Colombia 2018: encuestas, maquinarias y partidos

Este domingo  más de 36 millones de colombianos están llamados a votar al nuevo presidente de la República, quien sustituirá a Juan Manuel Santos tras ocho años de mandato. Y la incertidumbre sobre quién ganará y con qué apoyos podrá contar responde a la inexistencia de un candidato de continuidad para su proyecto (el presidente Santos no pudo o no quiso) y al complejo escenario de alianzas y rivalidades que configuran el tablero de juego electoral.

Éstas son las primeras elecciones tras la firma del acuerdo de paz con el grupo guerrillero Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) y en las que habrá elementos novedosos del diseño institucional que marcarán la próxima legislatura. El primero de ellos, aprobado en 2015 en la denominada reforma de equilibrio de poderes, consiste en que el candidato a la Presidencia  que resulte perdedor en segunda vuelta, así como su fórmula vicepresidencial, tendrán un escaño en el Senado de la República y en la Cámara de Representantes, respectivamente, lo que aseguraría la representación de quienes apoyan la opción perdedora y traslada un factor competitivo adicional en la próxima legislatura.

El segundo elemento diferencial es que quien gane trabajará con un Legislativo en el que estarán presentes los representantes de la antigua guerrilla, hoy denominada Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, que cuenta con 10 escaños (cinco en Senado y cinco en Cámara) como resultado del Acuerdo Final que firmaron el Gobierno y las Farc el 24 de noviembre de 2016. Aunque este acuerdo les permitía participar en las elecciones presidenciales, las Farc han declinado esta posibilidad, pese a que en un primer momento se iba a presentar su líder principal, Rodrigo Londoño, alias Timochenko.

Su renuncia responde primordialmente a tres factores: primero, al escaso apoyo social que se pudo constatar en las elecciones legislativas de marzo (sólo lograron recabar un 0,34% de los votos, apenas 53.000 papeletas); segundo, a los problemas de seguridad que acarreaba esta candidatura; y tercero, a los problemas de salud del candidato.

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Por último, en estas elecciones se presentaron, inicialmente y por primera vez, más candidaturas avaladas por firmas que por partidos. Posteriormente, algunos se integraron en otras listas. Esta modalidad, que permite que los ciudadanos competir sin necesidad de tener una estructura partidista que lo sustente, pone de relieve, una vez más, la gran distancia que existe entre partidos y ciudadanos en el país andino. El último Barómetro de las Américas señala que el porcentaje de colombianos que simpatizan por un partido no ha superado en los últimos 15 años el 40 % (en 2016 sólo lo hacía el 22 %), y sólo uno de cada 10 colombianos confía en ellos, la institución con más bajo nivel de confianza en el país.

El predominio de la incertidumbre

Si se observan las últimas encuestas publicadas, se dibuja un escenario más o menos claro: pasaría a la segunda vuelta el candidato del Centro Democrático, Iván Duque, representante del uribismo (en referencia a Álvaro Uribe, presidente colombiano desde 2002 a 2010). Duque era hasta hace unos meses un político poco conocido (pasando del 8 % en intención de voto en enero, según Cifras & Conceptos, al 35,4 % en abril). Su contrincante sería el ex-alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, quien se sitúa a la izquierda del espectro ideológico y representa el voto de la indignación. Las últimas encuestas dan a estos candidatos una distancia de entre ocho y 13 puntos porcentuales (Invamer, CNC, Cifras & Conceptos), mientras que el tercer candidato, Germán Vargas Lleras, se situaría lejos del segundo en un horquilla que va del 9% al 18 %.

Pese a estos datos, el resultado tanto de la primera como de la segunda vueltas es incierto debido, principalmente, a tres elementos:

1.- Como ya ha señalado el politólogo Jorge Galindo, los sondeos en Colombia han fallado en el pasado, desviándose de manera significativa en algunos casos. El caso más reciente fue el del plebiscito sobre el acuerdo de paz con las Farc, donde el no obtuvo 15 puntos más de lo estimado. Para la presente elección las encuestas muestran importantes variaciones en periodos cortos de tiempo. Todo ello genera cierta incredulidad hacia los estudios demoscópicos que incluso está siendo utilizada en la estrategia electoral de algunos candidatos, como el ex vicepresidente Vargas Lleras, quien hace unos meses era “la apuesta segura” y hoy apenas sobrepasa el 13 %, según los sondeos más favorables.

