Bolsonaro, nuevo traspié para la democracia en América

Tras lograr ayer un 46% de los votos, está casi asegurada la elección de Jair Bolsonaro como nuevo presidente de Brasil en segunda vuelta dentro de tres semanas. Si bien es cierto que la política es imprevisible y que el candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, ya ha conseguido apoyos de otros candidatos perdedores, la diferencia a superar (17 puntos porcentuales) es excesiva. En un país donde el sentimiento anti-PT está tan extendido, será casi imposible crear el tipo de alianza contra la extrema derecha antidemocrática que definió la segunda vuelta entre Chirac y LePen en Francia en 2002 o entre Fabricio Alvarado y Carlos Alvarado en Costa Rica el año pasado.

El futuro presidente Bolsonaro ha sido comparado a menudo con Donald Trump por su gusto por la polémica y su uso efectivo de las redes sociales y las noticias falsas. Él mismo ha profesado admiración por el presidente estadounidense y su forma de hacer política. Sin embargo, es todavía un mayor peligro para la democracia que Trump.  No sólo ha realizado declaraciones misóginas (“No te voy a violar porque no te lo mereces”, le soltó a una diputada del PT hace dos años), homófobas (“Sería incapaz de amar a un hijo homosexual”) y racistas (“los afrodescendientes no hacen nada, creo que ni como reproductores sirven más”), sino que ha promovido asesinatos extra-judiciales como respuesta a la violencia y ha exaltado a la dictadura brasileña de los años en 60 en numerosas ocasiones.

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¿Cómo se explica entonces su más que posible elección? ¿Y cuáles serán las consecuencias?

Responder a la primera pregunta es más fácil que a la segunda. La popularidad de Bolsonaro (hasta hace meses un congresista relativamente marginal) se explica por la confluencia de tres procesos distintos.  Primero, un porcentaje elevado de brasileños y brasileñas están hartos de una clase política desprestigiada después de numerosos casos de corrupción. El ‘caso Lava Jato’, que afectó a ex ministros, líderes empresariales y altos cargos y acabó con el ex presidente Lula en la cárcel, ha sido sin duda el más importante. Sin embargo, no es ni mucho menos el único: antes vinieron otros como ‘Mensalao’, que reflejaron la debilidad del sistema brasileño de partidos.

Segundo, como en otros países latinoamericanos, el problema de la seguridad ha seguido agravándose en los últimos años. El año pasado fueron asesinadas 63.880 personas (175 muertes por día), el nivel más alto de los últimos años.

Tercero, a pesar de un tímido repunte en el último año, la situación económica de Brasil sigue siendo precaria. Este año se espera un crecimiento de sólo un 1.5% y el desempleo y la pobreza siguen en niveles muy superiores a los de hace diez años.

Un último punto relevante tiene que ver con la oposición encarnizada de las élites ecónomicas y profesionales contra el proyecto de desarrollo del PT. Como explicábamos hace dos años en Agenda Pública, hay un extracto de clase media y media alta que sufrió un deterioro relativo durante los 2000s debido a la emergencia de la nueva clase media. Estos grupos, situados sobre todo en la parte sur del país, no dejaron nunca de ver con preocupación al PT y su supuesta agenda socialista, y han apoyado ahora en masa a Bolsonaro, que obtuvo sus mejores resultados en Santa Catarina (66%) y Rio de Janeiro (60%), dos de las regiones más ricas del país.

¿Qué esperar de Bolsonaro como presidente? ¿Hasta qué punto iniciará una verdadera revolución económica y política?  En lo económico, algunos observadores esperan una agenda neoliberal atractiva para los mercados; no en vano, en el último mes el real se ha apreciado un 5% respecto al dólar y la bolsa brasileña ha subido un 4%. Su principal asesor económico, Paulo Guedes, un economista formado en la Universidad de Chicago y co-fundador del banco de inversiones Pactual, se ha mostrado a favor de las privatizaciones (“hay que venderlo todo”). También ha defendido la necesidad de una reforma previsional y de centrarse en la estabilidad presupuestaria como objetivo prioritario; aunque sea a costa de la política social.

Bolsonaro ha anunciado también su deseo de expandir la Corte Suprema, lo que le daría la posibilidad de elegir a jueces aliados, y su compromiso con la política de mano dura. Tanto él como su candidato a vicepresidente, el ex general Antonio Hamilton Moura (que hace un año apoyó veladamente la posibilidad de un golpe de estad) han defendido el uso de las armas por parte de la policía y han anunciado su deseo de flexibilizar las leyes de control de armas para que cualquier ciudadano pueda llevarlas en público. Se teme que el candidato también acabe con las medidas de discriminación positiva, trate de adoptar currículos más conservadores en las escuelas y debilite los derechos de los homosexuales. Su agenda externa es una incógnita, aunque se espera un acercamiento a los Estados Unidos y un debilitamiento del compromiso brasileño con la integración latinoamericana que el PT había impulsado.

En la práctica, las características del sistema institucional brasileño limitarán las posibilidades de introducir reformas radicales. Como ha mostrado mi colega Timothy Power, Brasil tiene un sistema de “presidencialismo de coaliciones”: la enorme dispersión del Poder Legislativo obliga a los presidentes a formar coaliciones muy amplias y dificulta la introducción de medidas poco populares. En el nuevo Congreso elegido ayer, hay decenas de partidos representados y el de Bolsonaro tendrá sólo 51 diputados de los 513 que tiene la Cámara (se espera que el PT sea líder de la oposición con 57 diputados). Ante este panorama, es esencial tener dotes de negociación y estar dispuestos a buscar el apoyo de otros a través de instrumentos formales e informales; capacidades de las que Bolsonaro parece carecer.

Bolsonaro es, además, un político contradictorio, lo que se hará particularmente evidente en su agenda económica. Es cierto que su equipo económico es neoliberal, pero en el pasado se ha mostrado contrario a la reforma de las pensiones (que podría afectar negativamente al Ejército, uno de sus principales aliados) y ha promovido una agenda nacionalista. Así pues, es probable que las privatizaciones no sean ni tan radicales ni tan favorables a la inversión extranjera como le gustaría al futuro ministro Guedes.

Que las reformas radicales sean poco probables no quiere decir, ni mucho menos, que Bolsonaro no sea un enorme peligro para la democracia, la igualdad y los derechos humanos en Brasil. Su Presidencia constituye un cambio simbólico de consecuencias imprevisibles: fortalecerá a los segmentos más conservadores de la sociedad brasileña, desde las iglesias evangelistas (que en los últimos meses le han apoyado de forma entusiasta) hasta la élite rural tradicional. Avances recientes en el papel de la mujer, en la libertad sexual y en la equidad racial y de ingresos serán duramente cuestionados.  A nivel regional (¿y mundial?), Bolsonaro se une a una serie de líderes (desde Trump hasta Maduro) que cuestionan a diario el futuro de la democracia liberal que, pese a sus imperfecciones, tan importante ha sido para el avance de la igualdad política y social.

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