El laberinto del ‘Brexit’

El fin de semana pasado resultó ser el primero en el que Theresa May consiguió disfrutar de las mieles del poder desde que hace ahora dos años, en la resaca del referéndum de salida de la UE, sustituyera al poco añorado David Cameron. La caótica situación política y el palpable deterioro económico que desde entonces protagonizan la actualidad del Reino Unido le habían impedido un solo momento de regocijo. Todo lo que pudo salir mal en este tiempo acabó por torcérsele, incluyendo una frustrante apuesta electoral, la deslealtad de los más euroescépticos dentro de sus propias filas, varios reveses judiciales o parlamentarios y la firmeza con la que los Veintisiete han defendido hasta ahora su cierre de filas.

Así que, decidida a dar un golpe de autoridad que ayudase a definir una mínima hoja de ruta para el desorientado país, May convocó el viernes a todos los miembros de su anárquico y dividido Gabinete. El formato era atípico: un retiro en Chequers (la magnífica mansión de campo a disposición de los primeros ministros), con los teléfonos y relojes inteligentes requisados para impedir la comunicación con el mundo exterior. No había hora de finalización. De allí nadie podía salir hasta que no se definiese una primera postura negociadora decente que trasladar a Bruselas. Que esa posición de partida todavía no estuviera fijada, 24 meses después del ajustado triunfo del Leave en las urnas, dice mucho del desconcierto estratégico en el que vive sumido el Gobierno británico. Pero la cuestión es que la primera ministra cumplió su objetivo: presentó una alambicada versión de Brexit blando (UK-EU free trade area) que agradó a los moderados y que los duros, tal vez ansiosos por recuperar sus móviles y salir de allí corriendo, parecieron aceptar a regañadientes.

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Poco importaba la enorme complejidad técnica de lo acordado o que significara una rectificación en toda regla de antiguos pavoneos sobre la supuesta capacidad británica de prosperar al margen del mercado europeo. Tampoco era el momento de aguar la fiesta recordando que se habían consumido 750 días para llegar a un consenso de mínimos exclusivamente doméstico y que apenas quedaban 150 días del estricto calendario de salida para convencer a la Comisión de que lo aceptase. Lo relevante era saborear esa condición de pacificadora del Partido Conservador; al fin y al cabo, este enorme lío ha consistido siempre en resolver una pelea interna de los ‘tories’. El sábado, además, la selección de fútbol de Inglaterra regaló una victoria sobre Suecia y el orgullo nacional se disparó como hacía muchos años no sucedía. Es posible que May tuviera entonces una sensación que nunca antes había experimentado, la de estadista. Pero, como quiera que sea, lo que sintió fue algo efímero. El domingo a última hora, nada más regresar a Downing Street, tuvo que lidiar con la dimisión del ministro para el Brexit, David Davis. El lunes le siguió el de Exteriores, Boris Johnson. En contra de lo declarado por este último, no parece que ni tan siquiera intentasen cantar durante el fin de semana la canción acordada y más bien se ha comprobado que desde el primer momento les chirriaba la música y la letra. El insípido líder laborista Jeremy Corbyn se apresuró esta vez a burlarse con cierto ingenio: dos años para alcanzar un acuerdo gubernamental, dos días para que se desvanezca.

