Cuba sin los Castro: de delfines y sucesiones

La Revolución ya no tiene heredero. A los Castro no les sucederá otro Castro: ni la hija de Raúl, Mariela, que lucha por la igualdad de derechos de la comunidad LGBT en Cuba, ni tampoco su hijo Alejandro, que dirige el Servicio de Inteligencia. El padre de ambos ha optado por su delfín, Miguel Díaz-Canel, de 58 años y que ya fue primer vicepresidente y ministro de Educación.

Su mentor ha preparado largamente el ascenso de Díaz-Canel y seguirá apoyando y tutelando a su discípulo desde las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y el Partido Comunista de Cuba (PCC). No obstante, su designación tuvo que retrasarse dos meses, quizá por discrepancias en la cúpula de poder. De hecho, el sucesor estará sometido a la vigilancia de tres sectores y tendrá que moverse con mucha cautela. Necesita la aprobación de las FAR, el beneplácito del partido único y el apoyo de la sociedad cubana, que desde hace tiempo sigue un camino propio separado del oficialismo y su discurso histórico.

El nuevo presidente tiene la difícil tarea de contentar simultáneamente a aquellos que optan por el lema lampedusiano de que todo cambie para que todo siga igual y los que esperan del primer Gobierno post-castrista que amplíe las libertades y acometa las reformas que lleven a Cuba a una transición democrática, el pluralismo y la economía de mercado.

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Sólo el futuro nos dirá qué tipo de delfín será Díaz-Canel, porque los hay de todas las trayectorias: unos iniciaron cambios políticos históricos como Adolfo Suárez, que pilotó la Transición española a la democracia. Otros duraron poco y terminaron mal, como el alemán Egon Krenz, que sucedió a Eric Honecker y simbolizó el ocaso de la República Democrática Alemana (RDA) y su incorporación a la RFA, fue encarcelado y cayó en el olvido.

En América Latina, la brasileña Dilma Roussef, sucesora de Lula da Silva, marcó el inicio de una crisis política sin precedentes y mostró el poder limitado de los delfines que suceden a líderes carismáticos que, a su vez, pretenden volver al primer plano. El balance fue un impeachment contra la presidenta y su posterior dimisión, la deslegitimación del conjunto de la clase política del país en un contexto de crisis regional e internacional y el ascenso de populistas como Jair Bolsonaro, con alguna posibilidad de ganar las elecciones.

También está el caso del venezolano Nicolás Maduro, sucesor del populista Hugo Chávez y el primer presidente latinoamericano que viajó a Cuba para felicitar a Díaz-Canel. Su mandato, que dio comienzo el mismo año que el flamante presidente cubano asumió la Vicepresidencia (2013), es una muestra de que existe otro posible desenlace para los sucesores de líderes carismáticos que desemboca en la ingobernabilidad, la fragilidad del Estado y el autoritarismo.

Cuál de estas trayectorias marcará el período presidencial de Díaz-Canel, cuyo mandato tiene un límite de 10 años, dependerá en buena medida de la longevidad de Raúl Castro, de su capacidad para satisfacer las demandas de los tres sectores mencionados y de su habilidad para crear alianzas externas.

Pese a la reciente confirmación de los compromisos económicos y políticos entre Cuba y Venezuela, Caracas (inmersa en el desastre) ha perdido la capacidad de cumplir con los acuerdos y ya en 2016 era tan sólo el cuarto socio comercial de la isla, detrás de la Unión Europea, China y Rusia. Hasta 2013 había sido el primero.

La transición pactada española o del fin del socialismo por anexión en Alemania se desarrollaron en un entorno regional democrático y un escenario económico favorable, justo lo contrario de lo que ocurre en el caso cubano. La negociación con Estados Unidos está bloqueada por un presidente Trump cuya relación con América Latina se limita a los insultos y la ignorancia. Las relaciones con la UE y China, sus dos primeros socios económicos, igual que la cooperación con Rusia, ya han desarrollado su pleno potencial. Y Brasil, su quinto socio comercial, celebra elecciones en octubre y puede transitar hacia el populismo o la ingobernabilidad. Sus vecinos del Caribe tampoco ofrecen ningún incentivo para una transición hacia la democracia liberal y la economía de mercado. En este entorno, la tan aludida transición no es un escenario demasiado probable.

La experiencia de otros países invita a pensar que nombrar delfines no es ninguna garantía de continuidad ni tampoco de estabilidad. Los resultados son imprevisibles: salvando el ejemplo de Angela Merkel en Alemania, que supera a su mentor Helmut Kohl en habilidad política y años de gobierno, pocos logran consolidar su posición y ser absueltos por la Historia. En 2019 se cumplirán 60 años de Revolución en un escenario político muy diferente, marcado por el ascenso al poder de aquellos que la heredaron, pero no la vivieron; la descarismatización de la política desde Fidel a Raúl y Díaz-Canel; el protagonismo de los militares, que vigilarán cada paso del nuevo presidente y una sociedad que lleva 30 años esperando pacientemente a que Cuba se abra al mundo y, sobre todo, a las demandas de sus ciudadanos.

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