Cataluña a través del espejo político y económico español

El condado de Barcelona era en sus orígenes un importante territorio medieval que creó un influyente emporio comercial en el Mediterráneo occidental y que, con el paso del tiempo, forjó una unión dinástica con el reino de Aragón para formar parte de la Corona de Aragón. Tras siglos de rivalidades y alianzas entre las coronas aragonesa y castellana, la política matrimonial de Isabel y Fernando y el azar propiciaron que ambas coronas formasen parte de los intereses familiares de los Habsburgo. Bajo el emperador Carlos V se aglutinaron un mosaico de territorios muy diferentes que funcionaron de forma autónoma bajo una misma dinastía, sin que existiera una estructura administrativa común. En principio, la política imperial –geopolítica internacional y expansión en América- recayó sobre el territorio más rico: Castilla (aunque los Países Bajos estuvieran a la par e incluso por encima dependiendo del periodo económico). Sin embargo, pronto se vio que la corona castellana no tenía hombres ni recursos suficientes para dominar semejante mosaico de territorios con apenas 4-5 millones de habitantes. Además, se utilizaron con demasiada frecuencia los impuestos recaudados en Castilla y las minas de oro, plata y sal de América como avales de la deuda imperial. Bajo esta presión sobre la corona castellana, el conflicto entre el emperador (apoyado por la nobleza castellana) y los grupos de presión castellanos (burguesía comercial y pequeña aristocracia) no tardó en surgir. La derrota de la elite castellana en la Guerra de las Comunidades (1520-22) cercenó a largo plazo el parlamentarismo castellano y reforzó un absolutismo monárquico de carácter teocrático, militarista, centralista y con total ausencia de meritocracia. No le fueron mejor las cosas a la Corona de Aragón. Entre 1530 y 1560 los intereses económicos de Barcelona estaban ligados a las ferias castellanas donde se intercambiaban paños y otras mercancías autóctonas -con destino hacia América- por trigo. Con la rebelión en Flandes y el monopolio sevillano en el comercio americano, los Habsburgo apostaron por la flota de Génova en detrimento de Barcelona. Sin embargo, a pesar de ser relegados a jugar un papel secundario, los territorios de la Corona de Aragón nunca se sintieron el centro de la monarquía ni intentaron asumir el papel vertebrador de una identidad global -como, por ejemplo, harían Prusia en el caso alemán o Piamonte en el caso italiano-, limitándose a defender sus privilegios frente a la integración centralizadora cada vez más apremiante por razones recaudatorias.

En 1618 se inició la Guerra de los Treinta Años, aparentemente en torno a la libertad religiosa y en la práctica una guerra para socavar la hegemonía continental de los Habsburgo en la península Ibérica y en la Europa continental. De ahí que las guerras franco-hispanas continuaran siendo inevitables y que, por esa razón, Cataluña se convirtiese en un escenario bélico habitual. El aumento de la presión fiscal y la necesidad de soldados en la Monarquía Hispánica provocó en 1640 la Guerra del Segadors que derivó en la declaración de una República Catalana apoyada por la Francia Absolutista de los Borbones. No obstante, bajo esta guerra también se escondía un profundo malestar de los grupos más desfavorecidos contra las oligarquías catalanas que ostentaban el poder dentro del Principado. Aunque Cataluña volvió en 1652 a la Monarquía Hispánica perdió gran parte de su autonomía real y su autogobierno. En 1688 estalló una nueva revuelta de carácter rural en Cataluña -la revuelta de las Barretinas- motivada por las malas cosechas y por el alojamiento de tropas para una nueva guerra contra Francia. A finales del siglo XVII, Cataluña sufrió la enésima invasión de los borbones franceses con la ocupación de Girona (1694) y Barcelona (1697).