¿En qué punto estamos ahora y cómo afronta Londres el tramo final de una negociación que apenas ha sabido empezar? Nada que no se supiera ya desde junio de 2016, aunque ahora haya mucho menos margen y reputación para lograr un acuerdo. En el tiempo consumido hasta la fecha, el Reino Unido no ha hecho más que aceptar las posiciones del lado europeo, ya sea en la secuencia negociadora o en las condiciones del divorcio. Pese a todo, aún sigue pretendiendo una imposible cuadratura del círculo –abandonar la UE sin que se resienta su prosperidad– y, para colmo, con fuertes discusiones sobre si la figura resultante ha de ser un rombo o un rectángulo. Lo cierto es que, si de verdad el Brexit está guiado por el triple deseo de controlar la llegada de personas desde el continente, no pagar dinero al presupuesto europeo, y que el Parlamento y tribunales británicos tengan plena autonomía, entonces sólo es honesto aceptar su versión dura; esto es, un estado soberano y libre para llegar a acuerdos comerciales por su cuenta, pero desconectado de sus vecinos (lo que con total seguridad significará un país más pobre y un reino mucho más vulnerable a posibles secesiones en Irlanda del Norte o Escocia). En cambio, si el cálculo económico y territorial llevase a abrazar un modelo similar al de Noruega, que forma parte del Mercado Interior pero no es miembro de la UE, estaríamos ante un Brexit blando. Eso supondría asumir casi todos los deberes de la pertenencia a cambio del acceso al mercado, pero sin el derecho a voto en el Consejo. Es decir, mantener la actual situación pero con menos poder. Una paradoja poco digerible para quienes prometieron “recuperar el control”.

El dilema es ciertamente difícil de resolver sin causar una enorme frustración en los más nacionalistas, si se opta por la versión blanda, o un fuerte daño al empleo y la inversión, si se opta por la dura. Nunca ha habido, además, coraje suficiente en May y demás líderes para hacer pedagogía ante sus votantes sobre una decisión tan endiablada. Quizás por eso se ha avanzado tan poco en la negociación, pareciendo a veces que llegar al final sin acuerdo resulta un desastre más fácilmente asumible que reconocer las mentiras y falsas promesas del referéndum. Como opción alternativa, a veces se ha intentado apelar a la flexibilidad de la UE para que ésta permita a los británicos comerse el pastel y seguir teniéndolo luego. De hecho, la propuesta que se aprobó el viernes en Chequers, y que sigue siendo la postura oficial británica pese a las dimisiones de las últimas horas, pretende acercarse a esa repostería proverbial al postular formar parte del mercado europeo pero sin obligaciones migratorias, financieras, regulatorias y jurisdiccionales. Como concesión al realismo, es verdad que ahora ya solo se habla de la libre circulación de bienes (quedando fuera servicios, capitales y personas) y que no se descarta alguna contribución presupuestaria. Sin embargo la receta del pastel, pensada para evitar una frontera física en Irlanda y que las cadenas de valor global abandonen el Reino Unido, sigue teniendo varios ingredientes inadmisibles para la Comisión. Por un lado, la idea de la “regulación alineada” para las mercancías que supone el compromiso vago de respetar los estándares del Derecho europeo (en cuya creación no se participaría), pero sin sometimiento a las sentencias del Tribunal de Luxemburgo. Por el otro, la unión aduanera a beneficio de inventario con la imposición de un doble arancel, en teoría posibilitado por una tecnología hoy inexistente, que permitiría distinguir las importaciones cuyo destino fuese Reino Unido (donde se pretende adoptar un agresivo enfoque liberal) y las que llegasen en tránsito hacia el continente.

Para mayor dolor de cabeza de la primera ministra, ese acuerdo de mínimos que no entusiasma ni impresiona nada a Europa ni siquiera sirve para los intereses de la City ni, como se ha visto, para evitar que los eurófobos lo rechacen como un “Brexit sólo en el nombre” denunciando que el país descenderá al estatus de colonia al dejar de tener capacidad normativa, ya sea en Westminster o en Bruselas, sobre las mercancías. Magro resultado. Desde luego, insuficiente para encontrar una salida inteligente, o al menos digna, del laberinto. El progreso de esta última semana es que May ya parece ser consciente de que su país sólo puede permitirse una ruptura comercial suave con la UE y es seguro que no volverá a jactarse de su falta de temor por un no acuerdo o de su desenvoltura para definir este proceso como algo sencillo. A lo largo del último año ha madurado y, aunque el viernes intentó golpear con formas y fondo algo más sofisticados, su autoridad vuelve a salir debilitada de este combate. Con ella, lo hace también la posición negociadora británica. El próximo fin de semana no será apacible en Chequers. Ni siquiera si la selección da una alegría. Porque, incluso si vence en el Mundial, el país está condenado a capitular pronto ante la realidad.

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