Davos, Trump y que cada uno haga la guerra por su cuenta

Sin lugar a dudas la sesión que más expectativas levantó en el World Economic Forum (WEF) de este año fue el discurso de cierre de Donald Trump. De entre todo el elenco de ponentes, lo que llegase a decir el polémico presidente desde luego que no pasaría sin pena ni gloria. Y así fue.

Con un discurso más claro y conciso de a los que nos tiene acostumbrado, Trump quiso explicar buena parte de la filosofía que subyace a ciertas políticas que ya ha realizado o a otras que tiene en curso. Entre ellas, defendió su reforma fiscal y sus medidas desregulatorias aludiendo al supuesto buen clima de negocios que éstas han generado en EE.UU. Además, dedicó buena parte de su discurso a las decisiones de política comercial que su Administración está tomando con el objetivo de que el comercio internacional sea “libre, abierto y justo” (“free trade opened and fair”, de acuerdo a sus palabras). Siguiendo la misma filosofía desde que se presentase a la carrera presidencial, Trump y la gente que le rodea consideran que EE.UU. sufre constantemente agravios comparativos en sus relaciones comerciales con otros países. De ahí que constantemente estén buscando la forma de fomentar las negociaciones bilaterales en detrimento de las multilaterales, pues en éstas el poder de negociación americano se vería relativamente aminorado. Es decir, el concepto de fair trade (comercio justo) de la Administración Trump, no es el tradicionalmente defendido por académicos de la talla de Joseph Stiglitz, los cuáles promueven la creación de un sistema de reglas internacionales que permitan el acceso a mercados en igualdad de condiciones.

Sin quitar relevancia a todas estas declaraciones, quizás lo más llamativo del discurso de Trump fuese su apelación a su famoso lema de política exterior: “America First” (América primero). Para Trump, los Estados y en especial sus dirigentes deberían de perseguir, en primer lugar y ante toda situación, el interés general de su país y el de sus ciudadanos. Pero es aquí donde surge el primer inconveniente para cualquiera que se dedique al análisis internacional. ¿Por qué? Básicamente porque esta forma de pensar estaría obviando que los diferentes pesos económicos y geopolíticos de los países, así como sus acciones, pueden tener efectos muy distintos a la hora de defender los intereses de sus ciudadanos. Esto es, las decisiones que pueda tomar un país pequeño como por ejemplo Dinamarca, no tienen las mismas consecuencias que aquellas tomadas por EE.UU. dada su envergadura económica, más aún cuando dicho país busca control geopolítico con sus acciones. Y eso es lo que la Administración Trump sabe muy bien, de ahí que abogue por el America First como estrategia de política exterior.

De todas formas, este tipo de pensamiento no sólo se ha mantenido en el marco político estadounidense o en partidos radicales europeos, sino que ha ido calando entre la opinión pública de las economías avanzadas, llegando a saltar al plano académico. Desde un punto de vista más formal, con mayor frecuencia se alude a “una vuelta al Estado-Nación” como forma de solucionar el malestar que la globalización está acarreando en las distintas sociedades, ya sea a través de los aumentos de la desigualdad o de la emergencia de los populismos. De hecho, el propio WEF fue una muestra de esta preocupación pues varias de sus sesiones estuvieron dedicadas a estos problemas, en concreto a “cómo salvar a la globalización de sí misma”. Bien es cierto que el mundo académico no persigue el concepto de Nación (Nation) que Trump y otros presidentes están continuamente evocando y que está íntimamente ligado al proteccionismo y al nacionalismo económico. Por el contrario, estos autores tienden a centrarse en el ideal del Estado (State) como forma de delimitar jurídicamente el alcance que las políticas deberían de tener si realmente pretenden atender los intereses de sus ciudadanos. O eso revindican economistas como Dani-Rodrik. De acuerdo a éste, como la globalización ha avanzado mucho y demasiado rápido sin atender a las preferencias de los individuos involucrados en el proceso, urge un giro de atención por parte de las instituciones nacionales hacia dichas preferencias, de modo que los gobiernos puedan recuperar las riendas de unas economías que imperiosamente se están dirigiendo hacia movimientos populistas y proteccionistas.

Que se propongan medidas para paliar el rechazo ante la globalización es una buena noticia. Pero no por ello todas las sugerencias han de ser positivas. Si atendemos a una definición estricta del Estado-Nación, deberíamos de poder admitir que los gobiernos nacionales llevasen a cabo multitud de políticas si éstas permitiesen eventualmente mejorar el bienestar de sus individuos o al menos atender sus preferencias. Pese a que actuar de esta manera pudiese tener consecuencias directas en las políticas de otros países. Así, si la Administración de Trump quisiera subir los aranceles a los productos chinos aludiendo a las preferencias de los estadounidenses, como efectivamente acaba de hacer, bien podría estar acarreando costes para otros países (China) y con ello generar un conflicto internacional. El mismo tipo de argumentos podría ser utilizado si un gobierno decidiese levantar barreras a la inmigración internacional si tal medida fuese en línea con los deseos de su sociedad.

Pese a lo que nos podamos pensar, la era de proteccionismo y rechazo a la globalización no es para nada nueva. Bien es conocido el proteccionismo que siguió al Crack del 29 y que acabó agravando dicha depresión. De esa época tan gris parece que algo aprendimos. Pero generalmente pasamos por alto que otras crisis más recientes también padecieron mucha tensión proteccionista, como fue el caso de los años 80. Tal y como nos cuenta Carl Green, en aquella época ya se percibió la emergencia de nuevas formas de proteccionismo por parte de las economías más maduras ante los riesgos que los nuevos países en desarrollo podrían tener en el bienestar de las sociedades más avanzadas. Este proteccionismo se basó en la búsqueda del aislamiento comercial de ciertos socios (la industria japonesa o y la incipiente asiática) o el fomento de las relaciones bilaterales en lugar de permitir las estructuras de negociación multilaterales bajo el marco del GATT. Curiosamente y pese a todos sus problemas, el mundo en su conjunto acabaría avanzando hacia estructuras de gobernanza multilaterales más sofisticadas e inclusivas a lo largo de los años 90. Por el contrario, ahora pensamos que la alternativa es volver a ese “Estado” (State) como origen último de la jurisdicción que defiende las preferencias de sus individuos. O por decirlo de otra manera, pareciese que la estrategia a seguir es la de hacer cada uno “la guerra por su cuenta”, pese a que la historia nos haya enseñado lo desastroso que puede ser.

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