30 años después de su nacimiento ¿es posible el desarrollo sostenible?

¿Qué aporta el desarrollo sostenible en un mundo en conflicto? El concepto de desarrollo sostenible nació en una época muy particular de nuestra historia. Nace conceptualmente hace treinta años, con el Informe Brundtland, pero su bautismo político tiene lugar en 1992, en la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro. Entre una fecha y el otra el mundo había cambiado: el Muro y el bloque soviético se habían derrumbado y occidente, vista la desaparición de su enemigo histórico, puede dedicarse con optimismo a organizar la paz.

El desarrollo sostenible es producto de un tiempo en el que creímos en una paz duradera y en el fin de la historia. Representa una relectura de Montesquieu y su espíritu de las leyes, incluida su positiva interpretación del comercio como herramienta capaz de contribuir a la paz. De hecho, ésta es la convicción que, con altibajos, inspira la arquitectura global durante los últimos veinte años e ilustra de manera clara la era Obama y su comprensión del nuevo papel que debe desempeñar Estados Unidos -siempre reticente al marco de Naciones Unidas- en la gobernanza global.

1992 marca la voluntad de iniciar la mundialización del comercio y el incremento de la interdependencia entre países, contribuyendo a hacer indeseable y ruinoso cualquier riesgo de conflicto. Es el año en que Estados Unidos y Europa ultiman los principios de lo que llegará a ser, dos años después, el acuerdo de Marrakesh por el que se constituye la Organización Mundial de Comercio (OMC). Un tratado cuyo preámbulo no deja lugar a dudas: su primer párrafo afirma categóricamente que la finalidad última del comercio es contribuir al desarrollo sostenible2. Paz y desarrollo sostenible quedan implícitamente vinculados con la creación y el funcionamiento de la OMC.

No es suficiente. Es necesario además abordar los límites de la prosperidad propia. Desde la publicación de “Los límites del crecimiento3, sabemos que el modelo capitalista de acumulación y consumo no es viable ni replicable salvo que dispusiéramos de varios planetas. La caída del muro permitió revisar los planteamientos económicos del capitalismo sin peligro de disidencias. El adversario dejó de ser “el otro” -el contra-modelo comunista al que abrazarse en caso de vacilación al evaluar los efectos del capitalismo-, y con ello se facilitaba la tarea de corregir los defectos de la acumulación capitalista sin poner en peligro la existencia misma del modelo.

Es más, la inesperada precipitación de los acontecimientos, posibilitaba  aceptar una generosa propuesta: impulsar la transferencia de recursos desde las sociedades acomodadas a las más pobres, construyendo una prosperidad compartida dentro de los límites comunes del planeta. El imperativo moral se acepta como imperativo político: no es posible rechazar las aspiraciones de prosperidad de los países en desarrollo. Por tanto, una de las tareas más delicadas de los negociadores de la Declaración de Río sobre medio ambiente y desarrollo4 en 1992 será perfilar la delicada línea que separa las necesidades de desarrollo de los países pobres por un lado, y las aspiraciones de protección ambiental de las economías avanzadas, por otro. Es, precisamente, el concepto de “desarrollo sostenible” el que permite sintetizar el punto de encuentro. No es ni un concepto científico ni una constatación fáctica. Es, sobre todo,  una respuesta política inteligente en proceso de construcción.

De esta manera se puede combinar el derecho al crecimiento de los pobres con el deber de protección ambiental de todos en función de las capacidades de cada cual. El compromiso aparece reflejado en el principio  de responsabilidades comunes pero diferenciadas (principio 7 de la propia Declaración de Río y art. 3.1 de la Convención Marco de Naciones Unidas de Cambio Climático) o el reconocimiento del derecho a un tratamiento especial y diferenciado para los más pobres en la OMC. El principio consagra la idea de un Norte y un Sur, reconoce responsabilidades históricas y desplaza la línea divisoria entre este y oeste –mundo comunista y mundo libre- que marcaba la tensión política global desde el  final de la Segunda Guerra Mundial.

De manera consecuente, el gran ciclo de negociación que se abre tras la creación de la OMC se denomina “Ronda de Doha por el desarrollo”  y su equivalente en materia climática será un Protocolo de Kioto que sólo asigna obligaciones cuantificadas de reducción de emisiones a los países ricos. De la mundialización del comercio se espera la reducción de las diferencias y el mantenimiento de la paz; de las convenciones de Río, que los contaminadores hagan frente a su responsabilidad histórica.

