Agenda Pública: ¿se puede analizar la política sin hacer política?

La transformación de la vida política en la España de la última década ha ido de la mano de un cambio en el grado y la manera de informarse de política. Hoy hay más españoles interesados en la política que hace 20 años, y consecuentemente se informan más de política que entonces. Según los datos del CIS, si en 2002 el 22,3% de los ciudadanos afirmaba tener mucho o bastante interés en la política, los interesados en 2018 alcanzan 39,5%. Y por eso buscan más información. Si en 2002 leían la sección de Política de los periódicos el 15,2%, en 2017 lo hacía el 23,7%. Si en 2006 el 43,3% hablaba de política con amigos y familiares al menos una o dos veces por semana, en 2015 lo hacía el 53,3%. De igual forma, si en 2002 el 34,5% no hablaba nunca de política con los compañeros del trabajo, en 2018 solamente el 16,7% sigue sin hacerlo, mientras que quienes lo hacen a menudo se han triplicado, hasta el 11,6%.

Y, sin embargo, no parece que este incremento en el interés y la información sobre política haya coincidido con un debate público más sosegado o constructivo. Hace unos días, la profesora Mariola Urrea reclamaba en El País elevar la calidad del debate público. Otras voces muestran preocupaciones parecidas. La difusión del fenómeno de las fake news incluso sugiere que una parte de esa demanda de mayor información pudiera estar alimentándose, paradójicamente, de pura propaganda y bulos políticos.

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Éste ha sido el contexto en el que surgió y ha crecido Agenda Pública, que hoy cumple seis años. En paralelo a otros blogs y medios digitales vecinos, también dedicados al análisis político o económico, nuestra irrupción pretendía contribuir a mejorar la conversación política entre expertos (académicos y analistas) y el público. Durante este tiempo, hemos coexistido con una polarización política creciente, dentro y fuera de la arena política española. Y la polarización ha marcado la forma no ya sólo en la que nos comportamos políticamente, sino en la que nos informamos e interpretamos la información política que recibimos.

Hasta el punto de que hoy parece más necesario que el primer día seguir planteándonos el interrogante sobre si es posible analizar la política y ofrecer información política sin hacer política con ello.

De entrada, hemos de clarificar a qué nos referimos con la idea de política. Si aceptamos la distinción anglosajona entre polity (la organización y la orientación general del sistema político), policies (las políticas o decisiones públicas de los gobiernos) y politics (el proceso interno, protagonizado principalmente por la competencia entre los actores políticos, generalmente partidos y grupos alineados de forma partidista), nuestra experiencia de estos seis años nos ha ayudado a observar que el debate público y quienes lo protagonizan suelen abordar cada una de estas dimensiones de manera distinta. Y en esta reflexión de los seis años de AP, queremos centrarnos en esta última.

¿Es posible hablar de política sin hacer política?

Explicar la ‘politics’ no nos responde a la pregunta fundamental de Aristóteles (¿cuál es la mejor forma de organizar nuestra sociedad para obtener el bien común?), sino que obedece más bien al principio de Maquiavelo (entender cómo funciona la política de verdad al margen de la moral). Explicar la politics, el proceso político, significa, en buena medida, señalar constantemente que el rey y el resto de sus súbditos o ciudadanos van desnudos. Significa desmitificar, desvelar, exponer, airear y aportar luz a aquella parte de la política relevante pero oculta por los relatos de los actores, sobre todo de los que tienen poder.

De este modo, explicar la politics consiste en identificar las pautas, razones, actitudes, objetivos y estrategias, entre otros, que mueven la vida política, centrada generalmente en los actores: los ciudadanos, las organizaciones que los agrupan, los partidos, las instituciones entendidas como parte activa del proceso, los otros actores colaterales implicados… Y ello también suele incluir a los medios, así como a los expertos, periodistas y a los propios académicos que analizan esos procesos.

Éste no es un tema nuevo precisamente. Desde Weber, no podemos presumir la imparcialidad o neutralidad absoluta en la explicación de la vida política (porque, como hemos dicho, siempre conllevará implicaciones en términos de policies y de polity), pero tampoco debemos renunciar a ello. Eso no es motivo para equiparar todas las desviaciones y sesgos en el mismo saco: algunas claramente serán de alta calidad y servirán para entender dónde estamos y adónde vamos; otras serán menos eficaces, pero aportarán detalles útiles; y otras simplemente nos enturbiarán la visión, a menudo de forma interesada.

Medios como Agenda Pública han tratado en los últimos años de difundir expertos del Derecho y las Ciencias Sociales, y particularmente, la Ciencia Política, para tratar de incorporar al debate público herramientas teóricas (conceptos, supuestos, argumentos) y empíricas (datos, análisis, comparaciones) para aportar claridad con un nivel bajo de sesgo.

Sin embargo, a menudo nuestros análisis siguen siendo más proclives a abordar las problemáticas de las normas y de las políticas (la polity y las policies), mientras que nos sigue costando la explicación del proceso político. Acaba siendo más fácil juzgar y postular que diseccionar y retratar; incluso cuando los propios expertos o académicos son invitados para participar en debates y tertulias para explicar la política: a menudo es el propio formato el que dificulta el uso de los instrumentos de análisis y su comunicación al público al que se dirige, hasta el punto de que a veces cuesta ver qué aportamos las politólogas y politólogos de esencialmente distinto a esos debates. Como señala Daniel Drezner en The ideas industry, los académicos somos muy vulnerables a la tendencia del debate público actual de premiar a los expertos que adoptan la forma del científico social gurú (thought leader), que tienen un solo mensaje, claro y diáfano, irrebatible, en detrimento del intelectual público, formado sobre el conocimiento amplio de su disciplina forjado a lo largo del tiempo, menos convencido de las ideas mágicas y del poder de los relatos. Quizá por eso los nuevos gurús suelen ser bastante más jóvenes que los segundos.

