Canadá cumple 150 años

Agenda Pública organiza encuentros en los que, de modo informal, una persona experta en algún asunto de actualidad comparte almuerzo y charla con comensales interesados. En el marco de uno de esos almuerzos, y con ocasión de la gira patrocinada por la Fundación Canadá, el profesor Maxime St-Hilaire, de la Universidad de Sherbrooke en Quebec, ha evocado los primeros 150 años de la historia canadiense, sus luces y sus sombras. Esta breve crónica pretende dar cuenta de los principales puntos que se trataron, tanto en la charla como en el diálogo ulterior.

No será una crónica aséptica, ni pretende ser el resultado de una observación desapasionada. Resultaría imposible para quien esto firma: patrono de la Fundación Canadá, y expresidente tanto de la Asociación Española de Estudios Canadienses como del Consejo Internacional de Estudios Canadienses, todo lo que sigue está escrito desde la convicción de que Canadá es un modelo en el que deberíamos inspirarnos. Y eso vale no solo para España, sino para muchos países. Puede que Canadá carezca de una épica histórica como la que han acompañado las grandes revoluciones que engendraron el constitucionalismo. Pero, si en lugar de considerar los grandes principios o los profundos textos teóricos que asociamos al nacimiento de los Estados Unidos y a la Revolución francesa, fijamos nuestra atención en los balances históricos — es decir, en los hechos —, entonces Canadá adquiere una nueva dimensión.

Canadá se ha enfrentado a crisis que han provocado guerras sangrientas en otras latitudes. Como país del Nuevo Mundo, los colonizadores europeos tuvieron que relacionarse con los pueblos aborígenes. Hubo abusos terribles y una discriminación que de hecho aún dura. Sin embargo, se firmaron tratados con las “primeras naciones”. Se respetaron por las autoridades canadienses en grados distintos, pero con la Ley constitucional de 1982 adquirieron rango constitucional: los legisladores, tanto federales como provinciales, están obligados a respetarlos. Además, Canadá ha tenido que enfrentarse con problemas propios del Viejo Mundo: la falta de integración de identidades nacionales minoritarias. Salvo el breve episodio terrorista del Frente de Liberación del Quebec de principios de los años setenta del pasado siglo, y el estado sitio que el gobierno federal impuso, eso tipo de conflictos se mantienen en el marco del respeto de la ley y de una cultura política de tolerancia y respeto a las diferencias que otros lugares brilla por su ausencia. El actual gobierno federal hace de la diversidad un emblema y un valor que se pretende que identifique al país. Como símbolo, su primer ministro recibió en el aeropuerto a familias de refugiados que huían de la guerra de Siria.

Hecho este preámbulo por el presentador que suscribe, en su charla, el profesor St-Hilaire, que enseña derecho constitucional, quiso contradecir una idea habitual cuando se compara el federalismo canadiense con el de los Estados Unidos. El texto fundador de Canadá es su Ley constitucional de 1867, y suele decirse que, mientras sus vecinos del sur generaron un espléndido corpus teórico —los Federalist Papers— los canadienses tuvieron una actitud más pragmática, casi deliberadamente escéptica ante cualquier cosa que sonara a grandes ambiciones que dieran sentido al texto con el creaban un país. St-Hilaire nos recordó una figura que ahora los canadienses comienzan a descubrir: Alexander Galt. Nacido en Inglaterra en 1817, se instaló en Sherbrooke a los 18 años y murió en Montreal en 1893. Fue ministro de hacienda con el gobierno que negoció con los británicos la ley de 1867. En su correspondencia y sus trabajos se descubre una preocupación por plantear la integración federal de dos de las principales comunidades en aquel momento: los católicos francófonos, por una parte, y los protestantes anglófonos, por otra. Manifiesta la importancia de asegurar el respeto a las minorías, cosa que él mismo podía entender, como anglófono minoritario en el Quebec, pero consciente de lo que comportaba para los quebequeses francófonos ser minoría en el conjunto de Canadá. Su empatía — ¡qué virtud para un estadista! — no le llevaba a hacerse ilusiones angélicas. Sabía que entre ambos grupos había tensión, pero prefería considerar que eso era un estímulo para la emulación, y para alcanzar así lo mejor de cada uno de ellos y para el conjunto.

