Aprender de Portugal para transformar Europa

El eterno vecino discreto, Portugal, es un socio clave para España al que infelizmente prestamos poca atención. “Tan cerca y tan lejos”, como reza el viejo eslogan. Desde finales de 2015, los logros del Ejecutivo portugués muestran la necesidad de abandonar este desconocimiento secular. El nuevo Gobierno español haría bien atendiendo a su vecino ibérico para aprender de su agenda doméstica y coordinar posiciones en la Unión Europea. Este proyecto parece bien encaminado tras la visita a Lisboa del presidente español, Pedro Sánchez, con la que culminó hace unos días su gira europea, así como con la cumbre europea sobre interconexiones energéticas que se celebrará en la capital portuguesa el 27 de julio.

El primer ministro de Portugal, António Costa, llegó al poder gracias a una maniobra inesperada. Tras quedar segundo en las elecciones de 2015, Costa rechazó apoyar al centro-derecha en una gran coalición y optó por gobernar en solitario, formando una mayoría alternativa con la izquierda. El Partido Socialista (PS) pactó acuerdos parlamentarios con el Bloco de Esquerda (BE), el Partido Comunista Português (PCP), los Verdes y un diputado animalista. Una alianza sin precedentes, criticada duramente por el entonces presidente de la república. Si el Gobierno de Sánchez fue denostado en España como un Frankenstein, en Portugal la oposición bautizó al de Costa como una geringonça (chapuza).

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Contra todo pronóstico, la geringonça ha resultado enormemente popular. Según diferentes encuestas, casi nueve de cada 10 electores aprueban la gestión de la alianza y el 55% desea que se reedite tras las elecciones de 2019. Un éxito atribuible a sus políticas económicas: presionado por sus socios, Costa rompió con la austeridad impuesta en 2010. Portugal hoy ha revertido recortes presupuestarios, tiene menos paro que en 2015 (8,9% frente a un 12,4%, según la OECD), un salario mínimo mayor (580 euros frente a 505), el déficit más bajo en lo que va de siglo (0,9% del PIB, descontando la recapitalización de la Caixa Geral de Depósitos) y el mayor crecimiento del PIB en ese periodo (2,7%), todo un logro para un país que, entre 2000 y 2012, creció menos que EEUU tras la Gran Depresión.

A ello se une una proyección internacional sorprendente, con el ex primer ministro António Guterres como secretario general de Naciones Unidas, el economista Mário Centeno al frente del Eurogrupo y António Vitorino recién nombrado director de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM).

Con todo, Portugal continúa haciendo frente a una deuda pública elevada (130% del PIB) y un sector financiero frágil. Persiste la impresión de que su recuperación responde a factores coyunturales, como la bajada de los precios del petróleo y el boom del turismo, que a su vez genera problemas de gentrificación y acceso a vivienda. Ocurre algo similar con el programa antiausteridad. Adoptando una estrategia menos combativa que la de Grecia en 2015, Portugal supo extraer concesiones de una coyuntura favorable. En 2016, la Comisión Europea pospuso multas a Madrid y Lisboa por incumplir sus compromisos fiscales; en 2017, la agenda de la UE quedó monopolizada por el auge de la extrema derecha. Esta laxitud difícilmente sobrevivirá el relevo de Mario Draghi al frente del Banco Central Europeo, en noviembre de 2019.

La geringonça, además, es difícil de exportar sin modificaciones. Portugal no acusa crisis territoriales como la catalana, que dividió a la izquierda en España. La distancia electoral entre el PS (32% del voto en 2015) y sus socios (10% para el BE, 8% para el PCP) evita una rivalidad como la que en 2016 enfrentó a un PSOE y un Podemos prácticamente empatados. Esto no impide la fricción entre el Gobierno y sus socios, que lo consideran centrado en aliviar la pobreza antes que en combatir genuinamente las políticas de austeridad. En este frente, las circunstancias de Portugal –obligado a solicitar un rescate e intervenido por la Troika en 2011– han sido aún más dramáticas que las de España.

