Conocimiento científico, atajos cognitivos y opinión pública

El desarrollo tecnológico y la revolución digital han acelerado los descubrimientos científicos que llegan a los ciudadanos. El Pew Research Center se ha dedicado, entre otros asuntos, a conocer cómo perciben los ciudadanos los cambios sociales derivados de la revolución tecnológica. Y también, en qué medida el conocimiento científico de los ciudadanos les permite construir una opinión sobre los temas de la actualidad social y política. La principal conclusión de los directores de este centro, tal y como reseña el Observatorio Social La Caixa, es que el peso de la evidencia científica en la formación de la opinión pública es cada vez más relevante en las sociedades contemporáneas.

Sobre la importancia del conocimiento científico y su divulgación para la construcción de actitudes y orientaciones sociales y políticas se ha escrito ya. Al menos, desde los años sesenta del siglo pasado. Seymour Lipset, uno de los padres de la Ciencia Política, señalaba ya en esos años que el proceso de modernización que vivían las sociedades occidentales ―desarrollo económico, altos niveles de alfabetización, urbanización y bienestar― se caracterizaba, entre otros elementos, por una creciente secularización que restaba importancia a la religión frente al pensamiento científico-racional. La ciencia racional, insistían Inglehart y Welzel más de cuatro décadas después, se ha convertido en la principal fuente de autoridad en las sociedades modernas, detrayendo espacio a las creencias religiosas tradicionales. No sorprende que los ciudadanos del siglo XXI estén especialmente atentos a lo que la ciencia tiene que decir a la hora de conformar una opinión sobre los temas que marcan la agenda. Particularmente en los asuntos relacionados con el cambio tecnológico.

Al echar un vistazo al panorama político internacional, llama la atención que la ciencia gane peso en la configuración de las opiniones de los ciudadanos en los tiempos de la posverdad. Y es que, aunque la ciencia gane peso, no se puede obviar que en el proceso de formación de la opinión pública operan otros mecanismos. Sobre todo, entre los ciudadanos que no tienen altos recursos educativos. La ideología y la identificación partidista son dos de esos mecanismos clásicos que permiten a los ciudadanos formarse una opinión sobre los temas políticos sin conocerlos en detalle. Funcionan como un atajo que permite llegar al destino, formarse una opinión, sin recorrer el difícil camino de estar informado sobre todos los temas que se discuten. Un ciudadano sólo tendría que remitirse a lo que opina el partido al que se siente más cercano, o vincular el tema sobre el que quiere formar una opinión con los valores próximos a su ideología para posicionarse a favor o en contra. La opinión sobre el cambio climático de los ciudadanos norteamericanos, según la evidencia del Pew Research Center, tiene más que ver con nuestra ideología que con lo informados que estemos sobre los aspectos científicos que rodean a ese fenómeno.

La religión, pese su desplazamiento en el proceso de modernización, también emerge como uno de los atajos para conformar posiciones éticas sobre los temas que tienen que ver con avances biomédicos y con el final de la vida. Parece que la aceleración del desarrollo tecnológico y científico, como sugieren Inglehart y Welzel, ha puesto en evidencia las debilidades y limitaciones de la ciencia. La ciencia avanza tan rápidamente que los ciudadanos recurren a la religión y a las élites religiosas para conformar una opinión sobre los nuevos descubrimientos tecnológicos. Que la religión sea cada vez menos importante no evita que repunte su importancia para conformar opiniones sobre asuntos éticamente complejos, como la expansión de la robótica o la genómica.

Existe evidencia sobre el debilitamiento de los atajos cognitivos para conformar opiniones y actitudes sociales y políticas. Como han señalado Dalton y Wattenberg, a medida que los niveles educativos crecen como consecuencia del proceso de modernización, los ciudadanos se hacen más sofisticados y tienden a prescindir de los atajos cognitivos, sustituyéndolos por información. Eso llevaría a pensar que en asuntos relacionados con avances científicos las posiciones religiosas e ideológicas de los ciudadanos tenderían a ir perdiendo peso en favor de la información científica, cuya comunicación es hoy más fácil a través de internet. Pero también sería posible que la ciencia avanzara tan rápidamente que algunos descubrimientos sobrepasaran el conocimiento científico de los ciudadanos, incluso de los que tienen niveles educativos más altos. Y que, por ello, la ideología o la religión recuperaran peso.

Por último, merece la pena no olvidar que los recursos educativos no se distribuyen de igual forma entre todos los ciudadanos. Es posible que el conocimiento científico gane peso entre algunos sectores de la población, aquellos que gozan de un mejor nivel educativo. Mientras, el recurso a atajos cognitivos permanecería entre quienes tienen niveles educativos más bajos, abriéndose una brecha (generacional y socioeconómica, entre otras) sobre la que es difícil anticipar consecuencias.

Lectura recomendada:

Science communication: a graduate’s guide to a growth industry, Financial Times, 6/7/17

Artículo realizado con la colaboración del Observatorio Social de “la Caixa”

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