Aprendiendo de los suecos (y no es un manual de Ikea)

Hace un par de meses, investigadores de la Universidad de Linköping y del Consejo Superior de Investigaciones Científicas terminamos una investigación sobre la migración de jubilados suecos a las costas españolas. El tema puede parecer algo alejado de las preocupaciones actuales de nuestra política nacional, pero la mirada de estos residentes suecos sobre nuestro país, su forma de relacionarse con la población local y las opiniones de los españoles que trabajan para ellos ayudan a reflexionar sobre algunos aspectos de nuestra sociedad que damos por sentado. Entre ellos, y como comentamos a continuación, sobre el mercado de trabajo y las relaciones entre empleadores y empleados.

Para quien no tenga mucha información al respecto, España se ha convertido en el destino preferido de miles de europeos mayores (alemanes, ingleses y nórdicos fundamentalmente) que buscan un lugar cálido donde establecerse tras la jubilación. Es difícil calcular el número exacto de jubilados del centro y norte de Europa que viven en las costas españolas porque muchos nunca llegan a empadronarse en España (pese a vivir 20 o 30 años aquí), pero se calcula que, sin lugar a dudas, superan el millón. En esta investigación a la que me refiero abordábamos el tema de estos inmigrantes jubilados desde la perspectiva de la provisión de servicios. En otras palabras, tratábamos de ver qué tipo de trabajo generan y qué relaciones establecen con quienes les proporcionan los bienes y servicios que necesitan. A lo largo de 2013 y 2014 hicimos más de 200 entrevistas cualitativas  con jubilados suecos residentes en España (80) y con empresarios y trabajadores que les proporcionan servicios (120) en 24 localidades de la Costa del Sol y las Islas Canarias.

Hay mucho que contar, pero una de las cosas que más nos llamaron la atención fue descubrir que trabajar para los suecos se considera mucho más deseable y satisfactorio que trabajar para nuestros compatriotas. Esto es así independientemente de la relación laboral que se establezca (formal, informal, a tiempo completo, por horas) y de las tareas a realizar. Hemos entrevistado a gente que trabaja por horas limpiando casas o cuidando enfermos; profesionales con negocios orientados al mercado escandinavo, y también asalariados en pequeñas empresas dirigidas por suecos o en las urbanizaciones donde muchos de ellos viven (urbanizaciones donde la mayoría de los residentes son jubilados del norte de Europa). Todos los entrevistados menos uno nos han dicho que preferían de lejos trabajar para estos residentes que para sus tradicionales convecinos.

De entrada, uno podría pensar que es una cuestión puramente económica: los jubilados suecos suelen tener pensiones elevadas (al menos más que las españolas) y podrían pagar más a la gente que trabaja para ellos. Pero curiosamente esta no es la razón, porque los sueldos en las empresas dirigidas por suecos o en las urbanizaciones son iguales que en otras empresas, y también pagan la hora de limpieza o cuidado al precio estándar de la zona. Las razones que los trabajadores a los que hemos entrevistado esgrimen para preferir a los empleadores suecos son otras: tienen que ver con el trato, con el ‘respeto’, con el ambiente en el lugar de trabajo, o con el cumplimiento de las condiciones fijadas en el contrato.

En palabras de Romina, limpiadora en una inmobiliaria sueca: ‘estoy muy contenta con mis jefes, me tratan como una más. Ellos se piden un café y están atentos de decirme: “¿Tú quieres uno?”, que son muy amables conmigo, muy amables. Y yo estoy… para mí es como si fuera una familia. Los considero… además me dijeron que puedo tener trabajo ahí para todo el tiempo que yo quiera’. Zaida, que limpia las casas de suecos y españoles tiene claras las diferencias entre sus empleadores. Según ella, aunque tengan buenos sueldos y se puedan permitir pagar bien ‘los españoles van regateando siempre por todos los lados’ y además son desconfiados, tanto que dan ganas de decirles ‘Hija, pues ponerme unas cámaras a ver si… si voy más rápido o no voy más rápido [limpiando]’.

Cuestiones parecidas se han ido repitiendo a lo largo de todas las entrevistas con  españoles o ciudadanos de terceros países (sobre todo Iberoamérica) que trabajan para personas o empresas escandinavas. El tema del respeto personal destaca especialmente en el discurso de quienes realizan tareas de limpieza o cuidado de mayores para ciudadanos suecos. Buena parte de estos trabajadores tienen bajos ingresos y una situación laboral precaria (contratos por horas o economía informal), con lo que quejarse o defenderse frente a la rudeza (o directamente maltratro) de sus empleadores es un lujo que no pueden permitirse. Son ellos, lógicamente, quienes más valoran un trato de respeto en el lugar de trabajo.

