Cambridge Analytica: ¿hay alguien ahí?

La cuestión de fondo ante el escándalo Cambridge Analytica (CA) son las huellas que vamos dejando sobre la arena digital y lo que puede hacer con ese rastro un animal ávido si nadie lo controla. Es un caso excepcional pero no está claro que sus consecuencias ni las medidas para solventarlo lo acaben siendo.

Facebook microsegmenta perfiles de usuarios con la habilidad con que un chef trocea una cebolla. La tecnológica es capaz de detectar a todas las madres de color con dos hijos, a los corredores de maratón segovianos y a las aldeas donde se concentran los “me gusta” en vídeos racistas. banY así para todo el conjunto de usuarios. Poder encontrar características explotables constituye una de las principales vías de negocio de la marca. Aunque tras el escándalo haya tratado de desligarse de la acusación de comerciar con datos privados, sí lo hace con publicidad. Y lo atractivo a la hora de colocar anuncios en esta red es poder dar en la diana: mostrar zapatillas de ballet sólo a quienes lo practican. 

Como toda buena historia periodística desde los orígenes de Internet,  esta también tiene una figura heroica y un denunciante o soplón (whistleblower), así como casos judiciales abiertos. La redactora británica Carole Cadwalladr investigó pacientemente la desinformación digital en el referéndum del Brexit (2016). Buscaba posibles conexiones con las elecciones de EEUU ganadas por Donald Trump unos meses después y consiguió un gran premio llamado Christopher Wiley.

El canadiense Wiley tiene 28 años, el pelo rosa, una mente brillante y una infancia difícil. Su imagen de rebeldía recuerda ahora a la Lisbeth Salander de Millenium, pero hubo un tiempo en que trabajó como asesor de partidos políticos. Siempre según su relato y las pruebas que facilita, dio con el modo de emplear el big data de las redes sociales para personalizar mensajes y refinar campañas. Estas ideas le llevaron a ser responsable de Investigación en SCL, un grupo británico contratista de operaciones de Defensa y electorales. En el seno de este conglomerado se desarrolló la consultora CA, impulsada por dos norteamericanos ultra conservadores (alt right): el estratega de Trump Steve Bannon –cuyas ideas encajaron muy bien con las de Wiley- y el multimillonario Robert Mercer. Mediante un investigador intermediario que desarrolló una aplicación engañosa, Alexander Kogan, desde CA se hicieron con los datos de 87 millones de usuarios de Facebook. Con ello los perfiles psicográficos quedaron en el plato de comensales políticos voraces.

La microsegmentación ya era empleada en tiempos de Barack Obama, pero –que se haya sabido– nunca basada en datos obtenidos fraudulentamente ni centrada en la distribución de contenidos falsos/alarmantes, que son los que predominaron en 2016. “Ponemos información en la corriente sanguínea de Internet y luego lo vemos crecer, dándole un pequeño empujón aquí y allá. Así el asunto se infiltra en la comunidad online y se expande pero sin marca. No es atribuible, no se puede rastrear”, dice un ejecutivo de CA en una grabación con cámara oculta de Channel 4.

Wiley se arrepintió, dejó la firma y en marzo de 2018 lo confesó todo ante Cadwalladr. La primicia apareció simultáneamente en The Observer/The Guardian y The New York Times. No hay gargantas profundas en el siglo XXI: el canadiense habló a cara descubierta y gran red social le cerró la cuenta. El filtrador lo tuiteó con espontaneidad.

Facebook es “el país más poblado del mundo”. Ha superado los 2.200 millones de usuarios y se le supone responsabilidad, pero mintió o bajó la guardia en este asunto. Ni la red social ni CA surgen en un estado antidemocrático o dictatorial extranjero al que se pueda culpar. Son estadounidense (sede en Palo Alto, California) y británica (Londres). Exportaron su modus operandi a más de 60 países, algunos detallados en este hilo de David Carroll. Quizá el caso más llamativo es el de Nigeria. Además de desinformación digital, lo que se desencadenó allí según las acusaciones fue una psyop u operación psicológica en toda regla apoyada con injerencia política, pirateo informático, chantajes, prostitutas y servicios secretos de Oriente Medio. Una historia con maletines peligrosos y espías en vestíbulo de hotel.

Cadwalladr y su medio resistieron una amenaza judicial de Facebook y tres de CA. Tras el escándalo las tornas se volvieron y las autoridades británicas registraron la sede de la consultora, comenzando a investigarla. Ambas firmas afrontan ahora denuncias de asociaciones, condados y ciudadanos particulares (entre ellos el profesor Carroll). El Parlamento británico, que indagaba sobre noticias falsas en el Brexit, profundiza sobre el caso. El Senado de EEUU, tras meses estudiando la infoxicación electoral, consiguió por fin que Zuckerberg se prestase a declarar.