Sin embargo, las optimistas esperanzas depositadas en estos procesos no acaban de encajar con el modo en el que los estados han venido actuando tradicionalmente. Estados acostumbrados a evaluar su interés nacional y, en su caso, prepararse para la guerra deben habituarse al cambio de época marcado por una paz relativa y un programa de prosperidad liberal –en el sentido americano del término, con gobiernos de centro izquierda en muchos países europeos y en Estados Unidos-.

Se trata de una prosperidad liberal en la que el estado westfaliano ya no es en único actor en las relaciones internacionales. ONGs y científicos se encargan de recordar a los gobiernos sus obligaciones para con los ciudadanos actuales y para con las generaciones futuras. Se erigen en portavoces de actores invisibles: la naturaleza y las generaciones futuras. El terreno de juego se complica para los estados; la diplomacia ambiental no es la misma ni requiere las mismas capacidades que la diplomacia del consejo de seguridad de NNUU. En la negociación surgen actores con legitimidades y características muy diferentes (¿o acaso se discute igual con activista vestido de oso polar a como lo haríamos con un diplomático homólogo de otro ministerio de asuntos exteriores?).

Cambia también el tipo de exigencia y el modo en que se construye el proceso: hace falta, primero, formular colectivamente el problema para, luego, buscar su solución. El problema se “construye” a la vez que se definen sus contornos. Por ejemplo: nos fijamos el objetivo de no incrementar la temperatura media en más de 2ºC con respecto a la era preindustrial. Es una definición que no tiene nada de científico, ni siquiera es –en origen- una petición o definición de las ONGs; por no ser… no es ni comprensible a un ciudadano norteamericano medio que mide la temperatura ¡en grados Farenheit! Puesto que el desarrollo sostenible marca el horizonte deseable, hemos de hacer visible el problema, delimitar los riesgos e impactos que consideramos aceptables y facilitar la organización de las soluciones. 

En esta visión constructivista del mundo en la que las representaciones del problema importan tanto como el enunciado de las soluciones, el proceso de aprendizaje desempeña un papel fundamental. Los académicos aprenden y actualizan sus conocimientos. Los negociadores aprenden y describen, definen y actualizan problemas y soluciones en las sucesivas conferencias de las partes. Las empresas también aprenden a través del juego de prueba y error. La comparación entre las propuestas del Protocolo de Kioto y el Acuerdo de París es la mejor prueba de ello. Representa un cambio radical en el enfoque,  ilustrativo de un proceso de aprendizaje que sólo tiene una pega: el tiempo, que corre en contra.

En paralelo, la realidad ha venido evolucionando y distanciándose del punto de partida. Por un lado, una de las dos patas en las que se basa el proceso ha avanzado mucho más deprisa que la otra: la mundialización del comercio se ha acelerado sin que, en paralelo, las reglas que lo ajusten a los “límites del crecimiento” y el “desarrollo sostenible” hayan orientado y encauzado adecuadamente sus efectos. La adhesión de China a la OMC en 2001 ha enriquecido considerablemente su economía y la de sus socios comerciales mediante las importaciones a buen precio. El crecimiento chino sin reglas ambientales ha tenido como consecuencia un desplazamiento importante de las emisiones europeas y norteamericanas hacia el territorio asiático. Deslocalización, consumo importado a buen precio, materias primas e industria básica para el despliegue urbano y de infraestructuras del gigante oriental y un crecimiento exponencial de la intensidad energética y de carbono que convierten al país en el campeón mundial de las emisiones de gases de efecto invernadero y el primero en sufrir las inmensas consecuencias sociales y ambientales del enorme desequilibrio en el que está basado su crecimiento cinco años después de su entrada en la OMC.