Otra diferencia entre españoles y suecos dentro del ámbito laboral se refiere a la valoración que se hace de la experiencia y opinión de la persona contratada. Los suecos, al parecer, contratan a alguien y “le dejan trabajar”, en lugar de imponer su criterio más o menos informado sobre todos los detalles del proceso. Aunque este tema aparece más en el discurso de quienes tienen empleos que requieren alguna cualificación formal, también lo encontramos en gente que, sin ninguna cualificación ni contrato, apela al valor de su experiencia. Flor, cuidadora de personas mayores dependientes, dice que ‘cuando trato con personas mayores españolas, por ejemplo, la familia impone ciertas normas, y yo digo: “Bueno, me parece que no, porque le va a ir mejor así”. Entonces todos son catedráticos, todos son titulados, y bueno en ese sentido yo tengo paciencia, pero choco porque es real. Si tú sabes que una persona no puede tener una alacena de cocina con cincuenta, sesenta medicamentos de los cuales la mitad están vencidos, o que toma lo que le da la vecina… no sé, es un tema de… de saber escuchar’.

Finalmente, se menciona el tema de los contratos. Quienes trabajan como asalariados en empresas suecas o en las urbanizaciones donde viven los jubilados del norte de Europa insisten en que, si bien los contratos son iguales que los de cualquier otro trabajador en España, en su caso no hay trampas, incumplimientos o cargas ocultas: los sueldos llegan puntualmente, no se espera que hagan horas extras sin cobrar, se pagan las cotizaciones sociales correspondientes a las horas efectivamente trabajadas, y nunca se amedrenta a la plantilla hablando de posibles despidos. Por lo que nos dicen, esta combinación de cumplimientos es muy rara en las empresas españolas dedicadas al turismo.

De la comparativa presentada emerge un panorama poco halagüeño del comportamiento de los españoles como empleadores. Y no estamos hablando del maltrato institucionalizado que puede realizar el departamento de RRHH de una multinacional, sino de muy pequeñas empresas como bares y restaurantes; de la comunidad de vecinos que contrata servicios de mantenimiento, o de quien paga a alguien para limpiar su casa o cuidar a un mayor enfermo. A medida que íbamos haciendo entrevistas a trabajadores a lo largo de la costa, nos parecía que uno de los problemas del mercado de trabajo español es que nos hemos endurecido demasiado. Aceptamos malas condiciones de trabajo por necesidad pero cuando nos toca contratar aplicamos la misma lógica, quizás olvidados de que las cosas se pueden hacer de otra manera.

Es posible que este endurecimiento colectivo esté generado por las características de nuestra economía: puesto que los salarios son bajos, si yo tengo que contratar a alguien, para lo que sea, regateo el precio todo lo que puedo. Y no le escucho, ni valoro su opinión, porque al fin y al cabo le estoy pagando y tiene que hacer lo que yo diga. En cuanto a los pequeños empresarios, enfrentados a una economía incierta, las trampas en la contratación (contratos por menos horas de las efectivas) pueden entenderse como necesarias para sobrevivir y, en cualquier caso, parte de las reglas del juego en la ‘economía real’. Pero aunque así fuera, ello no quiere decir que nuestro comportamiento vaya a cambiar de la mano del crecimiento económico porque las normas sociales, una vez establecidas, se independizan de las condiciones que las generaron. Es necesario reflexionar sobre lo que hacemos, y estos nuevos residentes escandinavos nos pueden venir bien. Igual que el turismo sueco de los años 60 ayudó a los españoles a comprender que las normas referentes al género podían cuestionarse, los miles de suecos que hoy viven en nuestras costas nos recuerdan que el mundo del trabajo puede regirse por otras normas -y aún así funcionar muy bien. 

Este artículo también está escrito por Anna Gavanas (Universidad de Linköping) e investigadora principal del estudio ‘Swedish retirement migrants to Spain and their migrant workers: interlinked migration chains and their consequences to work and care in Ageing Europe’ ,  financiado por el Swedish Research Council [VR Dnr 421-2012-675] y el Swedish Research Council for Health, Working Life and Welfare (FORTE) [FAS Dnr 2012-0223].

Autoría

2 Comentarios

  1. Rosa
    Rosa 06-13-2016

    Me ha interesado mucho porque introduce temas que no suelen contemplarse cuando se habla de eficacia laboral. Y además lo hace de forma sencilla pero muy documentada

  2. Néstor Majno
    Néstor Majno 06-14-2016

    Solo aprenderemos si afrontamos los conflictos. Hacen falta más análisis como este y menos llenarse la boca con las habituales frases huecas de la derecha (“este es un gran país”) y de la izquierda (“el pueblo es bueno”).

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