Ahora empieza todo para el PSOE

Más allá del resultado de la elección directa del secretario general del PSOE por parte de la militancia (esto que algunos mal llaman primarias), hoy lunes 21 de Mayo los socialistas se encuentran  con la ingente tarea de responder a tres retos, que esperan una réplica del PSOE desde hace años: qué tipo de partido quiere ser el socialista, qué tipo de sociedad quieren los socialistas y qué España desean.

El proceso de elección directa del secretario general no parece haber ayudado a la resolución de estos tres enigmas, más bien al contrario. A pesar de los esfuerzos de los tres candidatos para presentar a los electores (sus compañeras y compañeros de partido) sus diferentes propuestas, las pullas, las descalificaciones personales y las zancadillas han acabado dominando el escenario. Dos cosas sobre este asunto, que no es el centro de este escrito, pero que me resisto a no apuntar. En primer lugar una constatación: hay que aprender a hacer “primarias”, un proceso de selección sin casi tradición en la política local, a la que aún se están adaptando los partidos. En segundo lugar, el imperio casi absoluto de los medios de comunicación en este tipo de confrontaciones, y la inercia de estos medios por la sangre, por destacar las bajezas y mezquindades más que las propuestas (que las ha habido) en este tipo de disputas, presentadas como una carnicería en familia.

El PSOE de 2017 es, salvo algún elemento periférico, la misma organización de los años ochenta y noventa (por no ir más atrás en el tiempo). Su estructura se basa en un diseño piramidal y territorial, que tiene en su base la figura del militante, encuadrado en una agrupación local, que a su vez forma parte de una federación (que coincide con las comunidades autónomas), en un marco general de tipo (nominal) federal.

Salvo en ocasiones excepcionales (como precisamente la elección directa del secretario general), el partido funciona como organización estructurada, con poco margen a la fluidez, jerárquica y vertical. En pocas palabras: una organización antigua, que responde a un mundo que va dejando de existir. Las organizaciones de este tipo hace tiempo ya que van dejando paso a organismos más fluidos, menos encorsetados, que permiten una mayor adaptación a un mundo cada vez menos jerárquico (lo cual no quiere decir más democrático).

Así mismo, la figura del militante que es la base sobre la que se estructura el PSOE, responde a una tipología propia de ese mundo que tiende a desaparecer. El militante fiel y disciplinado, que asiste a las asambleas de su agrupación y a los congresos, que acata el “diktat” de la dirección y asume sin más la línea que ésta define, está en regresión. Ese era el militante de los ochenta, que militaba en el PSOE por convicción de clase o por tradición, que defendía la línea del partido en la empresa y en la calle aunque no estuviera de acuerdo, porque consideraba que la dirección tenía sus razones, que muy probablemente él no entendía, pero que eran buenas por el solo hecho de emanar de la dirección.

Este tipo de militante sigue existiendo, pero cada vez es menos representativo. Lo va reemplazando un ciudadano más crítico (más desconfiado, si se quiere), menos dispuesto a aceptar lo que diga la dirección por el sólo hecho de venir de donde viene. Un ciudadano que milita porque quiere, no porque sea la consecuencia lógica de su pertinencia a una clase social predefinida. Y esa militancia voluntaria está siempre condicionada a la satisfacción que el militante recibe de la organización, es decir a una retribución constante de las expectativas que tiene el militante respecto de la posición política del partido. Este nuevo afiliado no acata, sino que exige. No se encuadra sino que participa sólo si es seducido, no como un imperativo de la pertenencia a la organización, sino como una decisión personal e intransferible.

El segundo reto el PSOE lo comparte (y es triste consuelo) con todos los partidos socialistas y socialdemócratas europeos. La caída del bloque soviético a finales de los ochenta como culminación de la revolución del terceto formado por Thatcher, Reagan y Wojtyla, cogió a los socialdemócratas sin un modelo alternativo al pujante neoliberalismo, y su estallido en forma de crisis financiera global en 2008 no los despertó de su letargo.

El caso del PSOE es un ejemplo de ello. La crisis lo pilló gobernando y se lo llevó por delante, después que aplicara a rajatabla los preceptos de la austeridad a ultranza a partir de mayo de 2010. Los siete años que han pasado desde entonces no parecen haber servido para confeccionar una propuesta alternativa a la de la derecha. En un primer momento el PSOE optó por el cierre de filas, y la regencia de Rubalcaba (2012-2104) no alumbró una nueva hoja de ruta. Ni tan siquiera se hizo un balance mínimamente crítico de la actuación del último gobierno Zapatero. Las urgencias electorales y la unidad interna pesaron más, y los socialistas no supieron aprovechar el debilitamiento del gobierno Rajoy, que en su primer año perdía veinte puntos de confianza, según el CIS (y eso antes del estallido del caso Bárcenas). A partir de 2014 (elecciones europeas, aparición de Podemos) esas urgencias enterraron definitivamente cualquier intento de construir una alternativa programática al rigor austericida.

