¿Cuánto talento atrae la universidad española?

La Universidad constituye una institución clave para el crecimiento económico y el bienestar social. Por eso, es relevante analizar y debatir las dinámicas de competencia entre universidades por la atracción de profesorado y alumnado. ¿Cómo de competitivos son los centros españoles en la captación de docentes e investigadores de excelencia? Y ¿en qué medida los flujos de movilidad de alumnado fuerzan a las instituciones a mejorar su calidad para hacerse más atractivas a sus potenciales usuarios?

Según datos del European Tertiary Education Register (ETER), el 97.5% del profesorado que imparte docencia en nuestras universidades es de nacionalidad española; lo cual muestra una capacidad muy limitada de atracción de talento foráneo. Como se observa en el gráfico 1, esta cifra se encuentra alejada de las de los países europeos con plantillas académicas más internacionalizadas.

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Por su parte, la dinámica de movilidad interregional; o sea, entre Comunidades Autónomas, también se caracteriza por un alto grado de sedentarismo. Un informe del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes revela que el 86.2% del profesorado ejerce en la Comunidad en la que se doctoró. Y el 68.7% lo hace, específicamente, en la misma universidad por la que obtuvo su grado de doctor; es decir, se encuadra en lo que conocemos como endogamia académica.

En cuanto al alumnado, observamos un patrón similar. Nuestra capacidad de atracción de estudiantes extranjeros no nos permite estar entre los Estados más destacados; como son los del triángulo europeo (Reino Unido, Alemania y Francia) o los Países Bajos, si bien es cierto que ocupamos la séptima posición, en valores absolutos, dentro de los países de la antigua UE-15 (gráfico 2).

A su vez, la tasa de movilidad interregional de estudiantes; esto es, la proporción de alumnos que estudian en una Comunidad Autónoma distinta de la suya de origen, se sitúa en el 11.8%, según un reciente informe de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE). Este organismo define el sistema de educación superior universitaria español como “un modelo de oferta diversificada y de proximidad territorial a los usuarios”. Es decir, un sistema planteado para que la inmensa mayoría de los estudiantes curse estudios en su Comunidad Autónoma de origen.

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Fuente: UNESCO Institute for Statistics

Cabría, por tanto, preguntarse cómo se ha generado este modelo de marcado carácter local. Pues bien, la Universidad española ha sido muy eficaz a la hora de enfrentarse al reto histórico de equiparar la proporción de jóvenes cursando estudios superiores a la de los países de nuestro entorno. Las generaciones de españoles ancianos se caracterizan por una escolarización deficiente e incompleta. Por el contrario, el porcentaje de jóvenes de 30-34 años con un título de educación superior (universitaria o no universitaria) se situaba en 2015 en el 40.9%, 2.2 puntos por encima de la media de la Europa de los 28; según datos de Eurostat.

La expansión de la educación terciaria en España requirió la creación de un gran número de universidades (sobre todo en los años noventa del siglo pasado) y la ampliación de los programas de estudios ofertados. En ese sentido, se optó por dotar a todas las regiones de universidades generalistas, con amplios catálogos de titulaciones tanto en áreas de conocimiento (Humanidades, Ciencias Sociales, Ciencias de la Salud, Experimentales…) como en nivel formativo (carreras, másteres y doctorados).

A esta realidad hay que agregar la cuestión de los costes de estudiar “fuera de casa”. Instituciones como la Fundación BBVA señalan las limitadas posibilidades económicas de muchas familias y la escasez de becas entre las causas de la baja movilidad. Así, en definitiva, el alumno se ve incentivado para estudiar en su propia Comunidad Autónoma. Tiene un amplio catálogo de titulaciones disponibles y los costes son mucho menores que los derivados de mudarse a otra región.

Recapitulando, la mayoría de las universidades se nutren básicamente de estudiantes  de la región (que tienen asegurados), y la mayor parte de ellas captan poco profesorado externo. Sobre este último punto, pueden señalarse aquí algunos elementos clave, como son: la dificultad de ofrecer a académicos punteros salarios y recursos equiparables a los de otros Estados de nuestro entorno; la escasa proporción de la financiación universitaria ligada a resultados; y un sistema de gobernanza que incentiva a las autoridades académicas a contratar profesores afines.

Ahora bien, en los últimos años, algunas universidades se han esforzado en fomentar la internacionalización, diversificar sus fuentes de financiación y contratar personal externo (alguna, incluso, restringiendo expresamente la endogamia). Dos iniciativas llamativas, a este respecto, son la creación de las fundaciones Ikerbasque (Euskadi) e ICREA (Cataluña) que, entre otras funciones, atraen académicos líderes en sus campos.

En Europa, la Universidad avanza hacia un sistema altamente competitivo y global; donde los recursos dependen más y más de los resultados. Así, es previsible que las universidades que se adapten a este entorno competitivo mejoren su rendimiento.  Mientras, otras pueden quedarse atrás.

A este respecto, conviene señalar que la alta estratificación de las universidades en función de la calidad es algo muy común. Pensemos en Estados Unidos o Reino Unido, donde algunos de los mejores centros del mundo conviven con otros de menor nivel. El problema de tal estratificación en España vendría de la mano de las restricciones a la movilidad que hemos visto. ¿Qué pasará con los jóvenes que vivan en regiones con universidades menos competitivas y cuyas familias no puedan permitirse “mandarlos fuera”?

Más allá, ¿sigue siendo adecuado hoy el modelo generalista vigente o deberíamos avanzar hacia una mayor diferenciación y especialización de las universidades? ¿En qué sentido? Y, si lo hacemos, ¿qué políticas serán las más adecuadas para que los estudiantes talentosos con menos recursos puedan desplazarse a la universidad más adecuada en igualdad de oportunidades? El debate es relevante y pertinente, pues del éxito del sistema universitario dependen, en buena medida, el crecimiento económico y el bienestar de nuestra sociedad.

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2 Comentarios

  1. Manuel Martín
    Manuel Martín 07-14-2016

    La endogamia académica no es un invento español pero sí uno de los que más hemos perfeccionado. Un montón de “esclavos” que sirven a su señor a cambio de un futuro en la universidad. Poco pueden hacer. Además, no solo es un problema que la mayoría de los doctores acaben trabajando en la universidad en la que se doctoraron, lo es que siguen trabajando para su director de tesis, por lo que la sumisión (su puesto de trabajo) sigue dependiendo de esa red clientelar hasta que se hacen titulares (plazas que ya no salen).

    En su búsqueda por la perfección de este sistema, la universidad ha encontrado formas más refinadas para seguir la endogamia vía internacionalización. Por ejemplo, montas un centro de investigación, eliges a tus chic@s, los paseas por otras universidades para que hagan el doctorado en una universidad extranjera y después los traes a tu departamento. Formalmente no es endogamia porque su doctorado de procedencia no es el de la universidad en la que trabajan, aunque tu jefe sea el mismo que el del centro de investigación del que dependes. ¿A todos estos los han contabilizado?

  2. profe
    profe 07-14-2016

    Es un debate interesante y necesario. Pero me hubiera gustado ver cuál es el porcentaje de profesores universitarios españoles que se han formado en el extranjero. Es cierto que, dada la precariedad en la universidad española, es dificil atraer talento, pero también que hay más internacionalización de la que estos datos indican. Por otro lado, la endogamia es sin duda una lacra, y de hecho muchas veces penaliza las trayectorias internacionales, empezando por la ANECA.

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