¿Es deseable hacerlo?

La historia de la democracia liberal puede presentarse como una lucha por obtener mayores cuotas de libertad para (entre otros) poder discrepar de los discursos y narrativas del poder. Si, en el pasado, los regímenes absolutistas o autoritarios nunca fueron una garantía para abordar un relato desmitificador de la política, paradójicamente la democracia no hizo mucho más en ese aspecto. Aumentaron las voces, pero siguió siendo necesario el olfato individual para desechar lo importante de lo insustancial en el retrato de la política.

Pero a medida que ha evolucionado la democracia, y sus promesas se han visto confrontadas con la realidad, emerge una nueva necesidad vinculada a su naturaleza y que, desde nuestra perspectiva, parece cada vez más necesaria para su supervivencia: que la democracia sea legítima no sólo por sus reglas y sus resultados, sino también por la comprensión de su proceso. Una parte creciente de ciudadanos exige calibrar qué hacen sus representantes, lo que implica también aceptar qué son y cómo se comportan los propios ciudadanos. Ante los modelos ideales de ciudadanos y de políticos, parece necesario recordar dónde está la unidad de medida real y esperable. No para derrumbar esos modelos, sino precisamente para mantenerlos como referencias de la acción política democrática.

La desconfianza y el descrédito de la política han tenido siempre un nivel mayor del deseable entre los ciudadanos, aunque fluctuante según individuos, países, períodos, contextos y sistemas. Nunca hubo una necesidad real de democratizar y generalizar el acceso a ese conocimiento oculto de la política. Y por ello nunca se vacunó contra su principal debilidad: la disonancia entre el ideal y la realidad. El resultado es que, en la actualidad, los enemigos de la democracia la atacan en su talón de Aquiles: denunciando que las cosas no son realmente lo que parecen.

Hoy, diversos estudios demuestran que el conocimiento de la realidad política, las formas de informarse o el nivel de cinismo de los ciudadanos son factores útiles para entender los cambios en su comportamiento y la polarización de sus actitudes políticas. Una impresión subjetiva, pero asentada en la observación, podría apuntar la siguiente hipótesis por demostrar: no es la ideología, no es el nivel cultural o de estudios, no es la clase social únicamente lo que explica el papel de los ciudadanos ante la política; también lo es su nivel de comprensión de lo político.

En su reciente trabajo Uninformed, Arthur Lupia pone en evidencia la importancia de nuestras carencias en términos de información política. En ese sentido, divide los ciudadanos en dos grupos: los que asumen que son básicamente ignorantes de los detalles (leyes, políticas, hechos) de cómo funciona la democracia en la que viven, y quienes viven en la ilusión de que sí lo saben. No hay un tercer grupo. El problema es si la ignorancia o la ilusión de conocimiento sobre la política alimentan “falsos paraísos”, como sugería Christopher Lasch. El peor enemigo de la democracia, apunta Stephen Medvic en ‘In defense of politics‘ (2013), proviene de las expectativas frustradas de ciudadanos que esperan demasiado de la política, porque esperan de ella lo que ésta no les puede ofrecer.

Explicar la politics en nuestro tiempo debe ir encaminado a desvelar ese misterio sin derrumbar el decorado.

¿Cómo hacerlo?

Sin duda, cada vez hay más recursos e instrumentos al alcance para poder disponer de una observación no partidista o no sesgada de la ‘politics’. Pero aún siguen estando alejados de los medios mayoritarios.

La interpretación de las encuestas, la explicación de la acción de los partidos o el análisis del funcionamiento de las instituciones están presentes en los medios, aunque a menudo presentado en combinación con formatos o relatos adulterados, o sin el suficiente rigor; y confundidos muchas veces en el decorado de la lucha partidista: en la reciente polémica sobre el cambio en la estimación del CIS, los académicos nos hemos quejado sobre un aspecto que, en realidad, es absolutamente irrelevante para los análisis que los mismos académicos hacemos con los datos del CIS.

Además, algunos de estos instrumentos (sobre todos las encuestas) empiezan a resultar insuficientes para captar una realidad más cambiante y compleja que en el pasado. El último Political Atlas 2018 de la política norteamericana reconoce que hay que combinar el análisis basado en datos macro y de encuesta con análisis más micro y cualitativos, centrados en los mecanismos.

De igual forma, hay un debate incipiente en la Academia sobre la relevancia de la Ciencia Política, sobre todo tras la incapacidad de prever y reaccionar a la Gran Crisis. Los trabajos recientes de Dani Rodrik (Economic rules, 2015) o de algunos politólogos británicos preocupados por los límites de la Ciencia Política para romper el corsé demasiado académico de muchos de sus intervenciones (The relevance of political science, 2015) apuntan en una dirección parecida: resulta necesario combinar análisis de estructura y de agencia, es decir, de factores macro y estructurales, y factores personales o individuales más cambiantes y contextuales, para explicar no sólo las grandes tendencias, sino las posibles desviaciones, excepciones o consecuencias a corto plazo, de todo aquello que no hemos sabido explicar. Las excepciones siguen siendo relevantes para explicar la historia. Pero también hemos de aprender a narrar mejor lo que creemos saber. Y los académicos no narramos bien. Esa es otra gran lección que hemos tenido que aprender en Agenda Pública.

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