fuelle? En Antisistema. Desigualdad económica y precariado político (Catarata, 2018) el politólogo José Fernández-Albertos analiza por qué han emergido estos movimientos de distinta ideología pero que comparten la promesa de un nuevo sistema político y económico.

El libro fue objeto de debate en el desayuno organizado por Agenda Pública el pasado 27 de junio en Barcelona.

¿Quién votó a Trump?

Una de las discusiones que surgieron tras las victoria del actual presidente de Estados Unidos fue sobre qué la motivó. ¿Había sido aupado clases trabajadoras empobrecidas, o bien su elección era la muestra de una contrarrevolución conservadora y racista sin relación con lo material?

Esta pregunta es clave para entender las causas del fenómeno y, en su caso, encontrar soluciones. Si consideramos que se trata de un fenómeno cultural, estamos frente a un cambio ideológico y las posibles recetas para revertir la situación vendrían de la mano de campañas concienciación o sensibilización. Si, por el contrario,  pensamos que se trata del reflejo de un problema socioeconómico, la solución debería pasar por un análisis de las causas de la desigualdad y requeriría poner en marcha medidas de redistribución, de compensación a los perdedores de la globalización y mejores políticas sociales.

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Fernández-Albertos propone enfocar esta disyuntiva analizando cómo fue la evolución del voto republicano respecto a las anteriores elecciones presidenciales. Así, nos muestra cómo aumentaron sus apoyos en zonas económicamente deprimidas y entre las víctimas de una creciente precariedad económica, que formaron una coalición con los votantes tradicionales de derecha. Por tanto, para entender el fenómeno Trump, y más ampliamente el auge de estos movimientos antisistema, el autor nos insta a subrayar el papel fundamental que desempeñó el estancamiento económico y el reparto de los efectos de la crisis económica.

Sin embargo, que haya malas perspectivas económicas no basta para que triunfen nuevos líderes políticos con discursos antisistema. Es posible que este fenómeno también se deba al distanciamiento entre los partidos tradicionales y las mayorías sociales.

Del precariado económico al político

Fernández-Albertos acuña el término de “precariado político” para describir a la parte de la ciudadanía que, además de estar sufriendo económicamente, se está quedando sin voz dentro del sistema político institucional.

Esta pérdida de influencia no ha sido consecuencia de una decisión estratégica de los partidos políticos, sino que se deriva de la desatención de éstos ante transformaciones que han vivido las economías occidentales en las últimas décadas. Las políticas que sustentan los estados de Bienestar son hoy más difíciles de llevar a cabo: ha aumentado la desigualdad y los cambios en la estructura productiva han hecho que la precariedad sea más heterogénea y, por ende, más difícil de representar. Además, el contexto macroeconómico no ha ayudado, puesto que la crisis y el bajo crecimiento han dificultado el reparto equitativo de rentas y la financiación del gasto público.

Durante las últimas décadas también ha habido cambios políticos que han reducido los incentivos de los partidos para tener en cuenta a los ciudadanos más desfavorecidos. Por una parte, las políticas públicas se han hecho más complejas y a menudo más opacas. Localizar y premiar o penalizar electoralmente a sus responsables es cada vez menos trivial, porque tienen muchos niveles de ejecución y en algunos casos se han delegado a expertos o instituciones supranacionales ajenas al control democrático. Paralelamente, se han debilitado organizaciones como sindicatos, iglesias y otro tipo de asociaciones comunitarias. Históricamente, pertenecer a estas instituciones intermediadoras entre ciudadanía y representantes públicos otorgaba capacidad de influencia política a grandes sectores de la población. Su debilidad, por tanto, ha provocado que se reduzca la percepción de ser tenidos en cuenta, aumentando de esta forma la insatisfacción con la democracia.

