China reforma su gobernanza; el mundo aguarda

Los eventos de estas semanas en la bolsa China son—además de una corrección bursátil tras una revalorización del 150% en el último año—indicativos del difícil proceso de reforma de su  gobernanza. En 2012 China empezó una sustancial transición de la mano de su actual Presidente Xi, basada fundamentalmente en dos ejes complementarios: la adopción de una gobernanza basada en reglas (rule-based governance) o constitucionalismo y la asunción de más mercado para continuar su crecimiento económico. Estas semanas hemos visto, precisamente, la dificultad de avanzar en esta transición.

La gobernanza de clan basada en afiliaciones y relaciones presenta dos problemas básicos: por un lado, sólo funciona para sistemas relativamente pequeños y, por otro, ostenta una baja legitimidad por su falta de equidad para los externos al clan. China se ha visto gobernada en gran medida en base a redes clientelares: el partido y sus distintas corrientes internas. En cambio, el nivel de desarrollo alcanzado hasta el momento—la mayor economía del mundo en poder adquisitivo—y la necesidad de continuar con un alto crecimiento para poder sacar de la pobreza a más de 350 millones de chinos (con menos de 2$/día), obliga al país a adoptar un sistema de reglas claras e imparciales. Para ello China debe reformar su sistema político-administrativo y avanzar hacia un constitucionalismo.

En este sentido, reducir la corrupción es nuclear para lograr una gobernanza basada en reglas en lugar de en fidelidades personales. De hecho, es aquí donde se está dando una de las reformas en marcha más sonoras. A pesar de las resistencias de los grupos de poder privilegiados, no han quedado parcelas intactas a las acciones anti-corrupción: ni el ejército, ni los cercanos a antiguos presidentes, ni las poderosas empresas estatales.

Pero sin duda, de mucho más calado es la reflexión en China sobre el consitucionalismo que, en definitiva, trata de crear unas reglas por encima del Partido y cualquiera de sus líderes. Dos piezas clave quedan por desarrollar: 1) crear un órgano que vele por el respeto de la constitución y, 2) adoptar una justicia independiente. En la actualidad, la asamblea, el ejército, la justicia, y el gobierno están de facto bajo el Politburó del Partido Comunista, la cúspide del sistema.

En paralelo y necesariamente de la mano del anterior eje, China ha ido abriendo sus mercados. El caso de su mercado bursátil es paradigmático. Este se encuentra entre el régimen anterior—una bolsa estable, limitada y con una garantía implícita del gobierno contra cualquier inestabilidad—y una bolsa “normal”, con un (i) regulador independiente que tolera los eventos del mercado, (ii) unas empresas con un gobierno corporativo efectivo, donde los accionistas tienen influencia sobre las empresas participadas, y (iii) una economía donde ganan los más competitivos en lugar de las empresas más relacionadas.

La reacción inicial, instintiva e inútil, de las autoridades chinas ante la fuerte caída de la bolsa fue de repliegue al modus operandi anterior, intervencionista y controlador: importante compra pública de acciones y una limitación temporal de ciertas transacciones. Esta primera reacción es sintomática de lo complejo que es asumir más mercado en un contexto donde los inversores están poco acostumbrados al riesgo (y las pérdidas) y los reguladores poco experimentados y políticamente cautivos. China debe habituarse a dejar fluir los eventos, afinar mucho las intervenciones regulatorias—pocas pero certeras y contundentes— y aceptar que los mercados bursátiles pueden tener períodos de inestabilidad, sobrecalentamiento y correcciones.

Pero un mercado bursátil no solo requiere de un regulador eficaz e independiente, capaz de tolerar políticamente una corrección abrupta de la bolsa, también requiere de unas empresas con un gobierno corporativo que funcione y un mercado sin empresas públicas privilegiadas. Estas han sido un objetivo central de las reformas, que han intentado reducir sus privilegios y poder, y el resultado de las cuales aún queda por ver.

La reciente devaluación de su moneda respecto al dólar también parece ir en esta misma dirección liberalizadora. China ha dejado flotar parcialmente su moneda. Mientras algunos han visto en esto un intento de potenciar las exportaciones, más razonable es relacionarlo con su proceso de internacionalización del Renmimbi para poder incluirla en la cesta de monedas reserva del FMI para finales de año.

Los males económicos de China a medio plazo no están resueltos. Su transformación de una economía basada en la inversión a una basada en el consumo y a la vez la corrección de sus excesos financieros no serán fáciles. Pero la inestabilidad de estas semanas refleja, más bien, un fenómeno complementario, la profunda reforma de su gobernanza. Un proceso de “normalización” hacia un sistema basado en reglas y mercados. El reto es enorme y los contratiempos serán continuos, para China y para el resto del mundo.

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