El 155 CE lo puede cambiar todo

Hay algo que no me cuadra en todo esto. Me refiero a cómo la política española está abordando el artículo 155 CE y sus posibles efectos ‘perversos’ o ‘no previstos’ -más allá del desafío soberanista- sobre el conjunto del sistema político español.

A pesar de la gravedad con que Mariano Rajoy presentó el texto con que solicitará al Senado la intervención de la autonomía catalana, quizá no pudo evitar en su escenificación un cierto tono de agente judicial impartiendo una sentencia tan incómoda como implacable, antes que la imagen de un hombre de Estado junto a la orilla del Rubicón. No es el único. En realidad, así se está despachando, por parte de sus impulsores, la que puede convertirse en una de las decisiones políticas más trascendentales desde el restablecimiento de la monarquía parlamentaria hace cuarenta años: un mero recurso constitucional que busca efectos jurídicos para un problema jurídico, restablecer el Estado de Derecho en Cataluña. Un instrumento legal que podría haberse aplicado para un problema administrativo en Canarias hace unos años ahora se utilizará para una rebelión contra el Estado en Cataluña y – si funciona-… ¿por qué no en otras Comunidades en el futuro?

Por supuesto, el anuncio de la medida ha abierto un intenso debate entre constitucionalistas sobre qué significa ese precepto, qué margen de constitucionalidad permite y qué consecuencias jurídicas cabe esperar. Tanta discrepancia entre juristas ya nos da una medida de la naturaleza verdaderamente política del asunto, en la que la fuerza del poder gubernamental y la inercia de los hechos van a acabar definiendo el contenido de su ejecución.

Y aquí viene lo que no me cuadra: una medida política tan trascendente para nuestra democracia apenas está suscitando un debate político equivalente sobre el alcance y sentido del 155 para resolver el problema que nos ha llevado hasta aquí, un debate eclipsado por el ritmo vertiginoso que han marcado los acontecimientos. No me refiero, claro está, a las reacciones políticas a favor o en contra de partidos y otros actores políticos. Mucho menos a las páginas y páginas que vienen publicándose en la prensa sobre cómo “el gobierno” plantea desplegar la medida (y en las que hemos leído versiones tan dispares según el día y el diario que llega a resultar enternecedora la muestra de ingenio creativo que nuestros gobernantes manifiestan cuando se lanzan a imaginar cómo reinventar aquella porción de la realidad que más aborrecen).

No. Por debate político me refiero a plantearse qué consecuencias plausibles pueden derivarse de la aplicación del 155 para nuestro sistema político, qué costes vamos a tener que asumir el conjunto de la sociedad española y, muy en especial, la catalana, con qué horizontes se plantea cada uno de sus impulsores esa medida, y a qué reconocen tener que renunciar en el futuro con este instrumento constitucional. Para que nos entendamos, si el 155 es el botón rojo del Estado autonómico –como muchos medios han ilustrado estos días-, tenemos que saber el número de bajas que comporta el uso de la bomba atómica y por cuántos años durará la contaminación atómica producida.

Reconozco que algunos aspectos de alcance más inmediato se han apuntado tímidamente. Los partidos defensores de la medida han hablado de un calendario electoral (elecciones en enero de 2018), pero este resulta tan inverosímil que la propia vicepresidenta ha tenido que abrir la puerta a la posibilidad de una prolongación de la intervención. También se ha mencionado, con cierta frivolidad, la afectación de los medios de comunicación públicos de la Generalitat, pero eso solo ha servido para suscitar un espeso interrogante sobre qué modelo de ‘defensa del pluralismo informativo’ se recetará para TV3 o Catalunya  Ràdio: ¿el de TVE, el de Telemadrid, o directamente la solución definitiva practicada en Canal 9 valenciano? En cualquier caso, el ministro Dastis debería ir buscando una fórmula inofensiva para explicar esos planes en inglés.

No obstante, si pensamos en una perspectiva más amplia, el uso del 155 CE tiene algunas implicaciones de fondo que no deberían pasar inadvertidas.

