Acostumbrarse a las coaliciones

Este es un artículo de análisis para Colpisa

La política española está entrando en un nuevo ciclo político, caracterizado por unos parlamentos más fragmentados y con mayor diversidad ideológica. Algunos le llaman a ese nuevo panorama ‘fin del bipartidismo’. En realidad, la política va a seguir rotando en torno a PP y PSOE, pero con mayor protagonismo de otros partidos, algunos nuevos y otros no tanto. Una de las principales consecuencias de esta mayor fragmentación del poder será la bajísima probabilidad de obtener mayorías absolutas en cualquiera de las elecciones que quedan de este súper ciclo electoral de 2015. Y eso va a significar, en la mayoría de ocasiones, gobiernos de coalición formados por diversos partidos políticos.

Quizá muchos ciudadanos no estén acostumbrados a vivir con gobiernos de coalición, debido a la ausencia de este tipo de ejecutivo en la arena nacional española. De hecho, España supone en ese punto una absoluta excepción entre las democracias europeas, donde no solo las coaliciones son la fórmula común, sino que en muchos casos son la única conocida desde la Segunda Guerra mundial, como sucede en Bélgica, Italia u Holanda. ¿Resultan tan diferentes de lo que conocemos?

Las diferencias se observan desde su formación. Son necesarios acuerdos entre diversos partidos, a menudo competidores entre sí, antes de iniciar la constitución de un ejecutivo, pero: ¿qué partidos? Las grandes coaliciones son una absoluta excepción, porque lo que predomina es el acuerdo entre un partido grande y uno o varios menores. Los estudios señalan que será más fácil llegar a un acuerdo para formar ‘coaliciones mínimas ganadores’ (formadas por los partidos imprescindibles para sumar 50+1 y que sumen el menor numero posible de escaños) o de ‘mínima distancia’ (donde los partidos que se coaligan tengan la menor distancia ideológica posible dentro de un parlamento), aunque también existen numerosos casos de ‘coaliciones sobredimensionadas’, formadas por más partidos de los necesarios.

Un aspecto clave en la formación de las coaliciones es la distribución del poder político entre los que formen parte: cuántos ministerios y qué ministerios. Existe una famosa ley de Gamson, según la cual cada partido tendrá un porcentaje de carteras proporcional a su peso en el parlamento, aunque esto a menudo se incumple según el contexto en el que negocian los partidos. Así, muchos pequeños partidos que se convierten en clave para el sostenimiento de una coalición pueden hacer valer su peso en oro, obteniendo más cargos o ministerios más importantes. En Israel esto da un influencia a los diminutos partidos religiosos sobre la gestión del conflicto con Palestina.

A menudo, la distribución de carteras no es suficiente, y entonces hay que acordar también el ‘sottogoverno’, la distribución de los altos cargos de cada departamento. Es común que muchas coaliciones acuerden tener cargos cruzados, cargos subministeriales de distinto partido al del ministro. Estos cargos suelen hacer de ‘vigilantes’ que controlan que lo acuerdos se cumplen y el ministro no actúa por libre. Todo esto significa que el jefe de gobierno, que muchas veces no puede opinar sobre los nombramientos de su propio ejecutivo, es mucho menos fuerte que sus colegas de gobiernos monocolores. En esas situaciones, la personalidad de un presidente desempeña un papel crucial. Hay que tener mucha mano izquierda, y mucha paciencia, para no sucumbir en una coalición. Para evitarlo, los partidos suelen detallar todos estos acuerdos en pactos escritos, que cada vez suelen ser más extensos, aunque no está claro hasta qué punto un buen acuerdo puede sostener por sí mismo una coalición inestable. Por eso, no es de extrañar que la formación de un gobierno de coalición puede llegar a tardar mucho más: en diciembre de 2011, los partidos belgas cerraron un acuerdo de coalición tras 541 días de negociación.

Una vez formadas, las coaliciones suelen llevar una vida precaria, marcada por crisis y desencuentros. Resulta más difícil ocultar los desacuerdos, como David Cameron y Nick Clegg han comprobado en estos últimos años en el Reino Unido. Incluso los socios pueden tener interés en que las diferencias se hagan públicas para apaciguar a sus electores, si estos tienen la sensación de que sus partidos están demasiado subordinados a los adversarios. El cumplimiento del programa suele ser un indicador clave para que los electores valoren el éxito o fracaso de una coalición. A menudo las principales decisiones de gobierno se negocian fuera, en el ámbito de los partidos, en detrimento del papel de los ministros o de los propios presidentes. Y a veces, los acuerdos resultan difíciles de sostener, y sucumben ante una crisis que se acaba llevando por delante la coalición. En ocasiones es el propio jefe de gobierno el que decide poner fin de forma estratégica, a fin de mejorar la posición de su partido en las siguientes elecciones. Por eso, los gobiernos de coalición suelen durar menos que los monocolores. En los países acostumbrados a ello, nada de esto desacredita este tipo de gobiernos. En España, si llega el caso, exigirá una adaptación de los líderes políticos, pero también de las expectativas de los ciudadanos. Quizá la experiencia que se ha venido acumulando en autonomías y ayuntamientos ayude a propagar una nueva cultura de la coalición.

Autoría

0 Comentarios

Dejar un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.