¿Abolir el impuesto de sucesiones? Qué nos dice la historia

El Impuesto de Sucesiones y Donaciones (ISD) lleva unas semanas en el centro del debate. El aumento de las exenciones en Andalucía y Extremadura ha dado más argumentos a aquellos que quieren ir un paso más allá y abogan por abolir por completo el tributo. Por el contrario, sus defensores han insistido en su carácter redistributivo en un mundo de crecientes desigualdades.

Resulta sorprendente que este debate esté teniendo lugar sin que dispongamos de un diagnóstico claro del comportamiento del impuesto. Ello se debe, en parte, a que ni la Agencia Tributaria ni las haciendas de las comunidades autónomas publican cifras sistemáticas sobre el ISD. La única información disponible se refiere a la recaudación y nada más. No sabemos ni el número de contribuyentes (sea del total de herencias/donaciones o del número de herederos/donatarios), ni la riqueza transmitida (diferenciando tanto el importe bruto declarado, los bienes exentos, las reducciones, la base imponible, etc.) ni el tipo efectivo (total y por tramos de riqueza). Salvo una muy loable excepción, tampoco existen microdatos (como sí ocurre con el IRPF) para que los investigadores puedan analizar la respuesta de los contribuyentes ante reformas legislativas o cambios en el ciclo económico. No es exagerado afirmar que el ISD es el impuesto directo más desconocido del sistema fiscal español.

Durante buena parte del siglo XX la realidad fue bien distinta, pues la Administración se encargó de publicar, de 1900 a 1958, las cifras de recaudación del Impuesto de Derechos Reales (el antecedente del ISD), consignando el número de herencias y herederos, su cuantía y distribución por tramos. Todas estas magnitudes no fueron incluidas por casualidad, sino con el propósito expreso de “servir para el conocimiento de la circulación de la riqueza en sus principales manifestaciones”. Cien años más tarde, somos más ignorantes en este campo que nuestros antepasados.

Con el propósito de estudiar los fenómenos de concentración de la riqueza en el largo plazo, Facundo Alvaredo y yo hemos trabajado con estas estadísticas. Aunque todavía no hay un documento público, sí se pueden avanzar dos resultados provisionales. En primer lugar, el acceso a la propiedad ha cambiado de manera muy notable a lo largo de este siglo (gráfico 1). Según los datos de Hacienda, durante el primer tercio del siglo XX solo un tercio de los adultos que fallecían en España dejaba una herencia. El Ministerio de Justicia mantiene un registro similar (el de Actos de Última Voluntad) que arroja unas cifras parecidas, si bien ligeramente más bajas. En cualquier caso, al menos hasta la década de 1950 ser propietario era todavía una condición minoritaria y muy ligada al acceso a la tierra.

Aunque Hacienda dejó de publicar estas estadísticas en 1958, todo invita a pensar que a partir de esa fecha el número de adultos que dejaba una herencia creció de manera muy considerable. Este fenómeno está ligado al boom de los años 60 y, en particular, al acceso a la propiedad de la vivienda. Los censos que elabora el Instituto Nacional de Estadística (INE) indican que en grandes ciudades como Madrid o Barcelona el porcentaje de viviendas en propiedad ha pasado de ratios muy bajas (en torno al 5%-7%) a estar más cerca de la media nacional (en torno al 80%).

El otro resultado de nuestro trabajo se refiere a la concentración de la riqueza. Fijándonos en la distribución de las herencias se obtiene una estimación sobre la concentración del patrimonio entre los adultos fallecidos. Por lo que sabemos sobre otros países, esta distribución no es muy distinta de la que se observa entre la población adulta viva. En España, los datos indican que, durante toda la primera mitad del siglo XX, el 1% más rico concentraba en torno a un 60% del patrimonio. También que hubo una ligera reducción tras la Guerra Civil, pero incluso con la última estimación de 1958 seguía habiendo una sociedad muy desigual. Para los años 60 y 70 carecemos de datos. A partir de 1980 las estimaciones de Facundo Alvaredo y Clara Martínez Toledano en virtud del Impuesto del Patrimonio y la renta capitalizada, respectivamente, apuntan a una situación muy distinta: el 1% concentra en torno al 20%-25% de la riqueza. Seguimos en una sociedad con importantes desigualdades, pero al menos no tan colosales como antaño.

Para terminar, es necesario hacer una breve anotación sobre la evolución a lo largo de la historia. Desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, el impuesto de sucesiones (bajo sus muy diversas fórmulas) ha recaudado en torno al 0,1%-0,3% del Producto Interior Bruto (PIB).

