Atajos legales y superioridad moral de la izquierda: una hipótesis

La noticia de que el Gobierno va a emplear una argucia legal para aprobar los Presupuestos de 2019 –a través de una enmienda a una ley diferente, cuando según la sentencia 136/2011 debe haber una “conexión material o relación de homogeneidad entre las enmiendas y los textos a enmendar”– está siendo tan discutida que algunos opinadores han llegado a calificarla de “trampa bolivariana”. Este post no realiza un examen jurídico de la estrategia escogida, porque hay mucha gente mucho más cualificada que yo para eso. Éste no es un análisis sobre la forma (jurídica), sino sobre el fondo (político): ¿por qué el Gobierno decide tomar ese atajo, cuando se trata de una estrategia como mínimo chapucera desde el punto de vista jurídico y presumiblemente costosa desde la perspectiva electoral?

La respuesta obvia es que los Presupuestos son el instrumento clave para implantar las políticas progresistas anunciadas por Sánchez. Sin Presupuestos no hay aumento del gasto social, y ya se sabe que las políticas sociales son el motor de la socialdemocracia. So far, so good. Sin embargo, en muchas de las críticas se desliza algo más: la idea de que el Gobierno de Sánchez está dispuesto a cualquier cosa con tal de implantar las políticas que demanda su agenda social.

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Siempre que se suscita el debate entre las relaciones entre ética y política surge el nombre de Weber y su famosa distinción entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Según la interpretación más extendida, la distinción traza una oposición tajante de acuerdo con la cual quienes se guían por sus convicciones buscan preservar su pureza moral sin reparar demasiado en costes –fiat iustitia, et pereat mundus–, mientras que la ética de la responsabilidad es la que guía al político que, en su acción, tiene siempre en cuenta los resultados previsibles. No hace falta ser un lince para advertir que, en esta lectura tradicional de la distinción de Weber, hay una ética mala (la de la convicción) y una buena (la de la responsabilidad).

Pues bien, en un artículo publicado en 2016 y titulado “A tale of two ethics”, The Economist recoge sintéticamente la tesis del sociólogo alemán Manfred Güllner de que la ética de la convicción “es más frecuente entre los izquierdistas y los protestantes [alemanes]”, mientras que está menos extendida “entre los conservadores y los católicos [alemanes]”. El artículo no aclara los mecanismos causales ni aporta ninguna evidencia de que esto sea así, ni siquiera en Alemania. Pero apunta la hipótesis de que la prevalencia de la ética de la convicción entre la izquierda “podría explicar por qué la socialdemocracia ha gobernado sólo 20 años, en comparación con los 47 de la Democracia Cristiana”.

Quien sí ha explorado esa intuición es Ignacio Sánchez-Cuenca en un librito titulado La superioridad moral de la izquierda. Puesto de forma muy sintética, el argumento de Sánchez-Cuenca es que, en efecto, los ideales de la izquierda son la traslación al ámbito político de los principios morales que se desprenden de las mejores teorías de la justicia. ¿En qué basa Sánchez-Cuenca esa afirmación, a priori, casi inverificable cuando nos movemos en el campo de los valores y principios morales? ¿Cómo podemos comparar distintos diseños sociales en términos de su (mayor o menor) justicia? Una forma de comprobar si una sociedad es justa es preguntarnos a nosotros mismos si estaríamos dispuestos a entrar en ella en una posición aleatoria de la distribución de recursos. Ese elogio de la ignorancia típicamente rawlsiano funciona bien porque si sabemos que vamos a ocupar la parte más alta –o sea, que vamos a ser ricos–, podríamos querer una presión fiscal muy baja y unos servicios públicos de mínimos. Ese elogio de la incertidumbre tiene, asimismo, consecuencias fuertemente igualitarias, porque el riesgo de no tener ni para comer en una sociedad muy desigual alimenta las preferencias por maximizar la suerte de los más pobres. La ignorancia deviene en imparcialidad, y ocurre además que la justicia como imparcialidad genera resultados más bien igualitarios.