Alguien, pues, había pensado en un proyecto de futuro para un país nuevo, más allá de la necesaria política cotidiana y sus inevitables cesiones y miserias. Sin embargo, nos recordó Maxime St-Hilaire, los pueblos aborígenes fueron los grandes olvidados. La retórica de los “dos pueblos fundadores”, británicos y franceses, choca con la evidencia de que cuando los primeros europeos llegaron, toparon con habitantes nativos. Fueron más tarde confinados en reservas, tras firmar tratados que posiblemente no entendían y que comportaban la cesión de tierras. Esos otros pueblos, autóctonos, viven aún en muchos casos en condiciones de vida netamente inferiores a la media de la población canadiense. La celebración de sus 150 años se ve empañada por la injusticia de la que han sido víctimas las primeras naciones de Canadá.

Tras su charla, se abrió el turno de las preguntas y comentarios de quienes compartimos mesa con el constitucionalista quebequés. Pueden agruparse en dos secciones: por una parte, algunas intervenciones pedían información sobre el federalismo y la vida política canadiense; en segundo lugar, las comparaciones entre la política de Canadá y sus valores con la presente crisis catalana en España.

En cuanto a lo primero, Maxime St-Hilaire aclaró algunos puntos relativos al dictamen del Tribunal Supremo de Canadá sobre la secesión del Quebec, de 1998. Tras destacar que fue inicialmente recibido como un triunfo por parte de los independentistas, subrayó que invitaba a negociaciones sobre la secesión si esta se manifestaba como la opción preferida por los quebequeses en una mayoría clara que respondiera afirmativamente a una pregunta clara. Ahora bien, esas negociaciones no eximen del respeto a la Constitución. Es decir, tras el acuerdo, debería seguirse el procedimiento previsto en la ley constitucional de 1982, sin que sea posible, saltándosela, alcanzar la independencia con el simple acuerdo entre gobiernos. Sobre la llamada “ley de la claridad”, puso en duda su constitucionalidad. A su juicio, no cabe en el ordenamiento canadiense una ley que se pretenda la concreción de un dictamen del Tribunal Supremo. El legislador no puede ponerse en el mismo nivel en el que se ubica el intérprete de la Constitución por antonomasia.

También se extendió en la descripción de los factores que podían fijar la identidad canadiense en una sociedad tan diversa, así como en los elementos que podían corregir las potenciales disfunciones de la gran descentralización que caracteriza el federalismo canadiense. De hecho, recordó una participante, incluso en la Columbia Británica se perciben expresiones que reclaman que el gobierno de Ottawa se entrometa menos en los asuntos de aquella provincia. Una descentralización particularmente apreciada en Quebec, donde, por ello, incluso los partidos contrarios a la secesión actúan siempre con firmeza en defensa del autogobierno de la provincia. Ello en un contexto en el que en la vida pública federal no se admiten expresiones de menosprecio hacia la lengua francesa, cooficial para la administración federal en todo su territorio. El respeto mutuo a las particularidades culturales sería el vínculo de integración de la diversidad.

El contraste con los debates locales fue comentado profusamente, y un comensal le preguntó acerca de la soberanía en Canadá. Maxime St-Hilaire manifestó que la noción de soberanía le parecía potencialmente peligrosa, especialmente por la atribución genérica del poder constituyente a un pueblo cuyos perfiles son difíciles de determinar. A su juicio, la soberanía hay que buscarla en los procedimientos de reforma de la Constitución. Otras personas envidiaron la cultura política canadiense, donde tensiones como las que ahora experimentamos, que ya son pasado en Canadá, se han gestionado con más respeto mutuo y menor crispación.

La comida terminó con una cierta melancolía en el ambiente, tras haber charlado acerca de luces y sombras de la historia canadiense. Esta crónica, que no puede ser exhaustiva, la comparte. Nuestros últimos 150 años tienen tramos oscuros y sangrientas luchas civiles. Tal vez deberíamos inspirarnos en Canadá para tener un futuro mejor si queremos buscar una fórmula que combine unidad y respeto a las diferencias. Podemos intentar otros modelos, vigentes en países con gran homogeneidad cultural. Podemos perseverar en esa ambición, pero no veo ahí un porvenir atractivo.

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