A primera vista pueden parecer cifras bajas, pero conviene tener en cuenta varios aspectos de la recaudación. En el IRPF, los ingresos fiscales fluctúan en proporción al tipo impositivo, la progresividad del impuesto y la concentración de la renta. En las herencias, el fenómeno es más complejo porque a estas variables se añaden otras tres más:

a) la tasa de mortalidad entre los adultos.

b) el nivel de riqueza de los hogares respecto al PIB.

c) la riqueza media de los causantes con respecto al promedio de la población.

El primer factor es el más fácil de entender. Si se produce un aumento de la mortalidad (como, por ejemplo, ocurrió en la Guerra Civil), se incrementa también la transmisión de riqueza y, por tanto, la recaudación. Sin embargo, más allá de episodios puntuales, la mortalidad entre adultos se ha reducido a la mitad a lo largo del siglo XX (de más de un 2% a un 1%), por lo que la recaudación necesariamente ha tendido a la baja.

El segundo es más importante para entender la evolución más reciente, pues incide en que el patrimonio de las familias no es una magnitud constante con respecto al PIB, sino que ha fluctuado de manera considerable. De hecho, como apuntamos en otro reciente trabajo, desde finales de los 90 la riqueza de las familias ha crecido a niveles nunca vistos.

El tercer elemento apunta a que la riqueza está desigualmente distribuida entre grupos de edad (los mayores siempre son más ricos que los jóvenes), pero de nuevo la proporción no es constante. En España no tenemos datos al respecto. En Francia, Piketty (2011, p. 96, Figure 8) apunta a que, en la actualidad, los fallecidos que dejan un legado suelen ser 2,2 veces más ricos que la población adulta en promedio.

Por estas razones, resulta más útil comparar la recaudación por el impuesto sobre las herencias con respecto a la riqueza transmitida. Este cálculo se topa con la ausencia de estadísticas oficiales para el periodo más reciente, pero se puede optar por recoger varias series. La línea naranja representa las cifras oficiales según fueron recopiladas en la estadística oficial de la época (1890-1958). La línea con puntos verdes consigna las estimaciones que hicieron técnicos de Hacienda (Sarmiento Uceda, 1977; Dirección General de Tributos, 1996) en función de diversos indicadores y microdatos. Para el periodo más reciente, dividimos la recaudación por ISD entre la propiedad inmobiliaria (fincas rústicas y urbanas) transmitida por actos de última voluntad (es decir, solo las herencias), según recogen las estadísticas del Registro de la Propiedad.

Con respecto a estos últimos datos conviene apuntar dos inconvenientes. Primero, que la propiedad inmobiliaria no incluye toda la riqueza de los hogares (faltan los activos financieros y restar las deudas), aunque sí su componente fundamental, así que no es más que un indicador aproximado. Segundo, que no se diferencia entre comunidades, a pesar de que el marco legal varía de manera notable en la actualidad.

El gráfico refleja el tipo de imposición medio sobre el patrimonio transmitido. A principios del siglo XX, todavía bajo el influjo del liberalismo clásico, la recaudación era baja (2%-3% del caudal hereditario) debido a que los tipos impositivos eran muy reducidos y no había progresividad. A partir de 1910, y con todas las sucesivas reformas, se gravó de manera distinta en función del nivel de riqueza heredada, por lo que la recaudación fue subiendo hasta llegar a los máximos de mediados de los 90 (20% del caudal hereditario). Desde entonces, todo apunta a que la presión fiscal se ha reducido de manera muy notable a tenor de las múltiples exenciones aprobadas tanto en determinados activos (vivienda habitual, negocios familiares, etc.) como por tipos de transmisiones (por ejemplo, entre padres e hijos). La serie azul refleja la presión sobre la propiedad inmobiliaria (un 7% en 2012), pero si se pudiera computar sobre toda la riqueza la carga fiscal supondría menos (tal vez, inferior a un 5%). Aunque esta cifra esconde grandes diferencias (entre , en función del nivel de riqueza y del grado de parentesco), en términos agregados la presión actual en el ISD es equiparable a la que existía a principios del siglo XX.

El futuro del impuesto de sucesiones está por dilucidar. Lo único que puede decirse es que las pautas marcadas en los últimos años deberían tomarse como el peor ejemplo de cómo conducir la política fiscal. Hasta ahora, cada autonomía ha optado por un goteo de reformas que, al ampliar exenciones, han reducido notablemente su potencial. Si definitivamente se termina por abolir el ISD, sería necesario que al menos hubiese un debate serio (y con más datos) sobre los beneficios, costes y oportunidades perdidas que conllevaría esta medida.

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