La irritación popular había tomado forma de etiqueta y #DeleteFacebook (borra Facebook) era tendencia en Twitter. “Está claro ahora que no hicimos suficiente [….]. Fue un gran error. Fue mi error y lo siento”, reconoció el responsable de la red social. Previamente había ofrecido un catálogo de lo que no se debe hacer en comunicación de crisis: desaparecer durante cinco días, no saber nada, derivar responsabilidades y finalmente reconocer algo de culpa. Su rígida comparecencia se convirtió en carne de memes. Es todo un episodio para la Historia de la Web.

El resultado más visible del escándalo es que la protección de datos ha pasado a primera plana tanto en Europa como en EEUU, tras años de presión menos exitosa por parte de activistas. Por lo demás, inicialmente se sometió a la compañía estadounidense a extraordinaria presión pero las culpas se han ido diluyendo en una crítica generalizada contra el modelo de negocio vigente. La mayoría de las firmas de telecomunicación, Internet y medios recopilan a día de hoy datos de sus usuarios con el fin de microsegmentarlos y mejorar su oferta de servicios y publicidad. Es algo cotidiano. Facebook sólo parece la empresa con más habilidad al hacerlo.

Los primeros días tras el escándalo los mercados castigaron al gigante tecnológico, pero ha reportado 4.990 millones de dólares de ganancia en el primer trimestre de 2018 (un 63% más que el año anterior) y una subida considerable de usuarios. O tales clientes desconocen la malicia de lo ocurrido, o no se ha enterado de lo sucedido o, lo más probable, encuentran los servicios de la red social tan atractivos que están dispuestos a aceptar a cambio ese sonido lejano sobre su lado oscuro. Imposible saber si al menos estas personas se han dado de alta eligiendo las opciones de máxima privacidad y no con la inconsciencia con que lo hacían muchos en los primeros años.

Las redes sociales no pueden demonizarse porque son positivas para el ecosistema informativo: permiten que muchas más personas se conviertan en emisoras, democratizando la posibilidad de intervenir en el discurso público. Se trata de aprender a utilizarlas. Contando con que queremos que estén entre nosotros, que avancen y que innoven, el primer paso para impedir otro CA es intensificar la alfabetización digital. La ciudadanía ha de comprender la importancia de sus datos desde la infancia y adolescencia, cuando muchos empiezan a volcarse en la red sin ocultar vergüenzas que después les atormentan. Rodeados de cámaras y de tecnología, la intimidad será un lujo en este siglo XXI y debería ser decisión de cada uno exponerla o no.

Pero los individuos no pueden solos contra el sistema vigente y los gobiernos habrían de ayudar, demostrando que siguen siendo quienes mandan (¿Es así?). Por eso el segundo paso es que observen más y mejor a las grandes tecnológicas, incomodándolas hasta que se autoregulen cuando sea necesario. Ya no están libres de intereses como en sus orígenes de garaje o apartamento estudiantil; se han convertido en lo que Zeynep Zufeki llama “máquinas de vigilancia”.

La Comisión Europea acaba de exigir a las redes sociales un código de conducta contra la desinformación, y es una buena idea que puede evitar medidas más drásticas. Algunos expertos recuerdan lo que tuvo que hacerse con Microsoft en los 90 para evitar su monopolio en el mercado. Tras años de juicios, la compañía de Bill Gates se avino a modificar algunas de sus prácticas más perjudiciales para el consumidor. ¿Es la firma de Palo Alto un monopolio ahora? Zuckerberg no supo convencer a los senadores de que existan alternativas reales al combo de servicios que ofrece su red.

El tercer paso es darle prioridad a vigilar el mal uso político de estas plataformas. En estos momentos hay muchos gobiernos planteándose prohibir el anonimato digital ante la miríada de trols y bots que desinforman. Un ciudadano dejaría de poder emitir opinión bajo pseudónimo en línea, reduciéndose la libertad de expresión cuando se trata de asuntos que no son ilegales pero donde comentar puede traer complicaciones personales. Sin embargo, muchas menos autoridades se plantean estrechar el cerco sobre los nuevos modos digitales de publicidad política encubierta o sobre las consultoras que diseñan pseudocampañas electorales a gran escala.