2.- El segundo elemento está relacionado con el primero y se refiere al peso de las maquinarias electorales en Colombia, que ahora se llaman eufemísticamente la estructura del candidato. En ocasiones, están engrasadas por relaciones clientelares que se tejen a lo largo del territorio y a distintos niveles administrativos, escapando a las estimaciones de las encuestas. Éste es justamente el argumento de quienes toman con cautela los resultados de los sondeos de Vargas Lleras ya que, además de contar con el respaldo de su partido (Cambio Radical, aunque no se presente por él; otra de las curiosidades de la representación política en este país), cuenta con el apoyo de dos reconocidas maquinarias: la del Partido de la U (del presidente Santos) y parte de la del Partido Conservador.

Un factor determinante en este punto es que gran parte del capital político de Vargas se concentra en la costa Atlántica, región en la que también es fuerte su principal contendiente, Gustavo Petro. La diferencia radica fundamentalmente en que los apoyos para este último se sustentan más en un voto de opinión, mientras que el primero ha establecido alianzas con las principales familias políticas del Caribe. En todo caso, el asunto de las maquinarias no se circunscribe a una única candidatura, sino que forma parte del (perverso) funcionamiento del sistema general de representación.

3.- Es muy difícil predecir las alianzas entre partidos, que serían claves de producirse una segunda vuelta electoral. La dificultad radica en la coexistencia de formaciones con un bajo nivel de institucionalización (como dice el catedrático Manuel Alcántara: débil vertebración ideológica a través de los programas, fuertes liderazgos personalistas y estructura organizativa alejada de criterios de racionalidad y eficacia) y máquinas partidistas al servicio de un líder.

La debilidad de los partidos colombianos puede observarse en el hecho de que, de los cinco candidatos principales en esta contienda, tres han presentado sus candidaturas por firmas (Gustavo Petro, Germán Vargas Lleras y Sergio Fajardo) y no avalados por un partido político. Además, algunos no han mantenido una posición única de apoyo a las candidaturas: es el caso del Partido Conservador, que dividió los suyos entre el candidato del uribismo y el ex-vicepresidente Vargas Lleras (ambos, ex-miembros del Partido Liberal).

Asimismo, algunos sectores del principal partido de izquierda, el Polo Democrático, repartieron sus apoyos entre la candidatura de Sergio Fajardo y la de Gustavo Petro (ex-militante de este partido); mientras que el Partido Verde no sólo brindó el suyo a dos candidaturas sino que, además, les aportó dos de sus caras más visibles como fórmulas vicepresidenciales (Claudia López en el caso de Sergio Fajardo y Ángela María Robledo en el de Gustavo Petro).

Teniendo en cuenta este contexto, resulta complicado vaticinar los movimientos de las formaciones políticas en una segunda vuelta. Entre los grandes interrogantes se encuentra saber hasta qué punto van a pesar las coincidencias/diferencias programáticas o la afinidad/antipatía entre candidatos y sus electores (antiuribismo/antipetrismo), así como cuál será el papel de las iglesias protestantes en un país en el que hasta hace un par de años no tenían una influencia electoral relevante.

Sea cual fuere el resultado, quien se alce con la victoria tendrá que continuar con la implementación del Acuerdo Final de Paz. Pero, además, deberá afrontar grandes retos políticos como, por ejemplo: atajar el aumento de los cultivos ilícitos, la negociación con la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN), la lucha contra las bandas criminales (Bacrim) y la disidencia de las Farc, o la inmigración de ciudadanos venezolanos, que se calcula que a finales de 2017 alcanzaba la cifra de más de medio millón de personas.

En el plano económico, los principales desafíos son el lento crecimiento de la economía, que en el ejercicio pasado fue del 1,8 %; las altas tasas de informalidad que, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), es del 47,3 % en las principales ciudades.

Todo esto se desarrollará en un marco de relación con el Legislativo que, tras las elecciones de marzo, mantiene altos niveles fragmentación: el índice NEP (número efectivo de partidos) de los últimos comicios es de 6,41 de promedio). Los escenarios de gobernabilidad variarán según quién resulte electo. De ganar Petro, se perfila una legislatura de fuerte conflictividad tanto por su escaso apoyo parlamentario (cuatro escaños en Senado y dos en Cámara) como por tener un programa que se distancia del resto. En caso de victoria de Duque o Vargas Lleras, las posibilidades de llegar a acuerdos en el Congreso suben debido a que sus bases de apoyo son más robustas y porque hay ciertas coincidencias ideológicas con otras fuerzas, e incluso entre ellos.

En definitiva, las elecciones presidenciales se definirán a partir de la triangulación de los elementos antes expuestos: fortaleza en las encuestas, apoyo de las maquinarias electorales y la capacidad de atraer apoyos de partidos y grupos sociales organizados.

 

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