Brexit o el arte de la confusión

Se pueden sacar muchas conclusiones del resultado del referéndum del Brexit. Muchas, pero todas llegan tarde, o casi. Ante todo, lo imprevisible, pues  todos se han equivocado: las bolsas, Obama, las casas de encuestas, los observadores más ponderados, los analistas más agudos. Todos equivocados, porque en general ante el referéndum británico se han expresado todo tipo de pronósticos desde dos ópticas erróneas: que la lógica de la macroeconomía lo sobredetermina todo y que el ser humano, colocado ante una urna, actúa por elección racional, siendo esta (la elección racional) una derivada de lo anterior (la macroeconomía). ¿Pero cuándo aprenderemos? Ante todo, el brexit es la expresión de una campaña electoral refrendataria, es decir, que se dirimía con un o un no yen la que la motivación era altamente emocional, individual y colectivamente. Lección primera: la política es tan altamente emocional como imprevisible. Precisamente por eso mantiene altas dosis de imprevisibilidad, a veces más, a veces menos, pero la política en muchas ocasiones parece ilógica porque da resultados imprevisibles. 

Otra extraña lección, que no sabemos si adjudicar a los británicos, pero en este caso el resultado se ha llevado por delante de un modo u otro a los principales protagonistas de la historia. Cameron, porqué ha perdido, Farage, porque ha ganado y le ha entrado temblor de piernas; Boris Johnson porque le ha clavado un puñal en mitad de la espalda su supuesto aliado para llegar al cargo de Primer Ministro, una tal Michael Gove; el líder laborista Corbyn porque en su propio partido  quieren verlo jubilado de inmediato. El líder liberal europeísta Guy Verhofstadt, se ha despachado, comparando a Cameron, Johnson y Farage como “las ratas que abandonan el barco”, no está mal…. De un modo u otro, nunca se ha visto tal paisaje después de la batalla, como un Waterloo sin vencedores.  El pánico posterior a la debacle, además, resulta muy creíble, no sólo por los vaivenes de eso que llamamos “los mercados”, sino por un dato muy concreto: la total imprevisión de los partidarios del Brexit, que han hecho una campaña tan llena de improvisaciones como de mentiras. Literalmente, parece que no se creían que podían ganar. No saben cómo se sale de la UE, no saben el impacto de su iniciativa en términos presupuestarios, de políticas públicas, incluso de política exterior.  No han medido ni el corto ni el largo plazo, y el Brèxit ha dado paso al “Regretxit”, el movimiento de los arrepentidos. Y todos esos líderes se lavan las manos, nunca tantos han sido víctima de tan pocos, por invertir la cita de Churchill, cuando Gran Bretaña salvó el honor de Europa frente al nazismo. Por cierto que ha día de hoy no parece que Farage vaya a renunciar a su sueldo de parlamentario europeo.

El problema ahora es que entramos en una auténtica terra incognita. Habrá que negociar un protocolo complicado, que parte de que el Tratado de la Unión, como siempre en estos casos, ha de prever la cláusula de «denuncia del tratado», esto es, que todo Estado miembro tiene el derecho de irse, pero respetando los mecanismos del tratado en relación con esta cuestión. Vista la trayectoria británica desde la señora Thatcher hasta hoy mismo, es de temer que el Gobierno del Reino Unido adopte una estrategia de irse pero conservando todas las ventajas de haber estado, o como se ha dicho ya, de “irse pero quedarse en el recibidor”, y aquí es donde la UE debería adoptar una estrategia basada en la firmeza más intransigente. Si el Reino Unido quiere salir de la UE, que lo haga, pero rápido y sin ambigüedades, y después, solo después, que empiece una negociación para conseguir un «acuerdo de país tercero». Si aquí la UE falla, cosa a la que nos tiene desgraciadamente habituados, seguirán Dinamarca, Holanda y quién sabe si Francia.

Además, tenemos otro ejemplo de qué pasa cuando votan unos cuantos sobre algo que concierne a todos. El 72% de los votantes británicos han votado sobre un tema que tiene en vilo al mundo entero, los 500 millones de habitantes de la Unión Europea y más allá. De la misma manera que parecen tener razón los que dicen que en las elecciones presidenciales norteamericanas solo votan los ciudadanos de Estados Unidos pero sus resultados nos conciernen a todos.

De momento, dejemos de lado toda idea de más Europa, una Europa más federal, y no hablemos ya de una política común de seguridad y defensa. Ya sabemos que Marine Le Pen y Orban han visto confirmada su intuición: si quieres debilitar Europa, la UE, nada como un buen  referéndum, que reduzca de modo groseramente binario los argumentos de un proyecto complejo. Orban ha sido más listo que Le Pen: en otoño tendremos un referéndum en Hungría en el que el resultado es más que previsible. A la pregunta “quiere usted que la Unión Europea nos imponga por la fuerza cuotas de inmigrantes de fuera? ”, ganará el no por abrumadora mayoría.

No nos engañemos, esto es un parón con todas las de la ley y la UE tiene que hacer sus deberes. ¿Impacto en elecciones nacionales? En Francia, Hungría o Dinamarca, por supuesto. ¿En España? Ya veremos, pero los referénda, excepto cuando cumplen una función constitucional predeterminada, y muy precisa (aprobar o no una reforma constitucional o estatutaria) son el atajo plebiscitario de los políticos más demagogos

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