Bolsonaro, en el país latinoamericano que menos cree en la democracia

Esta vez, las encuestas acertaron: un 55,13% de los votantes brasileños eligió al capitán de Ejército Jaïr Bolsonaro, un lobo solitario del conservador Partido Liberal Social (PSL) que cuenta con el apoyo de la poderosa Iglesia Evangelista (cerca de un 20% de la población) y el influyente predicador Silas Malafaia, un oscuro demagogo con un discurso radical y anti-liberal. Bolsonaro es el primer militar electo presidente desde 1945.

De Fernando Haddad, el desafortunado candidato tardío que sustituyó a Lula, cabe destacar el mérito de haber duplicado el voto desde la primera vuelta del 7 de octubre, Pero logró romper la barrera anti-PT que habían creado 13 años en el Gobierno (2003-2016), con un balance final de múltiples casos de corrupción y una recesión que terminó con una década de boom económico y grandes avances sociales. La llamada de Haddad a la unión de los demócratas contra el ex militar encontró poco eco en los demás partidos socialdemócratas y de izquierdas. Ciro Gomes, que con un 15% de los votos quedó tercero en la carrera presidencial y su partido PDT sólo décimo en la Cámara de Diputados, rechazó apoyarle. En un artículo publicado en El País, el ex presidente Fernando Henrique Cardoso (FHC), del PSDB, desaprovechó la oportunidad de impedir la victoria de Bolsonaro mediante el gate-keeping de los demás partidos, incluyendo el suyo, que quedó relegado al octavo lugar en la Cámara de Diputados y cuyo candidato presidencial, Gerardo Alckmin, fue derrotado con un 8% de los votos.  

El PT consiguió una disputada mayoría de 56 escaños en la Cámara de Diputados gracias a un sistema electoral semi-proporcional dividido por estados, pero el PSL fue el partido más votado (un 11,9% del electorado) y tiene una representación de 52 diputados. Es un gran éxito, teniendo en cuenta que en el anterior período legislativo, el PSL de Bolsonaro sólo contó con un escaño. Los diputados más votados fueron la abogada Jaiana Paschoal y el policía Eduardo Bolsonaro, hijo del presidente electo; ambos del PSL.

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La elección de 27 gobernadores en el país federal reflejó un panorama muy fragmentado, pero también más tradicional, ya que el PT y el PSDB obtuvieron, respectivamente, cuatro gobernadores (el primero en el Nordeste y el segundo, entre otros, en Sao Paulo), seguido por el PSL y el PSB, que gobernarán cada uno en tres estados (el partido de Bolsonaro en Santa Catarina, Rondonia -donde ganó un coronel- y Roraima, en la frontera con Venezuela). Los demás gobernadores pertenecen a un amplio espectro de partidos políticos de diversa índole ideológica. Llama la atención de que sólo en un Estado (Rio Grande do Norte, en el Nordeste) gobernará una mujer, que pertenece al PT. En general, se confirmó, como en elecciones anteriores, la división entre el nordeste del país, con mayoría a favor del PT (entre otros, por el programa social Bolsa Familia) o partidos de izquierdas, y el sur más desarrollado, donde los votantes se inclinaron a favor de partidos liberales y conservadores. Esta división se percibió en las elecciones presidenciales, de gobernadores y al Congreso.

La actual Cámara de Diputados y el Senado son los más conservadores en décadas, reflejando un giro político importante comparado con las elecciones que se celebraron en 2014, dos años antes del juicio político (impeachment) contra Dilma Rousseff. También es una de las Cámaras de Diputados más fragmentadas desde la re-democratización del país en 1985, con un total de 30 partidos representados. El peor resultado electoral arrasó el partido Rede de la única candidata femenina a la Presidencia, Marina Silva (sólo obtuvo un 3% en la primera vuelta electoral) que sólo tendrá un escaño en el Congreso.   

