América Latina afronta un año difícil: las reformas escasean y el crecimiento seguirá débil

América Latina volvió a desacelerarse por cuarto año consecutivo (avanzó solo un 0,9% en 2014), muy por debajo de lo esperado a principios de año, y mantiene pobres perspectivas para el presente ejercicio (repuntará apenas dos décimas, hasta el 1,1%). Desde Solchaga Recio & asociados creemos que este enfriamiento, casi generalizado, respondió a una combinación de factores cíclicos y frenos de naturaleza estructural que, en su mayor parte, seguirán presentes este año. Por ello, el balance de riesgos sigue sesgado a la baja, con una probabilidad nada desdeñable de empeoramiento, sobre todo en los países como Argentina, Brasil y Venezuela.

Además, a diferencia de los años anteriores, se certificará una divergente evolución entre las economías con fundamentos más sólidos de la Alianza del Pacífico (Chile, Colombia, México y Perú), que se acelerarán, y las de Mercosur (Argentina, Brasil y Venezuela), que aquejan desequilibrios más acusados y en donde la recesión se intensificará.

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Crecimiento del PIB por regiones y grupos de países

Nuestro informe anual de Perspectivas América Latina 2015 analiza cómo la declinante evolución vino marcada por diversos factores externos, como una recuperación global más débil de lo esperado, la previsión de una política monetaria más restrictiva en EEUU o la fuerte caída de precios en la energía y otras materias primas. Ciertamente, los malos datos de Europa y Japón o la ralentización de los emergentes –y en especial, de China, que irá a más en los próximos años-, el endurecimiento monetario que llevará a cabo la Reserva Federal probablemente este verano y el colapso en los precios del petróleo y otras commodities supusieron un aviso de primera magnitud para la región, y generan un impacto económico adverso que aún está lejos de quedar atrás.

Asimismo, los factores domésticos también jugaron un papel relevante en la ralentización. Algunos fueron idiosincráticos, como la suspensión parcial de pagos en Argentina el pasado verano o la escasez de divisas, la hiperinflación y las crecientes dudas sobre la solvencia fiscal en Venezuela.

Otros fueron más o menos comunes. Primero, el descrédito de la política y las instituciones siguió al alza y se manifestó en forma de protestas, relacionadas con preocupaciones transversales como la inseguridad, la transparencia o la calidad de los servicios públicos. Aunque no tan masivas como en 2013, dichas protestas han seguido concitando un notable apoyo en países como Argentina, Brasil o Venezuela y, en menor medida, México, y fueron por lo general pacíficas, salvo en Venezuela. En paralelo, la aprobación gubernamental se ha situado en niveles históricamente reducidos, alentada por la creciente desconfianza ciudadana y los numerosos escándalos de corrupción, que han erosionado la valoración a lo largo y ancho del continente, en ciertos casos de manera drástica, tal y como han podido experimentar en este comienzo de año las presidentas de Brasil y Chile.

Segundo, el deterioro en la confianza de consumidores y empresas sobre la situación económica impactó negativamente sobre el consumo y la inversión, que se mantendrán lastrados de nuevo este año mientras no mejore la percepción general. Las dudas pueden emerger, además, en forma de turbulencias financieras (por ejemplo mediante alzas en los diferenciales de deuda, rebajas en las calificaciones soberanas o corporativas, depreciación de las monedas o salidas de capitales), sobre todo en aquellas economías con mayores desequilibrios subyacentes, más dependientes del comercio internacional de materias primas y más dolarizadas.

Y tercero, existen importantes focos de vulnerabilidad a nivel macroeconómico que las autoridades siguen sin abordar. Aunque la región es muy diversa, cabe observar una posición débil de las finanzas públicas a nivel agregado, con la posible excepción de Chile y Perú: el déficit público es persistente y la deuda ha seguido creciendo pese a los años de bonanza. En paralelo, el déficit exterior ha seguido empeorando a medida que se agotaba el ciclo alcista de materias primas (caracterizado por pedidos externos elevados y boyantes precios de exportación), sin que los países puedan ahora asegurar una financiación del déficit por cuenta corriente sin sobresaltos. Por último, la persistente inflación (muy especialmente en Argentina y Venezuela, en donde lleva años disparada) supone un escollo adicional: erosiona la competitividad, las rentas salariales y los beneficios empresariales y potencia la desconfianza en la moneda nacional.

Así las cosas, las autoridades tienen este año una buena lista de tareas por delante si desean evitar (o al menos reducir) el impacto de las perturbaciones que puedan surgir. Por añadidura, deberían no perder de vista unos desafíos estructurales cada vez más severos y a los que les han dedicado una atención escasa por lo general. La pobreza o la educación han progresado de forma desigual y a ritmo insuficiente, la informalidad laboral y la desigualdad siguen estructuralmente altas, la falta de competitividad es cada vez más patente y la profundidad financiera todavía escasa.

En nuestra opinión, será importante afrontar de forma enérgica tres retos específicos para asegurar una senda de progreso a medio y largo plazo. El primero, la diversificación del tejido productivo para afrontar el nuevo escenario tras el agotamiento del ciclo alcista de materias primas. El segundo, la búsqueda de un crecimiento menos intensivo en la acumulación de factores productivos –trabajo y capital– y más focalizado en un uso más inteligente y eficiente de los mismos –una mayor “productividad total de los factores”–. Y el tercero, el levantamiento de un edificio institucional más transparente, con mejores frenos y contrapesos, que prevenga y penalice la corrupción y atienda de forma más eficaz las demandas y necesidades de los ciudadanos.

Estos objetivos requieren diagnóstico, ambición, y capital político para liderar las reformas, tres elementos que escasean actualmente en la región. El panorama es desalentador cuando se constata que las reformas no terminan de llegar. Por ejemplo, el pasado año trajo consigo un nuevo desarrollo del impulso reformista en México y avances concretos, y a veces polémicos, en Chile y Colombia. Pero la complacencia de las autoridades en los demás países fue palpable, sobre todo en Argentina y Venezuela, que sufren desequilibrios muy acusados y en donde sus gobiernos siguen sin mostrar la determinación necesaria para emprender cambios cada vez más ineludibles.
Por último, el informe evalúa las perspectivas políticas y económicas en cada uno de los siete países principales, poniendo una atención especial a las citas electorales del presente año, entre las que destacan la celebración de comicios legislativos en México (junio) y Venezuela (durante el último cuarto del año), así como legislativos y presidenciales en Argentina, en octubre.

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