De entrada, se va aplicar una intervención del autogobierno catalán que desaprueban la mayoría de ciudadanos en Cataluña. Entre un 55,4 % (INYMARK para La Sexta) y un 66,5 % (GESOP para El Periódico) de los catalanes creen que Rajoy no debería aplicar el 155 CE, mientras que un 63,3 % de los españoles sí lo apoya. Este apoyo tiene una fuerte lógica partidista en Cataluña: lo aprueban casi todos los votantes de PP y Ciudadanos, y lo rechazan casi todos los que votarían a Comunes, PDECat, CUP y ERC. Y un detalle clave para mi argumento posterior: el votante del PSC se encuentra dividido 6 a 4 cuatro entre favorables y contrarios.

Que una medida de esta envergadura solo convenza plenamente a los votantes de dos partidos que no representan la mayoría absoluta en el Congreso y apenas un 25 % del Parlament no afecta a su legitimidad ni debe impedir que el Gobierno haga uso de sus atribuciones constitucionales (como cuestionan muchos de sus adversarios). Pero sí refleja la posición de debilidad política desde la que se aplicará esta medida traumática. Claro que el PSOE es un apoyo fundamental en esa suma, pero la unanimidad de sus bases está lejos de ser una realidad. Y un empeoramiento o incumplimiento de los términos establecidos por el secretario general del PSOE harían aún más frágil ese apoyo.

Se puede objetar, y con razón, que las medidas impopulares precisadas son las que definen la grandeza política de los liderazgos, y que la democracia y el cumplimiento de la Constitución no pueden quedar supeditados al albur de los bandazos de la opinión pública. Pero no se podrá obviar que, cuanto menos conscientes sean esos votantes de los costes e implicaciones necesarios que se asumen mediante el recurso al 155, mayores son los riesgos para la legitimidad y el apoyo ciudadano a medida que se vayan haciendo evidentes las consecuencias reales de esta intervención. Son demasiado recientes para olvidarlos los efectos políticos que acarrearon no solo las medidas de austeridad aplicadas desde los gobiernos de Zapatero y del propio Rajoy sino también la deficiente forma de abordar su comunicación y defensa ante la opinión pública.

Precisamente, donde el debate político acerca del 155 CE debería ser menos cicatero es en la identificación de sus efectos para el engranaje de la vida política durante y después de su aplicación. Sin extenderme, creo que se deben destacar tres consecuencias importantes, cuyo valor dependerá evidentemente de cómo se resuelva la ejecución efectiva de esta medida.

Por un lado, la intervención del Govern de la Generalitat catalana va a comportar un reforzamiento inusitado del poder del ejecutivo central, tanto por la extensión del alcance de sus decisiones en la administración pública catalana como por la debilidad del control parlamentario que podrá ejercerse sobre ese poder. Me imagino que los partidos que dan apoyo al uso del 155 CE son plenamente conscientes de ello: aunque PSOE y Ciudadanos hayan pactado contenidos y límites en su aplicación, será Rajoy y sus ministros quienes van a decidir políticas, cargos y gasto presupuestario en el día a día, dando valor efectivo a esa intervención, y durante el tiempo que considere necesario. (Recuerde el lector cuánto le cuesta a los gobiernos deshacerse del poder adquirido).

Con ello, no deja de ser altamente significativo que, al final, Rajoy acabe pudiendo desplazar la gestión política de la cuestión catalana al único ámbito parlamentario en el que todavía hoy cuenta con una verdadera mayoría, el Senado, liberándose así las facultades más robustas de control ejercidas tanto por el Congreso como el propio Parlament de Cataluña. Los principales límites a su actuación probablemente provendrán de las trabas que levante la propia administración autonómica. Vamos a asistir a un Yes, Minister, en versión catalana 2.0.