Esa tendencia a mirar hacia abajo y no hacia arriba es tan injustificable como cuando una Hacienda pública se ensaña con el incumplimiento fiscal de ciudadanos comunes mientras mira para otro lado en desfalcos de altura. Hay iniciativas siguiendo la estela de CA por todo el mundo, aunque de menor tamaño y alcance. Las asociaciones entre consultoría electoral y minería de datos son un negocio en expansión muchas veces a espaldas del ciudadano. Es la industria de la influencia. En este campo se ha dejado hacer con opacidad y muchas veces los encargos de operaciones sucias se hacen involucrando a países sin normativa avanzada de protección de datos.

El cuarto paso es que las leyes lleguen antes. Tiene que conseguirse especialmente en campos vertiginosos como la Inteligencia Artificial y la robótica. En el Senado, un fotógrafo tomó una instantánea de las anotaciones que llevaba Zuckerberg. Una se refería a GDPR, el nuevo reglamento general de protección de datos que entró en vigor en la Unión Europea el 25 de mayo y la red social se ha comprometido a respetar. Es un gran avance para los derechos civiles, pero aparece cuando buena parte del daño ya está hecho y con muchos especialistas sospechando que las multinacionales encontrarán circunvalaciones para saltarse el espíritu de la norma.

Un quinto y último paso deseable es que la vigilancia pública se adapte más rápido al avance de la tecnología para poner todas las barreras posibles a la posibilidad de manipulación, sin esperar a que esta suceda. Para ello puede trabajarse de modo más estrecho y continuo con investigadores y expertos, caminando hacia políticas activas y no tanto reactivas. Facebook dice estar revisando ahora 10.000 aplicaciones, pero ya no tenemos la seguridad de que vaya a contar la verdad. ¿Contemplan las autoridades públicas la posibilidad de asociarse a consorcios, entidades o colectivos que supervisen estos procesos para garantizar que no se da otro caso CA? ¿Han probado las autoridades a movilizar en esta causa a la comunidad digital)?

Una crítica extendida a la comparecencia de Zuckerberg es que salió por la tangente en muchas respuestas. Le preguntaban, respondía genéricamente y los senadores no tenían conocimiento para rebatir. Algún representante sí le puso en aprietos con mero sentido común (Dick Durbin preguntó al directivo si compartiría sus mensajes o los datos de su hotel), pero se han apuntado unas 40 cuestiones sin resolver. En Reino Unido los parlamentarios han recurrido a entrevistas mucho más incisivas que una experta universitaria en propaganda realizó entre implicados antes del escándalo.

Antes de la crisis, CA presumía de su contribución al éxito de Trump y a otras muchas victorias electorales por el mundo. No están claros los efectos de la segmentación y nadie ha demostrado todavía de modo incontestable que se puedan cambiar votos manipulando perfiles psicográficos. Esto es: Facebook se acerca a lo que piensa el individuo, pero no tiene por qué dominarle ni hacerle cambiar de ideología, puesto que recibe otras influencias. El sueño o la pesadilla de que la tecnología nos explique al otro al 100% y lo convierta en un ser totalmente previsible aún no ha llegado.

Como dice el periodista Adrian Chen, podemos entender a CA como causa de los males de nuestra democracia pero también como un síntoma. ¿Hay algún doctor examinando la salubridad de los modelos de negocio antes de que se impongan socialmente? ¿Hay alguien ahí arriba, supervisando las opciones que operadoras, grandes tecnológicas y pequeñas empresas o start ups ofrecen por defecto en los teléfonos móviles y cuentas de los ciudadanos? ¿Vigilarán las autoridades públicas las innovaciones que están por llegar, antes de que hayan alcanzado a millones de personas?

El fabricante de mi nuevo móvil es chino y conmina varias veces a realizar una actualización “imprescindible”. Pulso OK y un mensaje avisa: se instalarán un parche de seguridad y un componente relacionado con reconocimiento facial, sin detalles. El episodio coincide con la difusión en medios de una noticia sobre este tipo de tecnología en China. Allí han llegado a identificar a un delincuente entre los 50.000 asistentes a un concierto. Uno no sabe si es paranoico o debe serlo. Voy hacia atrás. Hacia delante. No existe la posibilidad de instalar lo primero (el parche) sin lo segundo (el reconocimiento). Susto o muerte.

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1 Comentario

  1. FVJ
    FVJ 05-06-2018

    Gracias. Puede dar miedo pero es importante leerlo. En el caso extremo y ante la duda: ¿no será mejor salirse de las redes? ¿No será mejor encoger la democracia a deformarla?

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