Cartografía de lo desconocido: la singularidad de la coyuntura del secesionismo catalán

En el otoño de 2013, hablé con un miembro de la campaña por el “Sí a Escocia” sobre el inminente referéndum sobre la independencia. En un momento, me permití la indiscreción deliberada de comparar el caso de Escocia a Cataluña, Quebec, y Eslovenia. Su reacción fue inmediata y contundente: “Escocia es distinta”.

Esta insistencia en la singularidad escocesa respondía a una razonable lógica política. Era arriesgado construir puentes simbólicos con otros movimientos de independencia. Podría haber provocado una reacción contraria por parte de Canadá, de España y de otros países cuyo reconocimiento Escocia necesitaría en caso de que ganara el “Sí”. Pero desde el punto de vista del análisis político se basaba en una evaluación errónea. La marcha de Escocia hacia la independencia no era, en lo esencial, tan excepcional como se pretendía. En la actualidad es más apropiado analizar la singularidad en lo referido a Cataluña y España.

La dinámica política que rodea el impulso de los nacionalistas catalanes hacia la independencia no tiene precedentes. Es cualitativamente distinto de los procesos en otros estados democráticos desarrollados con movimientos independentistas activos. Los gobiernos centrales de Canadá y el Reino Unido aceptaron un referéndum secesionista en Quebec y Escocia, mientras que Madrid se niega rotundamente a ceder en este punto. De hecho, la secesión de mutuo acuerdo (con o sin un referéndum) se llevó a cabo en los estados que son a la vez menos desarrollados y con menor estabilidad institucional que la España de hoy (Checoslovaquia y Serbia-Montenegro podrían servir de ejemplo).

Las posiciones obstinadas y mutuamente excluyentes del gobierno español y de los nacionalistas catalanes sobre la cuestión del referéndum producen la posibilidad actual de la secesión unilateral. Esto pone a España y Cataluña en una categoría diferente de países, con los que pocos catalanes y españoles les gustaría identificarse. La razón principal es que la mayoría de los intentos de secesión unilateral generan algún grado de violencia. Pero frente a esos supuestos, España – y con ella Cataluña – es aún más diferente de lo que lo son Canadá y el Reino Unido. Por un lado, tiene una sociedad con una fuerte y próspera clase media, a pesar de los embates económicos de los últimos siete años. Por otro, es una democracia con un compromiso profundamente interiorizado con el imperio de la ley, sin perjuicio de las excepciones. También es importante que España esté estrechamente integrada en la UE y la OTAN. Este tipo de países no tienen la tendencia a caer en el caos generalizado durante las crisis políticas importantes.

Adivinar el futuro de los procesos complejos es equivalente a navegar con un mapa mal trazado y con una brújula que falla a veces, incluso con el tiempo más favorable. Dado el carácter singular de la situación catalana, el pronóstico es aún más difícil. Pero, si navigare necesse est, quedan pocas opciones aparte de intentarlo.

Si Junts pel Sí recibe el mandato de la mayoría, el resultado político dependerá del temple de los nervios en Madrid y Barcelona. Los compromisos contraídos por ambas partes apuntan a algún tipo de enfrentamiento político. En este tipo de circunstancias, es difícil distinguir entre los que van de farol y los que tienen intenciones serias. (¿Madrid suspenderá realmente la autonomía de Cataluña? Si es así, ¿cómo va a hacerlo? Si no lo hace, y trata de anular las nuevas leyes que preparen la secesión, ¿Cataluña realmente declarará la independencia de inmediato? ¿Quién va a estar en la frontera entre Cataluña y Francia en ese escenario?). Una vez más, los países democráticos estables no se colapsan fácilmente en la inestabilidad, pero cuando dos voluntades políticas comienzan a chocar sobre los pilares del poder del Estado, los resultados son impredecibles.

En esta partida de póker, si España parpadea primero, pero se mantiene hostil a la independencia de Cataluña, estará en condiciones de ejercer una influencia significativa.

La profunda aversión de la comunidad internacional a los cambios de fronteras unilaterales está incorporado en su ADN. Esto hace que la independencia sea difícil de lograr incluso cuando los poderes clave están a favor de la secesión. En el caso de Kosovo, las simpatías del Departamento de Estado de Estados Unidos no impidieron años de disputas diplomáticas, e incluso entonces, el reconocimiento del nuevo estado quedó lejos de ser universal. A diferencia de Serbia en los años 2000, España tiene una buena reputación internacional y es un miembro clave de la Unión Europea y de la eurozona. Si quisiera, Madrid podría hacer que fuera muy difícil para Cataluña la normalización de sus relaciones con el mundo exterior, aunque sería costoso para la propia España.

En el caso de que Junts pel Sí no lograra una mayoría convincente, este tipo de resultado podría ser considerado como un tiro errado en un referéndum sobre la independencia. Por otra parte, tendría un significado incierto para la política española y catalana más allá de 2015. Visto en retrospectiva, el referéndum de Quebec 1995 fue la culminación de la política secesionista en esa provincia. El sentimiento soberanista retrocedió gradualmente, y no volvió a ser políticamente relevante repetir una votación sobre el futuro estatus de la provincia. Aunque no sería prudente declarar la defunción del separatismo quebequés, está sin duda en hibernación profunda.

Ahora bien, en 1995 Quebec ya había conseguido la mayor parte de las concesiones sustantivas, si no simbólicas, de las concesiones que Cataluña todavía persigue. Es más, en cierto modo, el referéndum fue el canto del cisne para toda una generación de nacionalistas quebequeses cuyos años formativos se correspondieron con el aumento del movimiento secesionista durante la década de los setenta. Los quebequeses más jóvenes no comparten las quejas que llevaron a muchos de sus padres a apoyar la independencia. En Cataluña, en comparación, los secesionistas sólo están empezando a plantear sus reivindicaciones. Algunos de los activistas que empujaron a ERC y CDC hacia posiciones más abiertamente secesionistas, sobre todo desde 2006, están ahora entrando en su mejor momento político. Y sus quejas, agravadas por la crisis económica prolongada, están todavía muy vivas.

A corto plazo – en el supuesto de que Junts pel Sí no alcance la mayoría – la relación entre España y Cataluña dependerá de los resultados de las elecciones españolas y el gobierno que se forme a partir de entonces. A largo plazo, el divorcio fallido dará paso, probablemente, a un matrimonio muy complicado.

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