¿Avenir Catalunya? A la búsqueda de moderados

La aceleración de acontecimientos es tal que resulta difícil descartar desarrollos hasta hace poco inverosímiles en la política catalana y de toda España, incluido un accidente de la Historia. Y si la predicción en ciencias sociales es siempre una actividad con riesgos, en un contexto tan voluble como el actual resulta directamente audaz. No obstante, y sin ánimo de dar respuesta a la pregunta ¿qué va a pasar ahora?, sí es posible plantear posibles escenarios. Salvo que el vértigo se imponga en el Govern, lo que se vislumbra a corto plazo es una declaración unilateral de independencia y la subsiguiente activación del artículo 155 de la Constitución. A partir de ahí el horizonte se vuelve ya brumoso pero ensayemos aquí una mirada más a largo y por encima de la niebla.

Los líderes de opinión independentistas insisten estos días en que se ha llegado a “un punto de no retorno” y que “no hay vuelta atrás” porque “el Estado español ya ha perdido a Cataluña”. El mantra de la desconexión irreversible puede que insufle ánimo en el movilizado movimiento nacionalista pero una proclama por sí misma, por mucho que se repita, no es suficiente para crear la realidad. Enfatizar que la ruptura sería ya definitiva, imparable, inevitable (o cualquier adjetivo similar), se asemeja a otras afirmaciones políticas igualmente rotundas, que en el fondo traslucen más bien inseguridad, tales como “Jerusalén capital eterna de Israel” o, por supuesto, “indisoluble unidad de la nación española”.

La realidad es más compleja. Ni existe una “patria común e indivisible” sentida por todos los españoles ni Cataluña es “un sol poble” que actúa al unísono, sino una sociedad democrática muy plural que desde 2012 se ha tensionado, y ahora segmentado, por el proceso soberanista. Las grandes movilizaciones, como las de estos días, son una muestra de la alta intensidad de preferencias de una parte pero cada vez que se publica un sondeo o se celebran elecciones (y en estos cinco años ha habido seis) se confirma que el apoyo a la secesión, aun siendo muy alto, ni siquiera alcanza a la mitad de la ciudadanía. Es significativo que el independentismo gane confianza en las calles pero sufra un anticlímax cada vez que se vota en procesos que sí convocan al conjunto de los catalanes. Incluso el alto poder de convocatoria que han concitado los dos pseudo-referendos convocados en 2014 y el pasado domingo 1-O no deja de resultar decepcionante cuando se contrasta con el censo real.

Y es que la realidad catalana no es solo compleja sino también tozuda. De hecho, si se analizan los resultados electorales desde los años ochenta, resulta interesante constatar la gran estabilidad del apoyo a los partidos nacionalistas (aproximadamente el 50% del voto total en todas las autonómicas y un tercio en todas las generales, como se observa en el gráfico 1). Si acaso, en los últimos años de conversión al secesionismo lo que se produce más bien es una ligera erosión en el campo nacionalista, de modo que los datos sobre el comportamiento político y social de los catalanes en absoluto abonan la tesis de la ruptura imparable. Tampoco el análisis de las cohortes generacionales muestra que el nacionalismo esté particularmente más extendido entre los jóvenes que entre los mayores.

El nacionalismo no ha crecido pero sí se ha radicalizado a partir de 2008 tanto en sus objetivos como en sus métodos. Aún no sabemos bien por qué se produjo esa rápida mutación del nacionalismo hasta entonces predominantemente moderado. La narrativa del procés dice que se trata de una demanda popular de abajo-arriba que obligó a los líderes políticos a adoptar la nueva agenda. Es una hipótesis con posible fundamento pero que debe contrastarse con una explicación politológica alternativa, o al menos complementaria, que apunta a la dirección contraria: el cambio de actitud hacia posiciones maximalistas de las élites políticas e intelectuales y el influjo sobre sus bases a través de los medios de comunicación y las redes sociales.

De acuerdo a algunos trabajos ya publicados (como como el de Astrid Barrio y Juan Rodríguez Teruel o este más reciente de Josep María Colomer) habría sido más bien una competición entre los grupos dirigentes nacionalistas la que precipitó el proceso. Sin duda la crisis económica, el desgaste de confianza en el sistema político español, el desenlace del Estatut o la llegada a Moncloa del PP ayudaron a esta metamorfosis entre muchos votantes nacionalistas pero lo hicieron básicamente como argumentos o marcos mentales para alimentar y justificar una transformación de actitudes que se difundieron de arriba-abajo. Para este enfoque, el auge del independentismo en un parte de los catalanes sería el resultado de una sobrepuja en una subasta de polarización identitaria que fue orillando a los más moderados del nacionalismo. Cuando las posiciones más extremas se impusieron entre todos los dirigentes políticos nacionalistas, el conjunto de sus votantes también cambió de actitudes (algo que, en cambio, no se produjo entre el resto de los catalanes). Como es de sobra conocido, el viejo nacionalismo moderado que se articulaba en torno a CiU habría dado paso a un claro independentismo en el que ERC emerge como fuerza hegemónica dejando cada vez más atrás los restos de la heredera de Convergencia, el PDeCat.

Volvamos ahora nuestra pregunta inicial acerca de lo que puede ocurrir ahora y planteemos un desarrollo plausible. Cabe dejar claro que, debido a la acumulación de factores y la enorme incertidumbre actual, no pueda tomarse exactamente como pronóstico, sino más bien como posible vía de evolución. Digamos que se trata de un escenario articulado en torno a los dos elementos arriba mencionados (la tesis del proceso impulsado por las elites y la evidencia empírica sobre el apoyo al nacionalismo en un entorno estable que no supera el 50% de la sociedad catalana) y a los referentes comparativos sobre cómo se han desarrollado escenarios parecidos en otros casos de democracias avanzadas. Los ejemplos vasco, escocés, padano o flamenco ofrecen información interesante, con pautas rápidas de radicalización y desradicalización de estrategias soberanistas por parte de sus líderes, aunque es seguramente el caso de Quebec el más relevante.