Pero las consecuencias más importantes para la democracia española quizá se produzcan más allá del espacio temporal de la propia intervención: y después, ¿qué? El acuerdo con el PSOE, tal como nos lo ha explicado la prensa, sitúa el encauzamiento del conflicto catalán en una futura reforma de la Constitución. Lo que suscita diversos interrogantes. ¿Hasta qué punto será posible abrir el debate sobre esa reforma mientras no se extingan las restricciones proyectadas sobre el autogobierno catalán? ¿Y quiénes y en qué condiciones llegarán a esa eventual negociación para la reforma?

Tanto si la intervención de la autonomía catalana se realiza eficazmente como si degenera en un conflicto mayor, no es difícil imaginar que ese debate estará fuertemente determinado, de entrada, por cómo salga la derecha española de este atolladero. Cuanto mejor sea ese desenlace (condición sine qua non para un escenario verosímil de reforma constitucional; de lo contrario, no habrá nada que reformar), mayor será la fortaleza del PP para definir el campo de juego de la reforma territorial: qué contenidos y en qué dirección.

Por eso, no es impensable que el resultado de todo este proceso resulte en un nuevo modelo de encaje territorial para España delimitado por el PP con el asentimiento de Ciudadanos. Los lectores menos ocurrentes estarán pensando en puro centralismo. Pero será algo más sofisticado. Llegado ese momento –si ha llegado íntegro hasta entonces-, el PSOE deberá esforzarse mucho para defender aquello que considere esencial en su programa de reforma territorial, que no será otro que la pluralidad –más o menos consistente- del federalismo que se atisba en el horizonte.

Y esto nos lleva a la última de las posibles consecuencias del 155 CE que quizá deban hacerse explícitas: el debilitamiento de la izquierda española, por un tiempo mayor del esperado, y su probable subordinación a los relatos que la política de identidad está promoviendo a raíz del secesionismo catalán. Es curioso: en marzo de 2016, Podemos podría haber cambiado el curso de la política española si hubiera aceptado apoyar la elección de Pedro Sánchez como presidente; y en agosto de 2017, Sánchez podría haber abierto una nueva etapa de haberse completado la operación para una moción de censura en su favor. Quizá ambas operaciones eran de por sí improbables. Pero lo que se avecina detrás del 155 CE para la izquierda es, si cabe, más espeso. No digo que el 155 CE sea una trampa mortal para Sánchez, pero alguien puede haberlo pensado así.

Y quien más notará esa transformación será el hermano catalán del PSOE. A pesar de toda su erosión y declive, el PSC sigue siendo el puente más fiable que existe aún entre el Estado y la sociedad catalana, entendida aún como una única ‘comunidad nacional’. Si el 155 CE hubiera de significar el fin del autogobierno catalán tal como lo hemos conocido hasta ahora, difícilmente el partido que nació en 1978 para levantarlo podrá sobrevivirle. De las implicaciones para Cataluña de esa transformación, nos ocuparemos en otro artículo. De momento, apuntemos que una consolidación definitiva de Ciudadanos (y del independentismo) en detrimento del PSC e incluso de los Comunes podría tener efectos relevantes para el sistema de partidos y la gobernación en España, si eso implicara un achicamiento electoral del espacio que aún conforman PSOE y Podemos.

Todo estos son escenarios sostenidos por supuestos e hipótesis que muy probablemente se desmoronarán parcial o totalmente en los próximos días, semanas y meses. Pero la sola insinuación de esos indicios debería ser suficiente motivo para que miráramos más detenidamente qué hay detrás del humo que se está esparciendo por la política española desde Cataluña.

Una vez que se active el 155 CE de verdad, no habrá marcha atrás.

Autoría

7 Comentarios

  1. Carlos López
    Carlos López 10-24-2017

    ¿Pidiendo que se vuelva a la política de patada a seguir?
    “Rajoy y la responsabilidad en la política”
    http://pajobvios.blogspot.fr/2017/10/rajoy-y-la-responsabilidad-en-la.html

    “¿Que no se reconozca el verdadero problema ni se busquen soluciones?”
    Emociologías: una 2ª Transición para Cataluña
    http://pajobvios.blogspot.fr/2017/10/emocioogias-una-2-transicion-para.html

    ¿Y todo porque no se vean afectados los partidos de izquierda? Porque el PSC no tenga que cambiar su trayectoria, abiertamente filonacionalista.
    Pues, la verdad, no me parece una buena opción.