La “emergencia” de las economías que favorece la mundialización del comercio incinera la tradicional frontera Norte/Sur y desafía la división entre contaminadores históricos y futuros contaminadores históricos… Las grandes referencias sobre las que reposaba la negociación internacional para facilitar un desarrollo sostenible compatible con los límites planetarios ya no son las mismas. Como consecuencia, los cauces negociadores se derrumban… ni la OMC, ni la CMNUCC y su canto del cisne en Copenhague, ni la Convención para la Biodiversidad funcionan en este nuevo contexto si no se consiguen actualizar las premisas sobre las que se basan

La década de 1990 fue la de los grandes acuerdos. La del 2000 la de la implosión de un multilateralismo desequilibrado, la década que confirma que el crecimiento macroeconómico medido en términos de PIB no equivale a mayor prosperidad o, mucho menos, a equidad o inclusión. Al contrario, la mundialización del comercio ha descuidado aspectos básicos, permitiendo una mayor concentración de la riqueza y desigualdad en las sociedades occidentales y mayor erosión ambiental, fragilizando los pilares social y ambiental en primera instancia y debilitando el pilar económico inmediatamente después. La gran promesa tropieza en casa y, a pesar de los avances macro en los países pobres, es imposible evitar que en el mundo perduren bolsas de marginación y desesperanza para las que, todavía, no se ha encontrado respuesta.

Además, vivimos en directo otro acontecimiento visiblemente traumático: el ataque y derrumbamiento de las Torres Gemelas en Nueva York marca el inicio de una nueva “guerra”, esta vez “contra el terrorismo”. El paréntesis de la paz liberal se cierra y con ella la idea de un desarrollo sostenible al que acceder mediante el aprendizaje colectivo y las facilidades que ofrece un mundo sin rivales ni enemigos. El sueño optimista de un futuro próspero en común se ve ensombrecido por el miedo y la reticencia. Se inicia una nueva etapa conservadora en la que se adivina una creciente falta de confianza en las instituciones y en un “otro” de perfiles difusos y cambiantes.

Por último, de manera inesperada, se abre un nuevo frente: la contestación a la ciencia. Si es la ciencia la que legitima el proceso hacia un desarrollo sostenible, la ciencia es también un enemigo a abatir. La “economía de la duda”, enterrada en Río bajo el epitafio “principio de precaución”, reaparece tras la elección de George W Bush, se mantiene a raya por Barack Obama y campa a sus anchas con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. La estrategia electoral que le conduce a la victoria no puede ser más burda y desesperante: vale más una mentira reconfortante que una verdad incómoda. Trabaja sobre terreno abonado, se dirige a personas que sienten que tienen la certeza de tener mucho más que perder que expectativas sobre lo que pueden ganar con el cambio. Los datos y el conocimiento dejan de ser el motor de la tierra prometida y, en su lugar, se perfila una campaña agresiva contra la ciencia y el conocimiento. Es una manera más de expresar la decepción y desconfianza que el votante excluido de la mundialización siente hacia las instituciones; pero una manera peligrosa y sin reglas, en la que todo vale y todo es confuso. La voluntad de construir un mundo en común parece desvanecerse y convertirse en un vector de división en las sociedades occidentales.

Bienvenidos al “Trumpoceno”. ¿Qué cabe esperar de esta nueva era turbulenta, llena de contradicciones y división, con algunos signos de esperanza y muchos interrogantes por resolver?

Incluso en este contexto, el desarrollo sostenible sigue siendo una importante fuerza motriz en la agenda oficial. Es, de hecho, la única en la que se siguen produciendo avances en la escena internacional y pocos se atreven a desafiar su necesidad en público. Es en torno a sus postulados donde se han alcanzado los únicos acuerdos en los últimos años: acuerdos delimitando niveles de riesgo; construidos sobre la base de una participación amplia y activa en la que todos aspiran a gestionar con responsabilidad su futuro, aceptando deberes y solidaridad. La Agenda de NNUU a 2030, con sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible es su máxima expresión, pero no la única. Hasta el mundo financiero, conservador y miedoso, acepta que sólo una correcta integración de esta variable en sus estrategias permite operar con una cierta expectativa de retorno.

Pero unas cuantas paradojas introducen incertidumbre sobre cómo pueden evolucionar los acontecimientos. Algunas afectan a promotores principales  del desarrollo sostenible; otras apuntan a la aparición de nuevos protagonistas.

Entre todas ellas, la incertidumbre europea es particularmente relevante: Europa parece estallar en el momento mismo en el que la generalización del  sueño largamente acariciado en el continente parece al alcance de la mano a escala global. Si algo se parece a la propuesta ética de la sociedad europea es la agenda de los objetivos de desarrollo sostenible. Contagiados por los países nórdicos, Europa ha promovido esta promesa de convivencia dentro y fuera de su territorio y, sin embargo, hoy se presenta cansada, dividida y conservadora, luchando por la propia supervivencia del proyecto en común. ¿Quién y qué salvará a Europa?, ¿es ésta su última oportunidad para ejercer un papel de árbitro y referente moral entre los viejos y los nuevos poderes globales? Los síntomas de contagio del “Trumpoceno” y sus realidades paralelas, ¿se asentarán o seremos capaces de curarlos pronto?