Pero sostener ideales muy bellos en el plano de la justicia tiene también su lado oscuro. Cuanto más exigente sea la noción de la justicia en la que reposa un proyecto político, más irrenunciable será para sus líderes (y viceversa). Si uno cree que el objetivo de la izquierda es una necesidad histórica o una especie de verdad revelada –la liberación del espíritu humano, digamos–, cualquier negociación o transacción es concebida como una claudicación. Como recuerda el propio Sánchez-Cuenca en su ensayo, hay incluso chistes bien conocidos: “¿Qué es un trotskista? Un partido. ¿Qué son dos trotskistas? Un partido y una corriente. ¿Qué son tres trotskistas? Un partido, una corriente y una escisión”. El gran activo de la izquierda es su bellísima –y sofisticadísima, en la versión de Rawls– noción de la justicia social. Pero la fuerza (de esa noción de justicia) tiene también su reverso tenebroso: el fanatismo dogmático que termina convirtiendo a la izquierda en el ejército de Pancho Villa. El infierno (electoral) está empedrado de pulquérrimos principios de justicia.      

La derecha, en cambio, es el elogio de la responsabilidad. Si decíamos que el gran activo de la izquierda es su concepción de la justicia, el de la derecha es su capacidad de gestión. El de que “la derecha gestiona mejor que la izquierda” se ha convertido en un adagio popular. Tanto que seguramente hay algo de cierto en la observación de que la izquierda, cargada de superioridad moral, se ha olvidado de hacer comunicación política de sus méritos prácticos, mientras que la derecha, cargada de superioridad práctica, ha abandonado la construcción teórica de su proyecto.

Todo lo anterior parece abonar la hipótesis que se apunta en el título de este post: los gobiernos de izquierdas, empapados en esa ética (mala) de la convicción, no van a titubear demasiado a la hora de emplear los medios que sean necesarios para implantar en la tierra sus celestiales principios de justicia. Y es que si hicieran otra cosa, perderían el apoyo de sus electores o socios de coalición, que tienden a ver cualquier transacción como una abdicación de la misión histórica encomendada a la izquierda. Pero, ¿cómo de correcta es esta explicación estilizada? Dicho brevemente, no mucho. Por dos razones.

Por un lado, porque como suele decir Ignacio Urquizu, la socialdemocracia es el elogio de la reforma permanente. Frente al marxismo rupturista, que evoca un pueblo alzado en armas contra el enemigo capitalista, la socialdemocracia propone la reforma incremental. Frente a las travesías del desierto que siguen a las demoliciones, la socialdemocracia propone salvar lo que quede de rescatable en el edificio, porque siempre suele haber algún mueble bonito. Entrar en un edificio con un boli y un cuaderno para tratar de salvar lo salvable es un plan bastante menos excitante que entrar con dos mazas y un radiocasete en el que suena ‘Destroy Everything’ de Hatebreed y demoler todo lo que se nos ponga por delante. Si la socialdemocracia constituye un proyecto ilusionante para mucha gente que ponemos el valor de la igualdad en el centro de nuestro ideario político es precisamente porque encarna el compromiso entre los valores morales y la acción de gobierno (informada por esos valores). Es decir, gracias a que supone la renuncia al maximalismo de la pureza ideológica, no a pesar de ello.   

Y por el otro lado, porque como dice Manuel Toscano en este excelente artículo, en realidad la exposición de las dos éticas de Weber en relación de tajante oposición es más un simplismo que una simplificación: un cliché, vaya. Aunque Manuel lo explica mucho mejor que yo, para Weber la ética de la convicción no era la ética mala del político fanático que actúa cegado por la irrenunciabilidad a sus purísimos valores, y la ética de la responsabilidad la del político bueno que sólo se guía por los resultados esperables de su acción. Como dice Weber (y cita Manuel), “no se trata en absoluto de eso”. Cuando la derecha se opone a acoger a refugiados, a subir los impuestos o a flexibilizar las condiciones del rescate a un país como Grecia, por ejemplo, no lo hace sobre la base de la mejor evidencia empírica –en materia de tributación óptima, por ejemplo– disponible, atendiendo sólo a los resultados (esperables) de su acción de gobierno. En definitiva, la idea de que la izquierda gobierna movida por sus ideales y la derecha por las consecuencias de sus acciones es más un simplismo que una simplificación: un cliché, vaya.

 

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