    • Carlos López
      Carlos López 10-24-2017

      Recomiendo mirar hoy con atención la viñeta de Ferreres en El Periódico de Catalunya, El medio de referencia del PSC.
      No se me ocurre muestra más clara muestra del prejuicio compartido entre los nacionalistas y la izquierda catalana. El verdadero origen de esta deriva desastrosa.

  2. max
    max 10-24-2017

    Un texto muy académico el tuyo: muchos párrafos para constatar la evidencia. Efectivamente, el 155 traerá consecuencias. Efectivamente cambiará cosas. ¿La alternativa es? Supongo que por prejuicio compartido entre PSC y nacionalistas te refieres a cachivaches como el hecho diferencial o la singularidad. Es una coincidencia lamentable. Probablemente el peor dia de la política española fue aquel en que el PSOE se fusionó con el PSC congres y tal, y cedió la iniciativa a un grupo de señoritingos nacionalistas de seudo-izquierda, abandonando a sus seguidores de siempre y condenándose a la marginalidad. No parece que hayan aprendido la lección, ahí siguen, entre dos aguas sin darse cuenta de que para votar nacionalismo hay otras alternativas mas claras. YO soy de izquiedas, nunca he netendido la tolerancia hacia el nacionalismo identitario y xenófobo de algunos vascos y catalanes. Me escandaliza que se les conceda una respetabilidad que no merecen en vez de negarles hasta el saludo, como se hace con partidos de extrema derecha o racistas. Por lo demñas el PSOE está atrapado entre la insignificancia de sus planteamientos tradicionales socialdemócratas, una vez que sus reclamaciones históricas se han conseguido y las asume todo el mundo, asi que la pose nacionalista no es lo peor. No parece qeu sea capaz de articular un discurso político actualzado y relevante. Y lo que es peor, nadie en la izquierda es capaz. La derecha no lo necesita para gestionar lo evidente.

  3. Rodrigo
    Rodrigo 10-24-2017

    Sorprende, desde la distancia, que se satanize los nacionalismos periféricos (por llamarlos de alguna manera) del estado español y nadie repare que existe un nacionalismo español, más bien castellano andaluz, que actúa como aglutinador y es tan nocivo como el otro, en el sentido de excluyente y supremacista. Para muchos parece ser que se busca imponer esa visión como LA VISIÓN que representa a España y si bien es cierto demográficamente es mayoritaria, a la larga su imposición forzosa sólo dejará heridos en el camino y una animadversión irreparable. Recuerdo hace años estando en Lovaina, Bélgica donde había estudiantes de muchos países europeos y latinoamericanos y como juego se decía que los españoles eran los argentinos de Europa. Hay cosas que caracterizan a los argentinos; una de ellas es que son nacionalistas de esos gritones. Flaco favor se hace España si no acepta su multiculturalidad.

    • Carlos López
      Carlos López 10-25-2017

      A mi modo de ver:
      – Patriota: aquel que quiere a país, a su bandera.
      – Nacionalista: aquel que tiene prejuicios hacia otros países, que rechaza a otras banderas.

      Dos definiciones que no serían excluyentes, tendríamos los cuatro tipos de persona (que son reales, conozco gente que podría encajar en cada grupo):
      – patriota nacionalista
      – patriota no nacionalista
      – no patriota nacionalista
      – no patriota no nacionalista

      Siguiendo esa lógica, no hay un nacionalismo español, excluyente y con representación parlamentaria. Sólo hay que ver las banderas que porta cada partido en las manifestaciones… todas las oficiales, sin exclusiones, salvo los partidos nacionalistas y, quizá, Podemos, que hace con el populismo algo similar.

      El relato no nacionalista
      http://pajobvios.blogspot.fr/2017/10/el-relato-no-nacionalista.html

Dejar un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.