Calígula contra la globalización

CALÍGULA: ¡Justamente! Se trata de lo que no es posible, o más bien, de hacer posible lo que no lo es.

– ESCIPIÓN: Pero ese juego no tiene límites. Es la diversión de un loco.

– CALÍGULA: No, Escipión, es la virtud de un emperador. ¡Ah, hijos míos! Acabo de comprender por fin la utilidad del poder. Da oportunidades a lo imposible (Albert Camus, Calígula. Acto I, escena X).

¿Un tribuno anti-globalización?

Hace unos meses, a comienzos de Agosto, el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, acudió al Detroit Economic Club para presentar sus propuestas de política industrial a un selecto grupo de ejecutivos de las principales firmas automovilísticas del país. Allí, frente a los directivos de Ford y de General Motors, entre otras empresas, lanzó la siguiente advertencia: “si cerráis, como tenéis planificado, las fábricas en Detroit para producir en México, impondré aranceles del 35 % a los coches que fabriquéis allí y cuando pasen la frontera nadie querrá comprarlos”.

Con esta declaración de guerra a la deslocalización, lanzada en el mismo corazón de la vieja capital industrial de Estados Unidos, el candidato republicano se convirtió, a ojos de muchos votantes, en el tribuno de los perdedores de la globalización. En Michigan, en Illinois y en Ohio, en el conjunto de Estados que conforman el cinturón del óxido de Estados Unidos, una legión de trabajadores industriales que han interiorizado en las últimas décadas el riesgo de ver volatilizado su empleo o que, de hecho, ya lo han perdido, contemplaron como un tipo estridente se atrevía a lo que ningún otro candidato reciente a la Casa Blanca, republicano o demócrata, había hecho con anterioridad: amenazar de forma abierta a los ejecutivos del sector icónico de la industrialización estadounidense del siglo XX con la imposición de barreras comerciales a sus productos si proseguían con sus planes de deslocalización. Trump se envolvía en la bandera del proteccionismo, ofrecía la reconstrucción de los controles públicos sobre el mercado, la subordinación del poder económico al político y lo hacía retando directa, masculinamente, a los responsables del desmantelamiento de la industria automóvil estadounidense. El promotor inmobiliario se comprometía a conservar las fábricas por la fuerza y a arrancar al sector automóvil compromisos de inversión domésticos. Vuelta a la Arcadia fabril de Henry Ford de la mano de un Calígula de Manhattan. 

Mirando a las cadenas de cable locales, los trabajadores industriales y sus familias: WASP, irlandeses, italianos, afroamericanos e hispanos resultado de oleadas de inmigración, unos votantes fieles del partido demócrata y otros del republicano. Pero todos ellos pertenecientes a colectivos duramente golpeados por la globalización y el cambio tecnológico en las últimas décadas. Ben Hamper (Historias desde la Cadena de Montaje) y sus compañeros de trabajo en la línea de ensamblaje de GMC. Sus mujeres, a las que seguramente les haga maldita gracia el discurso sexista de Trump. Y sus hijos, con un empleo precario en un Wall-Mart, en un MacDonalds o en el call-center de alguna empresa de servicios. El trabajo en la cadena de montaje era tóxico y claustrofóbico pero también era seguro y estaba bien retribuido. Las ratas de fábrica llevan años jodidos. ¿A quién crees que van a votar?

No gana Trump, pierde Hillary

Con Sanders desactivado tras las primarias demócratas, es Trump quien le atiza de lleno a la rabia acumulada por estas comunidades obreras. Mineros, siderúrgicos, operarios tayloristas, administrativos, ingenieros… clase trabajadora y clase media que siente que sus horizontes laborales son peores que los de sus padres. Muchos de ellos han emigrado dejando atrás ciudades en ruina económica y urbana como la propia Detroit o el Baltimore de The Wire. Trump es un racista, un machista, un excéntrico y seguramente un trilero, pero los perdedores de la globalización ven en él un instrumento para revolverse contra el establishment económico, político y mediático. Su receta es tan simple como directa. Muros altos contra la globalización: los inmigrantes no entran, los empleos no salen.

