Cómo repartir el tiempo, el trabajo y el dinero

Un reciente estudio realizado para la Diputación de Gipuzkoa por el SIIS –cuyos resultados no han sido todavía publicados− señala que una parte importante de la población adulta está afectada por al menos una de estas dos formas de pobreza: la pobreza económica y la pobreza de tiempo. Ambos tipos de pobreza tienen carácter relativo y se refieren, respectivamente, a las personas que tienen ingresos –en el primer caso− o disponibilidad de tiempo libre –en el segundo−, muy inferiores a los del conjunto de la población. Si bien el estudio de la pobreza económica tiene una amplia tradición, el estudio de la pobreza de tiempo es más reciente y menos frecuente, pese a que, como señala Berbel, la falta de tiempo revierte en un déficit democrático para quienes la padecen. A partir de la definición de Bitmann y Goodin, y en la línea de trabajos más recientes sobre esta cuestión, en este caso se considera pobres en tiempo a quienes disponen de menos del 60% del tiempo libre mediano correspondiente al conjunto de la población (menos de 3 horas de tiempo libre al día).

De acuerdo a los datos del estudio, existe en general una relación inversamente proporcional entre pobreza monetaria y pobreza de tiempo, de forma que un tipo de pobreza parece actuar como factor de protección frente al otro. Así, si bien el 61% de la población no es pobre ni en tiempo ni en dinero, un 24% de la población es pobre en tiempo, un 13% es pobre en dinero y un 2,5% es pobre desde ambos puntos de vista, con casi un 40% de la población afectada por al menos una de estas dos formas de pobreza. Lógicamente, el riesgo de ser pobre en tiempo o en dinero es diferente en función de variables como la edad, el género, el origen, la ocupación o la configuración familiar.

Pobreza de tiempo y pobreza monetaria.
Fuente: Encuesta de Pobreza y Exclusión Social de Gipuzkoa, 2014.

Así pues, como ha señalado Jorge Riechmann, la condición de los asalariados (con o sin empleo) en zonas cada vez más extensas de nuestro mundo capitalista se caracteriza por una triste dicotomía: sin tiempo para disfrutar de los bienes o sin bienes para disfrutar del tiempo.

Esta polarización –pobres en tiempo frente a pobres en dinero− se enmarca en un contexto de incremento del desempleo y del empleo precario, de erosión de la capacidad inclusiva del trabajo asalariado, y de agotamiento del modelo tradicional de pleno empleo, que se vincula al crecimiento de la productividad y a la robotización de muchas de las actuales tareas industriales y de servicios. A estos elementos hay que sumar la difícil relación entre crecimiento económico y sostenibilidad ambiental, y la preocupación por el hecho de que el crecimiento continuo que requiere la generación de puestos de trabajo para toda la mano de obra disponible implica una explotación poco sostenible de los recursos del planeta. También afecta a este debate la llamada crisis de los cuidados, que se deriva del envejecimiento demográfico, la incorporación de la mujer al mercado de trabajo y la imposibilidad de mantener los antiguos equilibrios entre trabajo productivo y reproductivo.

¿Cómo responder a estos desafíos? ¿Cómo repartir mejor el tiempo, el trabajo y el dinero? Si bien no se trata estrictamente hablando de propuestas novedosas, en nuestro contexto ha cobrado fuerza en los últimos meses el debate en relación a una serie de planteamientos políticos y filosóficos orientados a dar una solución, más o menos radical, a estos desafíos. En primera instancia, las propuestas de Renta Básica universal e incondicional, de Empleo Garantizado, y de reducción del tiempo de trabajo y reparto del empleo persiguen objetivos similares y buscan garantizar a toda la ciudadanía unas mínimas condiciones de vida. La compatibilidad de estos enfoques es sin embargo sólo aparente y se suscita entre los defensores de las diversas aproximaciones un debate, en ocasiones enconado, que pone de manifiesto en qué medida responden a planteamientos diferentes. Simplificando quizás en exceso, el principal debate −y la principal contradicción entre unas propuestas y otras−, se refiere a la determinación de cuál debe ser el principal objetivo de las políticas públicas en el marco socioeconómico actual: garantizar un empleo o garantizar unos ingresos. Como señaló hace ya tiempo Noguera, “la cuestión planteada es, ni más ni menos, si la ciudadanía y la participación social deben construirse sobre la base de la participación en el mercado de trabajo (…) o si, por el contrario, la mera pertenencia a una sociedad debe dar derecho a una porción de su riqueza, independientemente de las contrapartidas laborales que puedan existir”.

Más allá de esta primera y evidente contradicción, se pueden encontrar respuestas de todo tipo a la pregunta de en qué medida son complementarias o incompatibles las estrategias de Renta Básica, reparto del empleo y trabajo garantizado. Eduardo Garzón y diversos defensores de la RB han debatido en los últimos meses sobre las ventajas y desventajas de cada una de estas aproximaciones (por ejemplo aquí y aquí), que parecen considerar en lo esencial contradictorias. Torrens por su parte ha defendido la compatibilidad entre reducción del tiempo de trabajo y Renta Básica, señalando que ambos enfoques son no sólo compatibles, sino también complementarios. Riechmann y Husson, por el contrario, mantienen que la Renta Básica divide a los trabajadores y perpetúa el capitalismo, además de disociar derechos y deberes, y apuestan por una sociedad de tiempo liberado, en la línea de la semana laboral de 21 horas defendida por la New Economics Foundation. Y no faltan en el debate quienes defienden de la complementariedad de los tres enfoques, que en todo caso se consideran insuficientes, poco más que buenos estabilizadores automáticos (aquí).

Frente a estas posturas más o menos categóricas, se ha defendido también la necesidad de adoptar aproximaciones más blandas o graduales, que no impliquen la elección de un solo enfoque sino la exploración de vías parciales y necesariamente complementarias. Un enfoque de este tipo se articularía mediante la extensión de los actuales programas de rentas garantizadas y de las prestaciones universales por hijo (Noguera ya ha explicado con claridad, aquí y aquí, en qué medida es falsa la dicotomía entre rentas básicas y rentas garantizadas, y en qué medida es posible avanzar mediante caminos transitables hacia la cobertura de las necesidades económicas del conjunto de la ciudadanía); el refuerzo de los programas de reparto del empleo y reducción del tiempo de trabajo, como propone Sanzo, a través de salidas completas, o casi completas, del sistema productivo durante periodos de tiempo suficientemente largos; y, en tercer lugar, el refuerzo de los programas de empleo social protegido, que garanticen una experiencia de trabajo significativa a personas excluidas a largo plazo del sistema productivo. La experiencia de los centros de empleo especial y de las empresas de inserción, con sus limitaciones, pueden ser en ese sentido un referente de interés.

Todo ello requiere, igualmente, una estrategia ambiciosa de creación de empleo de calidad, que considere no solo los niveles retributivos o la estabilidad de los contratos sino, también, la racionalidad de los horarios laborales y su compatibilidad con los ritmos de la vida.

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