Por último, el autor señala el cortoplacismo de la política como un factor que resta capacidad de influencia a los sectores más vulnerables de la población. Los tiempos de las campañas electorales han provocado que los partidos tengan como objetivo captar el mayor número de votantes sin privilegiar, a priori, a ningún sector en concreto. Para ello, buscan satisfacer al votante medio, a menudo haciendo promesas que no están en condiciones de cumplir. Estas dinámicas generan un electorado permanentemente frustrado, desgastan la identificación y consiguiente lealtad de los votantes para con los partidos y hacen parecer atractivas las opciones políticas cuyo discurso principal es la protesta general hacia el sistema.

Los cambios políticos aquí descritos han generado un aumento de la desafección política. La desafección es problemática porque puede generar un caldo de cultivo para proyectos excluyentes que resuelven de manera simplista y falaz los problemas a través de chivos expiatorios, como los inmigrantes en el caso de la extrema derecha. Estos procesos acaban por encumbrar a líderes cuyas ideas y políticas no son útiles para resolver los problemas que se denuncian, en parte porque su supervivencia depende de que una parte del electorado tenga sensación de agravio y, por tanto, los incentivos para abordar las cuestiones de manera constructiva son muy reducidos. Aun así, cabe destacar que existe una enorme heterogeneidad entre fuerzas políticas calificables como antisistema. Parece razonable decir que algunas algunas de ellas han adquirido un papel institucional y participan incrementalmente en el debate público de forma constructiva.

¿Hacia dónde vamos?

¿Como mejorar la confianza en las democracias? De la evidencia expuesta en Antisistema se desprende que el principal problema reside en la creciente desigualdad y, por tanto, sólo puede resolverse mejorando la capacidad de las democracias para darle respuesta.

Probablemente, los gobiernos no tengan capacidad para controlar los cambios de la economía global, pero sí pueden combatir algunas de sus consecuencias negativas mediante políticas fiscales y redistributivas que reduzcan la desigualdad económica y expandan la igualdad de oportunidades. Si bien hemos visto cómo los partidos no siempre tienen incentivos para actuar en esta dirección, condenar al ostracismo político a los sectores empobrecidos no es una opción democráticamente viable. Si el sistema institucional no da respuesta a las demandas de mayor redistribución, este precariado político tiene un potencial desestabilizador que a menudo se articula en torno a fuerzas políticas xenófobas, excluyentes y regresivas.

Los partidos socialdemócratas son los grandes protagonistas silenciosos de esta discusión. No están en una posición fácil porque los cambios macroeconómicos han hecho peligrar su proyecto político -el Estado de Bienestar- y les han salido competidores tanto por su izquierda como por su derecha. Por una parte, existe un consenso en que la Tercera Vía de los años 90 los alejó de la defensa de los derechos sociales y, con ello, del apoyo de grandes sectores de la población. Viendo las remontadas del Partido Socialista Portugués, de Jeremy Corbyn con los laboristas británicos o incluso (y a menor escala) de la joven promesa demócrata Alexandria Ocasio-Cortez en Nueva York, parece factible y exitoso virar a la izquierda. Por otro lado, tienen un frente abierto a su derecha de la mano de nuevos líderes políticos jóvenes, que se presentan como modernos, formados y cosmopolitas, como pueden ser los casos de Emmanuel Macron en Francia, Justin Trudeau en Canadá o Inés Arrimadas en Cataluña. Probablemente, la respuesta esté en intentar encontrar un espacio acomodando elementos de estos dos polos.

Antisistema, de Fernández-Albertos, es una llamada de atención ante la tentación de menospreciar las voces de una parte del electorado que está sufriendo económicamente. El enfado que está aupando a los partidos antisistema tiene justificaciones materiales sólidas y nada indica que estos retos socioeconómicos vayan a desaparecer, por lo que hay que abordarlos en sus raíces. Si la política no hace nada para que una parte de la población se sienta incluida y valorada en nuestras sociedades, no nos debería extrañar que esos mismos sectores de la población acudan a líderes que les prometan nuevos contratos sociales. Los argumentos y exposiciones de evidencia académica planteadas en el libro nos ayudan a pensar sobre la expresión política del enfado y a dotarnos de un marco teórico para mejorar el estado de salud de nuestras democracias.

 

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