Cameron hunde al Reino Unido: último acto

“I do not think it would be right for me to try to be the captain that steers our country to its next destination, David Cameron, 24 June, 2016

“What doesn’t kill you makes you stronger”, Donald Tusk, 24 June, 2016

En febrero, en estas mismas páginas, analizábamos el suicidio político que había acometido David Cameron al acceder a organizar un referéndum sin haber logrado contrapartidas de calado a nivel comunitario. Por razones principalmente internas el gobierno británico decidió jugarse el todo por el todo. O más bien jugarse el todo por el nada. Pues con un Brexit, las pérdidas eran múltiples e impredecibles, como van a sucederse en las próximas semanas. En cambio en caso de Bremain, casi nada cambiaba. Una jugada legítima democráticamente, pero desprovista de cualquier lógica política.

El error de cálculo tiene su precedente en el inexistente ‘Plan B’ que decía tener guardado Laurent Fabius para defender su ‘no’ al Tratado Constitucional francés en 2005. Ni hubo Plan B, ni Fabius logró llegar a controlar el Partido Socialista mediante la instrumentalización de la ala más euroescéptica – su objetivo político indisimulado. En cambio, sí dejó la izquierda francesa deflagrada – con remanencias hasta a día de hoy – y se tardaron 5 años en parir el laborioso Tratado de Lisboa que para evitar nuevos debates ‘nacionalizados’ se aprobó en las asambleas nacionales, en vez de mediante un voto paneuropeo (que hubiera sido lo oportuno).

En ese sentido no se equivoca Cameron al utilizar la metáfora marinera, justificando su dimisión en la necesidad de encontrar otro ‘capitán’ para la ‘destinación’ futura, pues salir de la Unión sigue siendo lo más próximo a un hundimiento geopolítico.

El encadenamiento tiene tintes casi teatrales. Los europeos se preguntan hoy si los motivos detrás de la decisión de Cameron justificaban tal riesgo. ¿Presión del UKIP después de ganar las elecciones europeas en 2014 y sacar un buen puñado de regidores en 2013? ¿Presión interna por parte de Johnson, May y Gove – y un buen puñado de diputados nacionalistas? ¿Promesa electoral in extremis en 2015 para intentar ganar unas legislativas que todos los sondeos daban por perdidas para los conservadores? Planteados así los tres detonantes se justifican por razones principalmente defensivas y ‘reactivas’. Un posicionamiento que dificulta doblemente ganar un plebiscito sobre algo complejo, inacabado y en crisis, como es hoy en día la Unión Europea.

¿Y ahora qué?

Las posibilidades son todavía indescifrables aunque habrá que contar con tres matices. El primero, el calendario político que se avecina con elecciones presidenciales en Francia y las federales en Alemania, ambas en 2017. En Francia no es exagerado decir que el país vive sus escrutinios presidenciales con la misma intensidad que la renovación de un emperador. Todo gira alrededor de la cita electoral, a menudo con un año de anticipación. Un escrutinio de altísimo riesgo, ya que en todas las triangulares posibles en la primera vuelta, Marine Le Pen consigue más apoyos que cualquier candidato de izquierdas o derechas – excepto si se enfrenta a Alain Juppé, como publicaba ayer mismo Les Echos. En ese contexto es difícil pensar que la Unión pueda acuñar una reforma de los Tratados, o cualquier otro intento de resolver la crisis identitaria europea que deja el Brexit por medio de largas negociaciones jurídicas. Los franceses estarán por otra cosa.

El segundo matiz consiste en pensar que ‘perder’ al Reino Unido será el detonante para lograr lo que no se ha logrado en los últimos 20 años: es decir, un sobresalto europeísta, reformista, o federalista a nivel europeo. Durante la campaña algunos europeístas, en particular desde Francia, promovieron la idea que Europa no perdía nada con la salida del Reino Unido, y que por lo tanto ‘no era tan grave’. Una visión que el propio Cameron se encargó de corroborar desde el lado inglés, incapaz de convencer a sus socios europeos que sin el Reino Unido, Europa ya se puede ir olvidando de una Europa de la Defensa, de una mayor competitividad, de un grupo de universidades pioneras, y de un polo de atracción para los pocos inversionistas americanos y asiáticos que todavía tienen assets en las plazas bursátiles continentales… El Wall Street Journal publicaba algo más al respecto hace solo un mes y el Center For European Reform en Londres publicaba en abril una publicación imprescindible con un repaso de todas las políticas comunitarias y federalizadas en Europa que quedarán mermadas por la salida de los británicos. Parece contradictorio, pero la influencia del Reino Unido en la construcción europea es muy diferente si se analiza desde el prisma temporal (más de 40 años de pertenencia y muchísimos funcionarios en posiciones claves en Bruselas) o desde el prisma gubernamental (con los vaivenes propios del gobierno de turno). 

El tercer matiz es la lectura demoscópica que se haga del resultado. Es indudable que el desafío al que se enfrenta la Unión Europea actualmente es el de recobrar su capacidad de ser un vector de ‘cohesión’ social, regional, socioeconómico, cultural… frente al peligro de exacerbar las fracturas (entre norte y sur, entre ciudades y zonas menos urbanizadas, entre jóvenes y mayores, entre rentas altas y bajas, entre comunidades regionales…). Ese espíritu de cohesión y armonización era la marca de fábrica de la Comunidad Económica Europea. Sin embargo la cohesión no puede ser el único argumento en un debate que requerirá cada vez más volver a inventar un discurso europeísta convincente. El desafío será pues el de evitar esa fracturación, pero sobre todo prepararse para la batalla política que parece dibujarse en el continente entre pro-europeos y anti-europeos. En ese sentido sin ‘pro-europeos’ que tengan respuestas claras a la pregunta ¿por qué seguir juntos? el populismo antieuropeo seguirá corriendo un par de zancadas por delante.

Aviso para navegantes

En definitiva, la suerte del capitán Cameron puede leerse como un aviso para navegantes. Un primer aviso hacia la utilización del referéndum como coartada para resolver problemas internos o de orden partidista. El problema nunca será organizar un referéndum per se – conseguir una mayor implicación democrática de la ciudadanía hacia Europa es precisamente lo que falta-. Al contrario, la jugada extraña fue plantear un referéndum dónde la permanencia nunca fue defendida como un incentivo por parte de muchos políticos británicos, si no como the lesser of two evils, lo menos malo de lo malo. Es muy complicado ganar un referéndum jugando a la defensiva hoy en día en Europa, como lo demuestran los últimos plebiscitos perdidos sobre Europa en Grecia, en Dinamarca (por partida doble) y en Holanda. El segundo aviso es que apostar con los valores europeos siempre ha tenido un precio político, por mucho que se den por sentado. Y ese precio los británicos son los primeros en pagarlo, y no serán los últimos.

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