Como es sabido, el soberanismo llegó allí a rozar la mitad de sufragios en un referéndum de soberanía celebrado en 1995 (ver gráfico 2). La estrategia del Partido Quebequés era repetir votaciones hasta alcanzar la victoria pero los planes empezaron a torcerse. Aunque suele achacarse al Gobierno de Canadá el mérito de la erosión del independentismo, con la llamada “Clarity Act”, suele olvidarse que el parlamento de Quebec nunca aceptó esa legislación. Fue más bien un lento proceso de desradicalización que también se sustanció en el seno de la élite nacionalista. Cuando la línea más dura demostró su incapacidad para aumentar el apoyo electoral (significativamente, en el entorno al 40/50% del voto), la profunda división social que había dejado el referéndum en la provincia animó a los nuevos dirigentes para aplazar la cuestión mientras no hubiese “winning conditions”.

Lo importante es el mecanismo que lo produjo: en un contexto de apoyo alto, peor estancado, al secesionismo, los sectores más moderados del nacionalismo comenzaron a impacientarse por la pérdida de energías dedicadas a los debates sobre las condiciones de un nuevo referéndum o el declive de la influencia de la provincia en el seno de Canadá y del nacionalismo dentro de la propia Quebec. Así, las cosas, en 2011, y en el contexto de un cisma que dividió a las élites nacionalistas en tres partidos, los más moderados decidieron crear la Coalition Avenir Québec. Desde su fundación, la CAQ ha huido de cuestiones identitarias, rechazando un nuevo referéndum y limitándose a la búsqueda de mayor autogobierno. Con su mensaje transversal atrae tanto a votantes soberanistas pragmáticos como a anglófonos de centro y en las dos elecciones celebradas desde que nació hasta ahora ha cosechado casi tantos votos como los dos partidos tradicionales: el nacionalista PQ y el federalista liberal. Como es sabido, en estos momentos, el apoyo a la secesión está en uno de sus momentos más bajos del último cuarto de siglo.

¿Qué nos dice el ejemplo de la CAQ para el caso catalán?, ¿qué nos dicen también las recientes renuncias o aplazamientos de estrategias soberanistas en el PNV, la flamenca NVA, la Lega Nord o incluso el SNP? Pues que parte de las mismas élites nacionalistas que decidieron hundir la idea de CiU podrían acabar recuperando algo parecido. No es algo que desde luego vaya a suceder en el corto plazo porque todo apunta a que, en los tiempos tan enormemente confusos que se avecinan, el nacionalismo tiene incentivos para enfrentarse al Estado cerrando filas y con nuevas sobrepujas que consoliden a las élites más radicales. Pero a largo plazo, y dependiendo por supuesto de que se estabilice la situación sobre la ahora segmentada sociología política catalana, dirigentes pragmáticos pueden desear un cambio de estrategia (presentado no como una renuncia pero sí como un aplazamiento del independentismo) que sea apoyado por una parte importante del electorado nacionalista catalán, predispuesta a un regreso a la moderación. Si el coste de una mayor radicalización del conflicto es la ruptura de la sociedad catalana, la dirección menos convencida del actual independentismo quizá acabe replanteando su estrategia ante el vértigo de un prolongado estancamiento político. Sin duda, hay candidatos pensando ya en ello.

En el marco de esta hipótesis, cabe plantearse qué efectos podría tener una deriva insurreccional del soberanismo (en forma de declaración unilateral de independencia, o de desbordamiento popular) entre las divididas elites dirigentes del PDeCat: ¿su ruptura definitiva o, por el contrario, el empuje necesario para un retorno al posibilismo? No podemos perder de vista el calendario político que tenemos por delante: en los próximos meses deberán decidirse estrategias y candidaturas para el súper año electoral 2019, en el que –entre otras cosas- se dirimirá una nueva batalla por el poder municipal, clave para el futuro de la movilización soberanista.

Tampoco hay que olvidar que en Québec nunca hubo una convulsión como la que se vive hoy en Cataluña y que, incluso en un escenario de normalidad institucional, se tardó quince años desde la votación de 1995 para que las élites nacionalistas moderadas de Quebec se convencieran del bloqueo permanente que suponía la idea de la secesión considerando el marco institucional federal y, sobre todo, la tozuda y compleja realidad social de la provincia. Y no solo evolucionó ese sector de los líderes soberanistas. También lo hicieron las instituciones canadienses con la célebre y fina sentencia de su Tribunal Supremo en 1998 o con el reconocimiento en su Parlamento federal de los quebequeses como nación en un Canadá Unido en 2006.

Los tiempos que se avecinan son muy complicados. Avenir es una expresión que en catalán tiene varios significados: se refiere al futuro pero también a la concordia e incluso a hacer bien las cosas. Si algo así puede ocurrir en Cataluña depende de que lo que suceda ahora acabe generando un escenario que incentive a cambios en el sector más moderado del nacionalismo. Hoy se ve muy difícil, pero no más que un escenario alternativo de permanente insurrección, triunfo de una secesión unilateral, o estado de excepción continuado.

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1 Comentario

  1. Luis Moreno Fernández
    Luis Moreno Fernández 10-06-2017

    Estupenda disección, Nacho…

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