Por otro lado, China y su posición en asuntos globales se ha convertido en el factor individual más importante de la agenda de desarrollo sostenible. La integración gradual de los límites ambientales se ha venido consolidando como una constante en sus planes nacionales de desarrollo y, desde hace poco tiempo, del discurso oficial que mantiene tanto como actor de la gobernanza global como en sus relaciones económicas y comerciales con terceros. Esto no significa, necesariamente, que todas sus actuaciones estén alineadas ni coherentes y, ni siquiera, que la posición oficial no tenga contestación interna. Sí que el hecho de trabaje en esta dirección es fundamental para la viabilidad del desarrollo sostenible.

Mientras tanto, los países de América Latina reaccionan e intentan encontrar un modelo de desarrollo en la senda de la sostenibilidad en el momento en el que toman las decisiones críticas sobre sus procesos de urbanización e infraestructuras, sus decisiones sobre usos del suelo y el agua, la construcción de un sistema fiscal moderno y la capacidad de proveer servicios públicos de calidad. Su avance es fundamental y está cargado de simbolismo, al ser en gran medida, el continente puente entre la sociedad y cultura occidental y el mundo emergente y en desarrollo. 

Hay otro grupo de países con una posición de fuerza y capacidad de incidencia notable: los países más frágiles y vulnerables, que han superado la muy legítima defensa de su argumento moral para posicionarse con propuestas constructivas y soluciones concretas, dejando en evidencia la reticente posición de algunos actores tradicionales. Ahora bien, ¿durará mucho esta actitud constructiva?, ¿cuándo la paciencia y la proposición perderán la batalla frente a la exigencia de cuentas y el conflicto?

Pero la dinámica ha cambiado para siempre. El estado nación ya no es el único  invitado: no se le reconoce ni la exclusividad ni la infalibilidad. Y el espacio que no ocupa es cubierto por otros. Las actitudes y valores ciudadanos, las empresas y los inversores, los líderes sociales y políticos locales desempeñan un papel crecientemente relevante. De algún modo, el surgimiento de esta diversidad de actores y las potenciales contradicciones entre sus acciones ofrecen una nueva oportunidad al estado soberano: una oportunidad de arbitraje y una capacidad de acompañamiento en la tutela de la equidad. Las cuestiones redistributivas y la identificación de límites sustantivos en la construcción de las respuestas al nuevo marco y sus desafíos vuelven a escena. El Estado desarrollista, el Estado tutor y el Estado redistribuidor están de enhorabuena. La duda gira en torno a sus habilidades y capacidades para aprovechar la oportunidad que tienen delante. ¿Disponen sus instituciones, funcionarios y diplomáticos del entendimiento y la preparación necesaria para abordar la situación? Se trata de anticipar y construir estrategias solventes en las que las promesas ya no son garantía de confianza y para las que la credibilidad sólo es posible sobre la base de la construcción real del desarrollo sostenible y la vivencia de sus beneficios.

Más vale por tanto aprovechar el contexto para reposicionarse, porque la alternativa no existe. ¿Aceptamos un retorno al pasado que dejó de servirnos hace treinta años?, aquél en el que seguridad y estabilidad eran definidos en función de un interés nacional aislado, no dependiente del resto del mundo y susceptible de ser defendido con éxito por la fuerza. Sería un futuro en el que la prosperidad propia pudiera ser defendida frente a la escasez ajena con muros, derechos de propiedad en territorios distantes y empleo de las cadenas globales de valor como herramientas de dominio: una ecuación en la que el equilibrio de las tres “D” (desarrollo, diplomacia y defensa) debería estar orientada de nuevo a la dominación y en el que los ciudadanos aceptaran el conflicto armado como riesgo probable.

Se engaña quien piense que esto es una opción. Ni aunque quisiéramos y aceptáramos sus riesgos y costes. En una época en la que el impacto del cambio climático marcará la agenda… inundaciones, sequías, temperaturas extremas, huracanes… no habrá intento de dominación que funcione. Así pues, más no vale aplicarnos al desarrollo sostenible y dejar pronto atrás el “Trumpoceno”.

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