El fallecimiento de Carlos II sin herederos motivó la Guerra de Sucesión Española (1702-14), un conflicto de carácter internacional por el trono de la Monarquía Hispana que acabó generando una cruenta guerra civil entre los partidarios de los Borbones (Felipe V) y de los Habsburgo (archiduque Carlos), éstos últimos apoyados por Inglaterra y Holanda. Más o menos, Castilla, el País Vasco y Navarra apoyaron a Felipe V y mayoritariamente la Corona de Aragón se decantó por el archiduque Carlos. La guerra finalizó con una represión durísima y con la abolición de todos los fueros de la corona aragonesa. En Cataluña se implementaron los Decretos de Nueva Planta (1716) que suprimieron todas las instituciones catalanas, motivaron el exilio, la encarcelación o condena a muerte de los principales líderes, el cierre de la Casa de la Moneda, el aumento de los impuestos, la supresión de la universidad de Barcelona y la obligatoriedad del castellano en lugar del catalán. Paradójicamente la economía catalana experimentó un importante crecimiento debido a que se “impuso” una reforma fiscal que simplificó todo el sistema tributario. Entre 1720 y 1845 los catalanes pagaron un cupo (catastro) que agilizó los intercambios comerciales y aceleró la reciente integración de la economía catalana en los circuitos atlánticos intensificando sus relaciones comerciales con ingleses y holandeses. Es más, la expansión de la actividad industrial provocó una diáspora comercial catalana –acrecentada con la progresiva supresión de las aduanas interiores en el siglo XVIII- en busca de nuevos mercados en el interior de Castilla. Sin embargo, en los territorios de la Corona de la Castilla las reformas fiscales de Ensenada –a semejanza de las implementadas en Cataluña- que debían simplificar los impuestos y hacerlos menos regresivos no salieron adelante.

Y en este punto se produjeron las Guerras Napoleónicas que acabaron fracturando por completo a España. Aunque la invasión impulsó la identidad nacional española, todos los reformistas españoles que se inspiraron en la Ilustración francesa se vieron abocados a apoyar al absolutismo borbónico más anacrónico. El mito de las dos Españas estaba servido. Por si fuera poco, la pérdida de las colonias americanas -a excepción de Cuba, Puerto Rico y Filipinas- convirtió a España en un país de tercera fila porque justo en ese momento otros países comenzaron a expandir sus territorios (GBR, Francia, Rusia y EEUU, entre otros). Y es que la pérdida de las colonias americanas fue importante, no por el impacto económico que supuso, sino por el momento en el cual se produjo, justo en el instante en que el mundo viraba hacia al capitalismo industrial y financiero.

España no supo hacer bien la transición desde el absolutismo monárquico hacia un estado-nación y entró en un larguísimo siglo horribilis que únicamente finalizó con el final de la dictadura franquista (1975) y el ingreso en la Comunidad Económica Europea (1986). Algunos ejemplos. Entre 1814 y 1921 se promulgaron seis constituciones y dos proyectos de constitución federal, y, además, se produjeron una bancarrota y dos suspensiones de pagos, cuarenta y siete pronunciamientos militares con trece golpes de estado exitosos, cuatro magnicidios y tres guerras civiles muy focalizadas en el País Vasco, Navarra y en las comarcas rurales catalanas. Con respecto a Cataluña, aunque tras las Guerras Carlistas se escondía un cierto sentimiento nacionalista, en sus orígenes el sentimiento catalanista fue un movimiento de protesta contra la creciente industrialización que estaba teniendo lugar en las áreas próximas a Barcelona. En general, la burguesía industrial y comercial defendía sus intereses (políticas económicas proteccionistas en Cuba) a través de los principales partidos de ámbito nacional y utilizaba al incipiente nacionalismo catalán como un instrumento de presión hacia Madrid hasta que conseguía sus objetivos (por ejemplo, la gran exposición industrial de 1888). Paralelamente, hacia la década de 1890, Prat de la Riba (Unió Catalanista) apostó por arraigar el nacionalismo catalán en el campo más que en Barcelona y su área industrial, defendiendo la creación de un parlamento catalán, un sistema fiscal y judicial, una fuerza policial, el reconocimiento del catalán como lengua oficial, el fin de la imposición del servicio militar y la consideración de Cataluña como una nación que formaba parte del Estado español.

