5 mitos sobre las elecciones primarias

En las dos últimas décadas me he dedicado a estudiar los procesos de selección de candidaturas de los partidos políticos latinoamericanos y europeos. Si bien todo comenzó como un juego, luego se convirtió en una obsesión. Aun cuando al inicio era una acérrima defensora de la autonomía organizativa de los partidos y de que debía evitarse la intromisión de las autoridades electorales, administrativas y jurisdiccionales, en la vida partidista; con el paso del tiempo fui identificando que los sistemas políticos democráticos requieren partidos comprometidos con la democracia externa e interna. Como me enseñó un magistrado electoral latinoamericano hace algunos años: “si les damos dinero del financiamiento público (a los partidos), podemos exigirles democracia”.

Después de observar y evaluar cerca de 250 procesos de selección de candidaturas de los partidos de América Latina desde 1978, he aprendido una serie de lecciones, algunas de las cuales desmienten al sentido común y van en contra de lo que suele explicarse a la opinión pública. Se defienden ideas que impulsan reformas electorales (o las inoculan) que no necesariamente tienen fundamento teórico y, mucho menos, evidencia empírica que las respalden. Entre lo que aprendí destaco (al menos) cinco mitos:

Primero: Las elecciones primarias democratizan al partido. Falso. Esto no tiene sustento teórico ni empírico. Las elecciones competitivas no necesariamente democratizan los espacios de decisión de la organización política. Mucho menos cuando sólo sirven para determinar la candidatura en un único nivel institucional (si se hacen por ejemplo sólo para elegir candidaturas a la Presidencia pero no incluyen las legislativas o municipales); participa un único candidato o hay dos candidaturas que no son competitivas entre sí. Cuando las elecciones primarias simulan competencia, pero no hay diferencias reales entre las candidaturas y no se manifiestan altos niveles de incertidumbre en los resultados, no generan el resultado esperado. Las primarias por tanto son condición necesaria pero no suficiente para democratizar a los partidos.


Segundo. Las elecciones primarias hacen ganar elecciones a los partidos. Falso. Después de evaluar 56 procesos de selección competitivos de candidaturas presidenciales (primarias abiertas), sólo el 39 por ciento ganó la elección. Convencer a los partidos de que hagan primarias realmente competitivas no resulta fácil. ¿Por qué los partidos tomarían decisiones contrarias a sus posibilidades de éxito electoral? No tiene sentido.


Tercero. Las elecciones primarias favorecen a los militantes de los partidos. Ni verdad ni mentira. Unas veces favorecen a los outsiders y otras veces no. O, si se prefiere, ha habido excepciones en las que los militantes consiguen que “su” candidato/a resulte ganador del proceso y están felices porque sienten que les representa. Felipe Calderón del Partido Acción Nacional en México fue ejemplo de ello en 2005. Pero la mayoría de las veces la competencia interna es entre cúpulas. Las candidaturas ganadoras representan a las élites y, como también han mostrado Susan Scarrow o Richard Katz para los partidos europeos, suelen reforzar a las cúpulas partidistas.

Cuarto. Las elecciones primarias mejoran las oportunidades de las mujeres para ganar elecciones.  Las elecciones primarias mejoran las oportunidades de las mujeres para ganar elecciones. Falso. Suelo pensar (y he podido evidenciar) que a los partidos latinoamericanos no les gustan las mujeres. Es una aberración pensar que puede haber democracia donde las mujeres no consiguen ejercer sus derechos políticos-electorales en igualdad de condiciones que los hombres. Las primarias no favorecen necesariamente a las mujeres. Si bien esto depende bastante del tamaño del partido, de la existencia de reglas institucionales que obligan al partido a coordinar la democracia interna con las candidaturas femeninas, lo cierto es que las primarias han servido de excusa para evitar candidaturas de mujeres.

Quinto. Hay un único modelo exitoso de elecciones primarias. Falso. En un estudio publicado en 2016, evidencié los diversos diseños de primarias existentes en los países de la región y evalúe sus resultados. Concluí que las primarias sirven cuando producen legitimidad por la competencia entre sus candidaturas, resuelven conflictos internos, incluyen a grupos diversos y dan cuenta de un alto nivel de competitividad (electoral y programática) en el proceso de selección de candidaturas. La experiencia comparada latinoamericana evidencia que iguales diseños institucionales producen resultados diferentes. Tres factores parecen explicar esas diferencias: a) La capacidad de cooperación de las élites; b) El tipo de cultura partidista; c) La existencia de sanciones claras por incumplimiento de la norma o, en su caso, candados que impiden violar la aplicación de la norma por parte de los dirigentes partidistas.

El próximo reto político de las democracias latinoamericanas está vinculado al modo en que se hace política. La gente se cansó. Los partidos deben repensar sus prácticas, sus estrategias y el modo en que se vinculan con la ciudadanía. Los niveles de democracia interna, es decir, el modo en que las élites partidistas pactan, incluyen a los grupos (y a los perdedores) y/o legitiman sus decisiones de manera cooperativa y/o competitiva resulta clave. Hacer elecciones primarias contribuye en el camino de la democratización interna de los partidos pero debe hacerse como un ejercicio real y no como una simulación más de las que cruzan las democracias latinoamericanas.   

Autoría

1 Comentario

  1. Jordi
    Jordi 09-07-2017

    Lo que serviría de apoyo al partido político, es hacer de la participación una herramienta continua de trabajo. El problema está en que hasta ahora se ha visto (en muchos casos) como una lucha de egos o de ideas, y no como un refuerzo democrático del partido. Las sociedades van hacia una cultura más participativa, y los partidos, o se enganchan a ella, o morirán tal y como los conocemos.

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