¿Qué cabe esperar de la economía mundial en 2018?

2017 finaliza. Ha sido un año intenso en el que multitud de fenómenos han tenido lugar y muchos tantos han quedado abiertos. Mirando hacia atrás, podemos decir que hemos tenido de todo. Desde tensiones geopolíticas, muchas de ellas levantadas por parte de las administraciones de Putin, Trump y Kim Jong-Un sin más motivo que el de desestabilizar el panorama internacional, hasta las divisiones políticas internas en países como Francia, Polonia y Países Bajos, entre otros, o incluso los penosos desastres naturales en varios de países emergentes.

Pese a todo esto, la economía mundial ha mejorado más de lo esperado. O así lo plantea el Fondo Monetario Mundial. De acuerdo a éste, las revisiones se han realizado al alza. Mientras que el año 2017 parece terminar con un crecimiento agregado del 3.6%, el 2018 se prevé que alcance el 3.7%. Aunque estos datos pueden esconder trayectorias nacionales diferentes pues, mientras la zona Euro, Japón, China, Rusia y la “Europa emergente” han mostrado una tendencia creciente y positiva, Estados Unidos, Reino Unido e India han frenado su crecimiento. Esta tendencia global ha tenido lugar gracias a un rebote del comercio mundial respecto del año 2016, y a una mejora generalizada de las expectativas de consumidores y empresas, principalmente en las economías desarrolladas. Además, las commodities han contribuido al mismo, pues un leve repunte en el precio de las materias primas ha permitido que países altamente dependientes de ellas como Brasil, Argentina y Rusia, hayan podido salir de las crisis que padecieron durante los año 2013-2015.

Pero no nos dejemos llevar por el entusiasmo, pues el mundo es mucho más extenso que este conjunto de países. La siguiente figura muestra esta heterogeneidad para la totalidad de los mismos. En concreto, muestra la tasas de crecimiento del PIB (real) que el FMI prevé para 2018.

A excepción del desastre económico de Venezuela y de ciertos casos puntuales en África, se espera que todos los países crezcan a lo largo del próximo año. Las cuencas asiáticas del Pacífico y el Índico seguirán mostrando sus ya tradicionales tasas de crecimiento medias por encima del 5.5% anual, impulsadas en esencia por el consumo, la inversión y una estable entrada de capitales. Aun así, la región en su conjunto no está carente de riesgos para 2018. Entre ellos, podríamos hablar de la incertidumbre que generarían cambios geopolíticos bruscos, como la reaparición de tensiones en el Mar de China, o entre las dos Coreas y Japón; giros abruptos hacia políticas domésticas en cada país, como resultado de una vuelta hacia cierto proteccionismo comercial; una salida de capitales repentina de la región como consecuencia de que en EEUU y Europa la deuda pública ganase un mayor atractivo; y, muy especialmente, un ajuste duro en la economía china ligado a los elevados volúmenes de deuda pública y privada de dicho país. Además, no hay que olvidar que esta región del mundo muestra un problema de envejecimiento de la población cada vez más acuciante, y que posiblemente no pueda llegar a solventar si no eleva de nuevo las bajas tasas de productividad que parece estar mostrando.

Atendiendo al resto de economías emergentes, el crecimiento en regiones como el África subsahariana, el Oriente Medio y Latinoamérica, parece haberse estancado, manteniéndose en tasas reducidas a lo largo del nuevo año. Si bien apuntábamos a los efectos positivos del leve repunte en el precio de las commodities, los descensos acumulados que éstas experimentaron durante 2010-2015, deterioraron las balanzas comerciales de muchos países reduciendo sus capacidades fiscales, especialmente en Latinoamérica (Chile, Colombia, Mexico, Argentina o Brasil, entre otros). Este empeoramiento de las balanzas fiscales nacionales finalmente ha acabado redundando en aumentos progresivos de deuda pública. Esto en última instancia podría reducir el margen de maniobra fiscal de muchos de estos países de cara a que puedan hacer frente a posibles recesiones de la actividad económica, o a  potenciar las infraestructuras, el capital humano y, por ende, la productividad del país en el largo plazo.

Por último, la gran encrucijada parece seguir manteniéndose en las economías desarrolladas: la zona Euro y EE.UU. La baja inflación parece no querer repuntar, posiblemente debido a la baja demanda interna que poco a poco se va recuperando en Europa, pero que muestra ya signos de agotamiento en EE.UU. Y es que este país lleva muchos trimestres encadenados de crecimiento, lo cual arroja dudas acerca de cuan sostenido puede ser este patrón, independientemente de lo que haga el presidente Trump. De mantenerse por mucho más tiempo la baja inflación, cada vez podríamos esperar una peor reacción por parte de los Bancos Centrales (la FED y el BCE), pues se quedarían sin “armas” con las que poder reactivar la economía. O lo que es peor, su credibilidad se podría ver deteriorada si tuviesen que seguir prolongando en el tiempo sus políticas de expansión monetaria. En este caso, estarían arrojando un mensaje de recrudecimiento y de no salida de la crisis.

Pese a todo ello, la situación fiscal de las economías del Euro va mejorando. Cada vez más países muestran menores niveles de déficit fiscal y de deuda pública, lo que puede permitir a los gobiernos nacionales aflojar el lazo de la austeridad fiscal que durante tantos años ha estado apretando. De hecho, el desempleo también muestra signos de mejora en todos los países europeos, aunque no por ello las condiciones laborales siguen el mismo comportamiento. Es aquí donde entra el gran puzle de la recuperación económica ya que ésta no viene acompañado de subidas salariales. De acuerdo al FMI, el exceso de temporalidad, de empleos a tiempo parcial y, en definitiva, la baja productividad que muestran las economías avanzadas, estarían explicando los raquíticos resultados salariales.

Aun así, los riesgos para estos países no terminarían aquí. Sin entrar a analizar los vaivenes políticos de la administración americana, cabe esperar que la reforma fiscal de Trump, consistente en una bajada drástica de impuestos que presumiblemente beneficiará a las clases (muy) altas, acabe deteriorando nuevamente su margen fiscal y siga ahondando en los problemas de desigualdad que afronta el país. Por su parte, la inestabilidad política interna de Europa puede suponer el gran talón de Aquiles de su recuperación. Si Merkel no consigue formar gobierno en Alemania, Macron no llegase a satisfacer ni a su electorado ni a sus aspiraciones europeístas, el recientemente formado gobierno austríaco empujase por políticas migratorias más restrictivas, buena parte de los países de Europa del Este (la Europa Emergente) siguiesen con sus tensiones euroescépticas, y las instituciones europeas siguiesen encorsetadas por los Estados-miembro, difícilmente veremos una recuperación que llegue a todas las capas sociales, y peor aún lo tendremos para apaciguar la ola de populismos. Con este panorama, esperemos que la clase política no se duerma ante el balón de oxígeno que le ha proporcionado el año 2017…y sepa reaccionar en el 2018. 

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