Automatización y género: razones para no ser pesimistas

La irrupción de una segunda ola de robotización, basada en nuevos sistemas de automatización más baratos y de la inteligencia artificial, ha elevado la preocupación por la sustitución de parte de los puestos de trabajo en un futuro inmediato. A partir de esta preocupación, resulta natural preguntarnos si existe un riesgo diferencial en las consecuencias de la automatización entre hombres y mujeres. Algunas cifras presentadas en este artículo tratarán de arrojar luz sobre esta cuestión.

En esta dialéctica entre hombre y máquina pocas veces se ha propuesto una perspectiva de género. La razón principal es la inexistencia de datos al detalle que permitan conocer si existe un efecto diferenciado entre hombres y mujeres. Sin embargo, la aparición en los años recientes de bases de datos extensas con información suficiente para el análisis, así como de estudios que evalúan al detalle qué empleos tienen más o menos riesgo de sucumbir al envite de la tecnología, permite a día de hoy realizar un primer acercamiento sobre la posible existencia de sesgo de género en la automatización. La pregunta es: ¿existe un riesgo diferencial en las consecuencias de la robotización entre hombres y mujeres?

Para poder plantear unas líneas de análisis para este debate se proponen tres aproximaciones. En primer lugar, resumir muy someramente algunas evidencias de la literatura sobre las consecuencias del cambio de tecnológico diferenciando por género. En segundo lugar, ver qué nos dicen algunos simples ejercicios. En tercero, proyectar el futuro en función de escenarios que se fundamenten en la lógica más probable.

En un trabajo de 2010, las economistas Sandra Black y Alexandra Spitz-Oener encontraron para el mercado de trabajo alemán que el cambio tecnológico pudo beneficiar a las mujeres durante el período para el cual este trabajo tuvo datos. La brecha salarial se redujo durante las dos últimas décadas del siglo XX y en parte, según estas autoras, la razón fue el cambio tecnológico. La explicación es simple. Por un lado, las diferentes olas de automatización redujeron, reemplazándolo por máquinas, empleo rutinario por empleos con menor y mayor demanda de cualificación. Por otro, en gran parte de las ocupaciones rutinarias eliminadas las mujeres eran mayoría, lo que desplazó a éstas a empleos basados en tareas no rutinarias, en parte hacia empleos más cualificados. Por último, esta migración fue parcialmente a empleos de mejores salarios.

En este caso, la paradoja es que el cambio tecnológico, a pesar de reducir el empleo en sectores y ocupaciones más feminizadas, redujo por composición las diferencias salariales entre hombres y mujeres. Por lo tanto, la mayor pérdida de empleos rutinarios entre las mujeres explicaría una parte no desdeñable de la reducción en la brecha salarial por género en las recientes décadas. Además, Claudia Olivetti, en un trabajo de 2016, muestra que esta reducción de la brecha salarial pudo incentivar una mayor participación femenina, reduciendo aún más las diferencias por género en participación laboral y salarios.

Algo más recientemente, los economistas Marc Teignier y David Cuberes reflexionan sobre otras razones que hayan podido beneficiar a las mujeres ante el cambio tecnológico. Una de ellas sería que sus efectos sobre la participación femenina en el empleo a través de la fertilidad parece positivo. Es decir, en un entorno de continuo cambio y de mayor necesidad de estar educado, las mujeres optan por prepararse más que en tiempos anteriores. Esto ha afectado a la fertilidad, pues un mayor nivel educativo femenino parece estar relacionado negativamente con tener hijos. Esto, y de nuevo paradójicamente, beneficiaría a la mujer, pues la maternidad es una de las razones de su mayor segregación ocupacional.

Sin embargo, frente a esta visión optimista del pasado, el futuro aún no está claro. Mientras la automatización no parece mostrar un sesgo de género, la reorganización de las relaciones laborales puede, según algunos análisis, elevar la precariedad más en las mujeres.

Para mostrar que la automatización no parece tener un sesgo de género, se ha tomado la Encuesta Social Europea para el año 2014. Enlazando los datos disponibles para más de 30.000 entrevistados en diferentes países europeos con la información que se desprende del trabajo de Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne de 2017, donde miden la probabilidad de automatización (riesgo) para una importante variedad de ocupaciones laborales, es posible obtener un cálculo más o menos ajustado sobre si existe un hecho diferencial en el riesgo de automatización por razón de género.

En primer lugar, el gráfico 1 muestra para ambos géneros el riesgo de automatización. Concretamente, es del 48% para las mujeres, ligeramente superior (dos puntos) al de los hombres, una diferencia que, en todo caso, resulta inapreciable y no significativa. Estos resultados encajan con los encontrados para los Estados Unidos por Frey y Osborne (2017) para el conjunto de los trabajadores y, por género, es muy similar al encontrado por Aina Gallego en un post publicado precisamente en este medio (aquí).

Para comprobar si existen diferencias importantes que vengan enmascaradas por unas simples medias, en la tabla 1 se muestran las 10 ocupaciones con mayor riesgo de automatización, así como la presencia femenina en las mismas. Lo que podemos observar es que, en primer lugar, las tres ocupaciones con un mayor riesgo de automatización poseen una mayoría femenina entre sus ocupados, en especial oficinistas y ayudantes de preparación de alimentos. Sin embargo, esta mayoría no vuelve a repetirse en las siguientes siete ocupaciones, lo que matiza mucho una posible relación entre automatización y feminización ocupacional.

Respecto a los sectores productivos, en la tabla 2 se muestran por orden de mayor riesgo a menor y, de nuevo, la presencia femenina en cada uno de ellos. Destaca que, de nuevo, en los dos sectores con mayor riesgo de automatización (actividades financieras e inmobiliarias), la presencia de mujeres es por muy poco mayoritaria. Por el contrario, en los dos con menor riesgo, como son educación y sanidad, son los más “feminizados”, si exceptuamos las actividades relacionadas con los hogares. Entre ambos sectores ocupan al 35% de las trabajadoras. No parece tampoco, pues, que a nivel sectorial haya un especial sesgo femenino en el riesgo de automatización.

Por último, a pesar de la relativa falta de sesgo de género negativo en el cambio tecnológico, debemos estar alerta respecto a otras posibles cuestiones no menos relevantes. Por ejemplo, como señala un trabajo de la OCDE, no debemos olvidar, desde otra perspectiva, que el futuro cambio tecnológico muy probablemente elevará las ofertas laborales, incrementado la tasa de participación femenina en el mercado de trabajo aunque (y ésta es la nota negativa) aumentando a su vez la amenaza de una precariedad secular en los nuevos empleos. Así, por ejemplo, el empleo en plataformas de servicios (gig economy) transformará las relaciones laborales fomentando empleos precarios en el corto plazo, lo que pudiera afectar más negativamente a las mujeres por ser estos empleos más ‘habituales’ en este género. La flexibilización del mercado de trabajo puede tener el efecto beneficioso de facilitar a la mujer una incorporación más intensa al mercado de trabajo, aunque esta misma flexibilización puede elevar la precariedad del empleo, lo que puede terminar por afectar negativamente a la mujer.

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