Brexit: una oportunidad para la democracia europea

El Brexit es una metáfora de nuestro tiempo. Vivimos un tiempo de grandes transformaciones: lo viejo no termina de morir -y más en sociedades envejecidas como las nuestras- y lo nuevo no acaba de nacer. Se ha perdido la esperanza  y cunde la desesperación. Falta confianza y se extiende el miedo. Hay enormes cantidades de información pero mucha incredulidad. Nadie cree en los expertos antes de tomar una decisión pero todo el mundo recurre a ellos cuando ya no hay solución. 

El Reino Unido puede hundirse en un pozo del que nadie sabe cómo salir después de hacer caso omiso a los expertos, considerando que estaban al servicio de las élites y del gobierno. Y muchos expertos seguirán sin entender por qué la clase obrera inglesa votó por el Brexit y culparan de lo ocurrido a la irresponsabilidad de los políticos, desde David Cameron a Boris Johnson. Pocos fijarán la responsabilidad en los medios de comunicación, que han alentado la eurofobia durante más de 20 años, y en el propio pueblo inglés, que no ha querido escuchar las advertencias y que hoy es más pobre que ayer debido a la devaluación de la libra esterlina. A menudo las elites no saben escuchar al pueblo,  pero ¿qué ocurre cuando es el pueblo el que no escucha? ¿Qué ocurre cuando el pueblo no se cree lo que dicen los expertos y les acusan de exagerar para generar miedo? ¿Quién se responsabiliza entonces de la decisión? ¿Se responsabilizarán los medios de comunicación británicos? ¿Alguien hará un acto de contrición? El viernes 24 Nigel Farage admitió que el eslogan de los 350 millones de libras semanales que se iban a Bruselas para no volver fue un “error” de la campaña para no admitir que fue una gran mentira. Un último acto de cinismo.

El resultado del referéndum es un desastre para el Reino Unido y es un peligro cierto para toda Europa, pero puede crear una ventana de oportunidad para la Eurozona, aunque para ello será necesario avanzar en la democratización del sistema político europeo. El Brexit ahondará las diferencias entre los que estamos en la zona Euro y los que no. Entre los que queremos -y necesitamos- avanzar en la integración económica y política, y los que no quieren -y creen no necesitarlo.

El proyecto europeo, si quiere sobrevivir, deberá avanzar a pesar de que algunos de sus actuales miembros decidan quedarse fuera. Europa no puede hacerse responsable de las decisiones de cada uno de sus pueblos por separado ni de los errores de cada uno de los gobiernos nacionales. Hacerlo sería asumir que debemos luchar por la Unión como lo hizo el Presidente Abraham Lincoln ante el desafío de los Estados confederados en la guerra de secesión americana. Y no parece que nadie esté dispuesto a ello. La Europa de hoy es muy distinta a los Estados Unidos del siglo XIX. No habrá guerra de secesión, pero los federales deberán dar un paso al frente, dejando la puerta abierta al resto pero sin querer forzar la integración de quien no la quiere. Esta parece que será la nueva posición alemana, según se desprende de las declaraciones de sus dirigentes y de los editoriales de su prensa de referencia.

En este nuevo contexto, es  evidente que no sólo el Reino Unido no formará parte del nuevo proyecto sino que los países del Grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, República Checa y probablemente Eslovaquia) no van a participar de una mayor integración, puesto que tienen gobiernos -y mayorías sociales- claramente euroescépticos. Tampoco lo harán los escandinavos, y es posible que a medio plazo el estatus de Suecia y Dinamarca se asemeje al estatus que mantiene Noruega en relación a la UE. Sólo los bálticos liderados por Finlandia seguirán dentro -principalmente por el miedo a su vecino ruso- y se convertirán en la frontera septentrional de una nueva Europa formada por los 4 grandes países de la Eurozona -Alemania, Francia, Italia y España- y sus vecinos -Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Portugal, Austria y Eslovenia.

Habrá tensiones, evidentemente, en este núcleo impulsor. El sentimiento euroescéptico es fuerte en Francia y Holanda y se está extendiendo en Alemania y Austria, así como en Italia. En España el euroescepticismo viene acompañado de proclamas europeístas, como  hace Pablo Iglesias, cuando plantea un “soberanismo europeísta” que devuelva “soberanía” a los Estados. Se necesitarán liderazgos fuertes que sepan convencer a los ciudadanos de que una mayor integración es la mejor opción. No la única, sino la mejor. Hay otras alternativas, como demuestra el Brexit, pero son peores. Quizás la UE, como la democracia, es el peor de los sistemas si exceptuamos el resto.

Para avanzar hacia esa nueva Europa debemos plantear abiertamente a los ciudadanos el trilema de la globalización que planteó el economista Dani Rodrik hace casi un decenio. Rodrik afirma que en un contexto de mercados abiertos y globalización económica es imposible mantener un sistema de gobierno democrático en el marco de un Estado-nación soberano. Por consiguiente, si se quiere mantener la integración en los mercados globales, hay que renunciar a la soberanía nacional. En caso contrario, se tendrá que renunciar a la integración en los mercados globales para mantener un sistema democrático a nivel nacional, con los enormes costes económicos que esto puede conllevar.

trilemma

Este trilema tiene una traslación directa en el ámbito europeo. En el marco de la integración de mercados de la Unión Europa, y aún más en la Unión Económica y Monetaria,  es imposible mantener sistemas democráticos en el ámbito nacional que sean realmente soberanos, como puso de manifiesto el referéndum griego de julio de 2015. La soberanía nacional ha dejado de existir en Europa. Ante esto se han rebelado los británicos, que han apostado por intentar preservar la soberanía nacional y la preeminencia democrática del Parlamento de Westminster. Ahora deberán asumir las consecuencias económicas de dicha decisión.

¿Cómo podemos resolver los europeos este trilema? Construyendo un nuevo sistema de soberanía compartida y una democracia europea de carácter posnacional. El Brexit, con su campaña profundamente xenófoba, nos muestra que la única alternativa a la democracia europea es el repliegue nacional y la tentación nacional-populista. Habrá muchas resistencias, tenemos por delante un camino difícil,  un camino desconocido, que nadie ha transitado, pero no tenemos una alternativa mejor. La democracia en Europa será europea o no será.

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