Aunque entre 1884 y 1909 Barcelona vivió un profundo periodo de inestabilidad política que la llevó a convertirse en la capital mundial del terrorismo debido a los grupos anarquistas y a numerosas huelgas (por ejemplo, la huelga general de 1902 o la Semana Trágica de Barcelona de 1909), también comenzó a superar claramente a Madrid en crecimiento económico y expansión industrial. De ahí, que la pérdida de las últimas colonias en 1898 tuviera un efecto similar de crítica institucional a lo que sucedió con la Gran Recesión Financiera de 2008. Por eso no debiera sorprender que los nacionalismos periféricos se hicieran bastante populares -tanto en 1898 como en 2008- debido a la manifiesta incompetencia del gobierno central. En este sentido, el regeneracionista Macías Picavea afirmó que “Las tristes mesetas centrales donde yacen entregadas e inermes ambas Castillas iban a conducir a España a la muerte si los ‘miembros vivos’ del cuerpo nacional, Cataluña, Valencia, Asturias, el País Vasco, no se revolvían contra la oligarquía madrileña” (Álvarez Junco, Mater Dolorosa). El problema es que los grupos de presión periféricos renunciaron una vez más a asumir un papel reformista en todo el territorio español.

Y así llegamos a la dictadura de Primo de Rivera tras huelgas revolucionarias contra los industriales bilbaínos y catalanes, a la II República -estatuto de autonomía de Cataluña (1932) y efímera proclamación unilateral de una república catalana bajo Companys (1934)- y a la Guerra Civil. Esta última fue terrible en Cataluña porque se produjo otra guerra civil entre los nacionalistas catalanes, abuelos y padres de los actuales independentistas. Entre 1936 y 1937, el gobierno de ERC de Companys -en connivencia con los anarquistas de la FAI- aplicó un régimen de represión brutal que afectó severamente a los catalanistas conservadores. Luego los comunistas se aplicaron a fondo contra los anarquistas (véase Homenaje a Cataluña de Orwell). Y, por último, los franquistas apoyados por los catalanistas conservadores reprimieron con suma fiereza a todos los que habían simpatizado con la II República. Durante la dictadura, esos catalanistas conservadores tampoco se integraron mal. Sardá fue uno de los principales artífices del Plan de Estabilización de 1959 y con posterioridad el ministro franquista López Rodó fue el impulsor de los planes de desarrollo en los años sesenta y primeros setenta. Por eso no debe sorprender que gran parte de los alcaldes de la antigua CiU (embrión del actual Junts per Catalunya) durante la transición política tuvieran un origen franquista (aquí y aquí). Al mismo tiempo, entre 1950 y 1975, cientos de miles de personas procedentes de ambas Castillas, Galicia, Extremadura y Andalucía emigraron hacia Cataluña porque resulta que durante el franquismo se vivía mejor en Barcelona.

Llegamos al final. 23 de octubre de 1977, Barcelona. Josep Tarradellas -uno de los fundadores de ERC, en 1931, junto a Maciá y Companys- regresó del exilio y exclamó desde el balcón central del Palacio de la Generalidad ante miles de ciudadanos: Ciutadans de Catalunya: Ja soc aquí! Un nueva etapa comenzó para Cataluña. Y resultó que con el tiempo se demostró que Tarradellas era más catalanista y menos independentista que su sucesor, Jordi Pujol (véase Jordi Amat, El Llarg Procés). El resto es de sobra conocido. En mi opinión, no creo que el auge del independentismo sea un movimiento populista, ni que haya aparecido por la crisis del 2008 o por la declaración de inconstitucionalidad en 2010 del estatuto de autonomía catalán de 2006. Nunca se ha ido y es fruto de un largo camino; aunque sí es verdad que se ha aprovechado de la coyuntura económica y de la falta de miras de los distintos gobiernos centrales. Bajo mi perspectiva, el movimiento independentista tiene dos opciones: (i) se convierte en un movimiento que discuta a Madrid su supremacía política y económica; (ii) sigue adelante en su intento de crear un estado-nación, que dado el actual reparto de votos le llevaría a un panorama similar al que tuvieron que afrontar Collins y Valera en Irlanda en 1921.

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