Pese a estas diferencias, Portugal ofrece lecciones tanto en el funcionamiento general de su democracia como en la conformación de su actual Gobierno. En el primer ámbito, el politólogo Robert Fishman ha demostrado cómo la Revolución de los Claveles, más rupturista que la Transición, legó una cultura política más inclusiva que la española. Esta herencia se manifiesta en ámbitos laborales, educativos, judiciales –el Tribunal Constitucional portugués llegó a rechazar medidas de austeridad y en el comportamiento de la clase política. Aunque el PS es un partido de corte socio-liberal, dirigentes históricos como Mário Soares adoptaron una posición más crítica durante la crisis que sus homólogos españoles. El XXII Congreso del PS, celebrado a finales de mayo, apuntaló a Pedro Nuno Santos, defensor de mantener al PS orientado hacia la izquierda. La geringonça también parece desarrollar una dinámica de ‘competición virtuosa’: en las encuestas, el PS crece principalmente a costa del centro-derecha. BE y PCP logran así mantener espacios propios; su principal inquietud electoral es que una futura mayoría absoluta socialista les restase influencia.

Juntos por Europa

España y Portugal comparten, además, rasgos que justifican adoptar posiciones comunes en la UE. Hoy, la similitud más destacable es la ausencia en ambos países de partidos abiertamente xenófobos, que hace de la península una excepción honrosa en Europa. Esta situación permite oponerse a la xenofobia azuzada desde el Grupo de Visegrado y, más recientemente, el Gobierno italiano y el Ministerio del Interior alemán. Si la decisión de proporcionar asilo al Aquarius ha hecho destacar a Sánchez, la reciente iniciativa portuguesa para acoger a 75.000 inmigrantes y facilitar las regularizaciones merece más reconocimiento. Constituye, en cualquier caso, una postura más ambiciosa que la adoptada por España y Francia durante el último Consejo Europeo.

Afrontar retos migratorios implica coordinar una acción exterior coherente que aborde la cuestión en su origen. En este sentido, la Cumbre de las Azores de 2003 sirve como recordatorio común de los desastres que genera el intervencionismo militar, en el ámbito migratorio y en el de seguridad. Es ésta una lección que España y Portugal deben imprimir al reciente plan de cooperación militar francés, punta de lanza de una defensa europea autónoma, del que ambos forman parte. Los dos países realizan, además, una aportación imprescindible a la acción exterior europea como interlocutores de referencia en Latinoamérica y representantes en la UE de un espacio iberófono con 700 millones de hablantes.

Compartimos también el reto inverso a la inmigración. Desde el inicio de la crisis, el éxodo de portugueses al extranjero ha sido aún más notable en términos porcentuales –500.000 emigrantes, en un país de 10 millones de habitantes– que en España. Al igual que acoger a extranjeros, recuperar a quienes se fueron es un imperativo para ambos países, aquejados por bajas tasas de natalidad y poblaciones envejecidas. Promover las condiciones económicas necesarias para su retorno requerirá colaborar en un tercer frente: una modificación sustancial las políticas económicas que impulsa Bruselas.

Este frente es el que mayores retos plantea. Una estrategia virtuosa aprovecharía los desencuentros entre estados miembros para establecer equilibrios puntuales que avancen una agenda progresista. Emmanuel Macron necesita apoyos para implantar una gobernanza sostenible del euro; pero no discípulos de su agenda doméstica, difícilmente reconciliable con principios de centro-izquierda. Angela Merkel no puede rechazar ayuda en el frente migratorio, a cambio de la cual urge exigir un cese de los recortes. Del Gobierno italiano hay poco que esperar, pero tanto España como Portugal deben dejar claro que no se desmarcan de sus acciones en un mero ejercicio de voluntarismo. Para sostener una política de asilo digna e impedir que más sociedades caigan en la xenofobia es necesario un mayor compromiso europeo.

A partir de estos cuatro puntos, España y Portugal necesitan articular un frente común que avance intereses compartidos por la mayoría de sus ciudadanos y les proporcione más peso en Europa. En los últimos años hemos visto cómo el Grupo de Visegrado escora la UE a la derecha gracias a su cohesión antes que a su peso político. Los países de la península ibérica deben emularlos y defender posiciones conjuntas, precisamente para contrarrestar la deriva xenófoba y neoliberal de la Unión.

 

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