A pesar de todo, Trump no gana. Pierde Hillary. Más allá de los votos electorales, en los que el sistema da protagonismo, precisamente, a los Estados del cinturón del óxido, el Partido Demócrata se resiente en el voto popular. Mientras aún continúa el recuento, Hillary obtiene algo más de sesenta y cuatro millones de votos. Trump, poco más de sesenta y dos. Pero la candidata demócrata se deja por el camino casi dos millones de votos con respecto al resultado de Barack Obama en 2012 y más de cinco con respecto al de 2008. Si se preguntan por el rendimiento de Trump, Rommey obtuvo casi sesenta y un millones en 2012 mientras que McCain no llegó a los sesenta en 2008.

La revolución de los votantes demócratas es doméstica. No cambian el azul por el rojo, se quedan en casa. Al igual que ocurre con la socialdemocracia al otro lado del Atlántico, el desencanto no se traduce necesariamente en un cambio de papeleta sino que lo hace en desmovilización.

El giro coge a Estados Unidos y a Europa con los partidos del ala izquierda tradicional desarmados ideológica y tácticamente. El problema de las socialdemocracias (que son distintas) a ambos lados del Atlántico es que el mero asistencialismo social se queda muy corto para atajar el crecimiento de la desigualdad y la precarización del empleo. La política social del presidente Obama ha sido ambiciosa, al menos desde estándares norteamericanos. La tasa de desempleo se ha reducido significativamente y la economía se ha recuperado. Pero para muchos norteamericanos, como para muchos europeos, sobre todo en regiones de vieja industrialización, la globalización y los problemas de adaptación al cambio tecnológico constituyen una amenaza para sus trabajos y para sus rentas.

La deslocalización, la automatización del trabajo, la uberización, el desmantelamiento de la negociación colectiva, la evaporación de la seguridad en el empleo son retos que no pueden afrontarse exclusivamente mediante el fortalecimiento de la oferta de trabajo y la formación o con políticas sociales paliativas. Eso queda muy corto. Las izquierdas oficiales de Estados Unidos y en Europa necesitan redefinir en profundidad sus agendas sobre empleo y desigualdad porque si no sus votantes volverán a quedarse en casa mientras los Trump, Farage o Le Pen engordan a costa del miedo. Ello quizá implique también considerar si es oportuno tácticamente apostar por sospechosos radicales como Corbyn o Sanders, en vez de tratar de depurarlos.

Elige a un Calígula, aunque te pase a cuchillo

Han pasado ocho años desde la caída de Lehman Brothers, pero las causas de esta revuelta electoral no son coyunturales ni vienen solo de esta crisis. Como se han hartado de decir Ulrich Beck, Tony Atkinson, Zygmunt Bauman, Tony Judt y todos los que han analizado la desestructuración del empleo y el crecimiento de la desigualdad en las sociedades post-industriales, lo hacen de bastante más atrás, de la década de los ochenta, cuando las soluciones a la crisis del sistema de producción fordista comenzaron a dejar atrás a muchas comunidades.

Trump, como hace unos meses el Brexit o Le Pen o Alternative für Deutschland son la respuesta sombría de unos territorios depauperados. Podemos seguir llamando a quienes les votan paletos, idiotas e irresponsables. Y entonces esta política histérica que se alimenta de la interiorización del riesgo seguirá avanzando. O podemos cambiar nuestras recetas con respecto al impacto de la globalización y del cambio tecnológico sobre el empleo. Aunque quizá sea tarde, ahora que muchos ya han descubierto el poder suicida de la venganza a través del sobre electoral. Se muere el poeta Leonard Cohen y se me ocurre hacer un juego de palabras con una de sus estrofas más conocidas: First we take Manhattan, then we take… ¿Paris?

Artículo de opinión publicado en La Nueva España.

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