El Legislativo está muy fragmentado, puesto que la ley electoral de Brasil no conoce una cláusula de bloqueo, de modo que incluso un partido tan minoritario como el derechista DC, que sólo consiguió un 0,38% del electorado, tendrá un diputado. La Cámara de Diputados y el Senado (con mandatos de ocho años) están divididos en dos bloques ideológicos, lo cual dificultará la gobernabilidad y requiere construir alianzas multipartidistas para cada propuesta, siempre y cuando se respeten las reglas democráticas. Los partidos de centro-derecha pueden unir al menos 252 escaños, por debajo de la  mayoría requerida para la aprobación de casi todas las leyes. Cabe recordar que el próximo presidente no tiene experiencia de gobierno y que en sus 28 años como diputado había carecido de respaldo político, habiendo conseguido la aprobación de una sola iniciativa legislativa. Por tanto, le quedan dos opciones: o bien construir mayorías a través de la negociación democrática (como es usual en el corrupto sistema político brasileño, pidiendo favores a cambio de beneficios), o bien mediante decretos presidenciales, puenteando sobre todo a la Cámara de Diputados, donde el PT es el partido con más escaños y puede reunir, en el hipotético e improbable caso de que a partir de 2019 se consiga una mayoría de bloqueo de los diversos partidos de izquierdas (tradicionalmente muy divididos), unos 261 diputados para frenar propuestas anti-sociales o anti-democráticas.

En todo caso, sea gobernando con alianzas o en solitario, el potencial bloqueo en el Congreso de Brasil dificultará la “transformación” del país que prometió Jaïr Bolsonaro en su primer discurso público después de ganar las elecciones. En qué consiste dicha transformación todavía es una incógnita. Durante su campaña, el futuro presidente anunció, entre otros, un programa electoral neoliberal (contrario a Donald Trump, con el que muchos le comparan), recortes sociales, la retirada del Acuerdo de París sobre el Cambio Climático (en este tema coincide con su futuro colega estadounidense) y propuestas tan estrafalarias como castrar a los pobres o ideas machistas y conservadores como mantener la desigualdad entre hombre y mujer o rechazar a los no heterosexuales.

Cámara de Diputados de Brasil (2018)Fuente: Tribunal Superior Eleitoral de Brasil. En negrita, los partidos potencialmente aliados del Gobierno.

El presidente Bolsonaro es la otra cara del fracaso de un proyecto de izquierdas que, tras grandes logros iniciales (el Gobierno de Lula redujo la pobreza a la mitad e incluyó 40 millones de personas en la clase media) creó, en su etapa final de declive, mucho rechazo y dividió el país política y territorialmente en dos bloques ideológicos opuestos. El militar Jaïr Bolsonaro evoca el fantasma del pasado, pero también confirma el escaso arraigo que tiene la democracia en Brasil, el país cuyos ciudadanos son los que menos confían en la política, la Justicia y las instituciones democráticas. Lo confirman los datos del Latinobarómetro de 2017. Según ellos, Brasil encabeza el ranking de la peor evaluación de la democracia (sólo apoyado por un 43% de los encuestados), satisfacción con la democracia (13%), apoyo al Gobierno (6%) y una bajísima confianza en los partidos políticos (7%). Los ciudadanos brasileños también son los que más apoyan a las Fuerzas Armadas y la Iglesia por encima de las instituciones democráticas.

Las principales preocupaciones de los ciudadanos en estas elecciones han sido el desempleo, la corrupción y la violencia que, según el Latinobarómetro. Como en otros muchos países, la promesa de soluciones radicales y simples de populistas anti-sistema para poner fin a los males endémicos de Brasil (la pobreza y la desigualdad, el racismo, los bajos niveles de educación o la dependencia de materia prima) refleja el fracaso de la de por si frágil democracia en este país tras un proyecto de izquierdas que en parte fue exitoso, pero también desembocó en la peor crisis económica, política y social de la joven democracia. La pregunta de ¿cómo fue posible la elección de un ex militar? conduce a la incógnita de si Bolsonaro será un presidente autoritario que gobernará contra la otra mitad que no le votó. El fantasma del pasado ha vuelto. A partir del 1 de enero de 2019 se sabrá si Brasil se incluye o no en el análisis de Levitsky y Ziblatt Como mueren las democracias.

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