Durante la campaña de esta elección directa a la secretaría general se han podido vislumbrar algunos elementos que parecerían apuntar dos posibles líneas programáticas, pero nada más. Parece apuntarse una salida “a la portuguesa” y otra “a la alemana”, es decir la conformación de un bloque unitario con otras fuerzas de izquierda o el entendimiento con el centroderecha. Es el dilema que han afrontado (y aún afrontan) los socialistas en todo el continente: o encabezar un frente con una propuesta de cambio profundo de las políticas que se han llevado hasta ahora, o intentar suavizar las mismas con una propuesta de reformas que mantengan el núcleo del sistema.

Este dilema, aunque importante, dice poco de la propuesta de los socialistas. Los debates (lo hemos visto en esta campaña) giran en torno a los posibles socios más que sobre las ideas que el PSOE llevaría a la mesa de negociación. E incluso hay quien desmiente este escenario de necesario entendimiento futuro plateando la posibilidad que el PSOE pueda conseguir un resultado que le permita gobernar en solitario, o casi.

Las posibilidades del PSOE en el futuro inmediato pasan y pasaran por plantear un proyecto político autónomo que sea capaz de atraer a parte de este nuevo electorado que en los últimos años ha visto en los socialistas a una fuerza reactiva y sin rumbo definido, en un contexto de crisis profunda del modelo económico y social. El PSOE debe decidir, porque no lo ha hecho hasta ahora, si sigue por la vía iniciada en 2010 de rectitud presupuestaria a la espera de la recuperación o si, por el contrario, considera que es posible un camino diferente (y por tanto, reniega de Zapatero, “mata a Jimmy Carter”, como dice un amigo). La opción de seguir en la indefinición, esperando a que escampe o a que el PP se hunda (y el PSOE se beneficie de ello), se ha mostrado como el peor remedio.

Finalmente, el tercer reto para los socialistas es el de definir qué España quieren. Y no sólo en el ámbito territorial, que parece ser el único que requiere de una reforma profunda. La cosa va más allá. Al igual que el modelo económico, España vive un final de etapa. La fatiga de materiales del sistema político alumbrado en la transición es de una evidencia palmaria. Cuarenta años pueden parecer muchos o pocos, pero parecen suficientes para replantearse algunos aspectos relevantes el pacto fundacional.

Hay indicios de cansancio por doquier, si se quieren ver. Cuarenta años después de las primeras elecciones hay multitud de elementos desgastados. En parte porque su concepción responde principalmente al equilibrio precario de fuerzas de la transición, y en parte porque la concepción actual de la democracia es diferente a la que se tenía en los setenta. Y en parte también porque el tiempo ha ido revelando la necesidad de adoptar mecanismos que en el origen del sistema no estaban previstos.

A esto se suma que más del 60% de los electores actuales en España no participaron en la transición democrática, la mayoría porque simplemente no habían nacido. Estos electores no experimentaron el cambio de régimen, su vida ha transcurrido casi enteramente en democracia. Las apelaciones a la dictadura no le impulsan automáticamente al apoyo incondicional del sistema. No aceptan sus fallos ni perdonan sus debilidades.

Frente a todo ello, el PSOE también debe decidir si forma bloque con el PP para preservar (si pueden) los elementos centrales del sistema, o si se une a las fuerzas nuevas, precisamente nacidas y crecidas por la necesidad que sienten estos nuevos ciudadanos de una inaplazable reforma en profundidad de nuestro sistema democrático.

Una vez elegido el nuevo/a secretario/a general, al PSOE le queda el trabajo más duro. El de decidir qué quiere ser en un mundo que es nuevo, y que no tiene vuelta atrás. El PSOE de los ochenta supo atraer a una generación joven con una propuesta de cambio, de construcción de un país diferente. Esta generación tiene hoy setenta años, y sigue siendo la base del apoyo socialista en España. Al PSOE se le acaba el tiempo para definir una nueva organización capaz de hacer una propuesta para atraer a una nueva generación. Le va la supervivencia en ello.

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