Chávez en la Oficina Oval

Líderes como Juan Perón, Fidel Castro, Lula y Hugo Chávez han dejado su huella. En un estudio reciente sobre liderazgo realizamos más de 200 entrevistas con líderes políticos en Bogotá, Buenos Aires, Caracas, Montevideo y Quito. El resultado fue el libro Latin America’s Leaders (Londres: Zed Books, 2015) donde presentamos cuatro estilos de liderazgo: demócratas, ambivalentes, usurpadores débiles y usurpadores de poder. Estos estilos los desarrollamos de acuerdo a su relación con las leyes (obedece, desafía o manipula), la oposición (crea consenso, tolera, polariza) y el poder (acción, concentración o usurpación). Hacemos hincapié en que son líderes elegidos por elecciones libres, pero proponemos que pueden convertirse ilegítimos por la forma en que ejercen el poder.

Los demócratas promueven el fortalecimiento de las instituciones, aceptan las limitaciones de poder y respetan derechos y libertades. Comparten el poder, crean consenso y evitan la polarización. Este tipo de líder pertenece a un partido político en el que ha desarrollado su carrera. Entre nuestros casos de estudio identificamos a Raúl Alfonsín, Juan Manuel Santos, Tabaré Vázquez y José Mujica.

El ambivalente respeta las instituciones y los derechos, pero busca acumular poder. Son capaces de trabajar con la oposición, pero, a diferencia del demócrata, respetan sin fortalecer las instituciones. Así puede terminar debilitando la democracia por incrementar su poder personal. Los primeros años de Rafael Correa con los cambios institucionales y constitucionales fueron identificados como próximos al líder ambivalente.

El usurpador débil oscila entre desafiar y aceptar el estado de derecho y las instituciones. El contexto histórico se convierte en crucial, ya que puede permitir o bloquear la capacidad del líder para ganar autonomía. En momentos de crisis, colapso de los sistemas de partidos, situaciones de violencia extrema o cambios abruptos en el contexto internacional, este político puede tomar ventaja para reducir el poder de otras instituciones. Sin embargo, en algún momento de este proceso su partido, la justicia, el Poder Legislativo o incluso la presión social, le aplican un freno. En estas ocasiones, se retira con la esperanza de que surjan nuevas condiciones que le permitan acomodar el juego político en función de sus fines. En esta categoría incluimos a Néstor Kirchner, Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa y Álvaro Uribe.

Finalmente, los usurpadores acumulan poder tomándolo de otras instituciones del estado, ya sea mediante la minimización del papel del poder legislativo o al socavar la independencia del poder judicial. Manipulan los instrumentos constitucionales o electorales para aumentar su poder. A través de la usurpación de poder, aumenta su autonomía y su capacidad de hacer caso omiso de las leyes. Los usurpadores de poder creen ser los únicos representantes del pueblo. Hugo Chávez era el usurpador por excelencia.

Cuando desarrollamos este estudio, desde 2009 hasta 2012, una de las principales tendencias en América Latina era el deterioro de los partidos políticos y el fortalecimiento del presidencialismo. En estos días tan turbulentos, encontramos que algunos líderes de otras latitudes se amoldan a esta tipología. Esto contradice una de nuestras conclusiones que sostiene que los usurpadores tienen más posibilidades de emerger en países con instituciones débiles y partidos políticos con un bajo grado de institucionalización. Si bien los partidos norteamericanos no tienen un alto grado de institucionalización; las instituciones del Estado, el sistema de checks and balances y las libertades civiles y políticas han mostrado, hasta ahora, una gran fortaleza. Sin embargo, Donald Trump se muestra como un usurpador nato. Parece que el espíritu de Hugo Chávez se ha instalado en la Oficina Oval.

En las entrevistas en Caracas, Chávez fue definido como un líder omnipotente, carismático, paternalista, autoritario y arrogante. Polarizó la sociedad provocando amor y odio. Uno de los encuestados sugirió que Chávez había creado un reality show; despedía a sus ministros por televisión, cantaba, bromeaba, se enfadaba o insultaba a sus oponentes políticos. A través de las Leyes Habilitantes, Chávez usurpó el poder del Legislativo.

Trump parece seguir sus pasos. Se enfrenta a la prensa, decreta, insulta y denigra. Sus enemigos son los inmigrantes, China o CNN. Ha logrado exacerbar políticamente las divisiones de la sociedad norteamericana.

Como Trump, Rafael Correa, Chávez y Cristina Fernández de Kirchner se enfrentaron a los medios de comunicación. Correa inició un juicio al diario El Universal, Chávez cerró radios y canales de televisión, Fernández de Kirchner se enfrentó al periódico Clarín.

Otro punto en común es re-escribir la historia. Los Kirchner afirmaban que sólo durante sus presidencias se enfrentó a los violadores de derechos humanos de la dictadura, ignorando todo lo hecho por el presidente Raúl Alfonsín. Asimismo, intervinieron el instituto de estadísticas para manipular datos sobre inflación y pobreza. Esta manera de presentar la realidad pasó a llamarse el relato. En la administración Trump a los atentados que no existen lo llaman alternative facts.

Tres preguntas nos preocupan. Mientras en los casos latinoamericanos estos líderes surgen como consecuencia de crisis económicas, ineficiencia o corrupción de la clase política ¿qué factores explican la llegada de Trump cuando la administración del presidente Obama pudo superar la crisis del 2008? Segundo, el legado de Chávez es un estado fallido en Venezuela ¿Podemos quedarnos mirando como Trump pone en peligro la democracia de la primera potencia nuclear? Por último, ¿es la democracia tan débil que hasta Estados Unidos puede convertirse rápidamente en una república bananera?

También firma este artículo Rut Diamint, profesora de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Torcuato di Tella (Buenos Aires).

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